Y mi madre se enojó porque no la llevamos con nosotros.
—¿Traes algo bajo esa camiseta?
Lo miro de la misma forma que miré a mis padres al otro día de ir por la hamburguesa, tras escuchar cómo papá le compensó a mamá el no haberla llevado. Mis mejillas se encienden como un árbol en Navidad.
—Sí, un candado vaginal que nunca podrás abrir, y bajo mi pantufla se esconde algo que quiere conocer el trayecto hasta tu trasero. Solo... —Sacudo la mano, exasperada—. Duérmete, Jaden. Mañana solucionaremos este inconveniente.
—¿El de tu candado vaginal? Porque me apunto a intentar dar solución a eso.
Le lanzo una mirada desaprobatoria y flexiona los brazos tras su cabeza al tiempo que cruza un tobillo sobre el otro. Vuelve a sonreír y la imagen es...
—Ignoraré eso. Ojalá tengas una pesadilla.
Al cerrar su puerta, me apoyo contra ella y masajeo mis sienes, tal cual lo hace el abuelo cuando alguien le da jaqueca, lo que se reduce a todo el mundo.
—Tomaremos turnos, yo lo vigilaré las primeras dos horas. —Me sobresalto al encontrar al anciano sentado en una silla a mi lado, con la PFG 500 en mano como el guardia de seguridad de un club nocturno—. Es obvio que el zopenco no miente respecto a quién es porque tiene una llave y conoce a Ibeth, pero no me fío de él. —Mira a la pared tan concentrado como si estuviera en un operativo militar—. Lo golpearé si intenta fugarse. No saldrá de aquí hasta darme más respuestas, una solución, una disculpa y seis millas.
—¿Y lo dejarás inconsciente con tu nueva batidora?
—No, tengo un bate de béisbol. —Se encoge de hombros.
Me pongo en cuclillas frente a él y descanso mis manos en sus rodillas.
—No tienes que hacer esto, abuelo. Deberías dormir.
Rueda los ojos.
—Habrá mucho tiempo para dormir cuando esté muerto, Billy Anne. Mientras esté vivo, me mantendré despierto a la espera de patear los traseros que sean necesarios.
Se me escapa una risa a pesar del cansancio.
—Creo que tenemos un problema con los traseros, Shepard.
Estira su mano libre y ahueca mi mejilla.
—Es genético, Beasley. —Me guiña un ojo.
Capítulo 4
Tu redondez
Jaden
—Esto asusta como la mierda. —Me froto el ojo izquierdo.
Acabo de arrastrarme fuera de la cama con un dolor de cabeza terrible para encontrar a un anciano que custodia —o, mejor dicho, dormita— en mi puerta con un consolador.
Lo paso como si fuera cotidiano hallar abuelos con potenciales armas sexuales en mi departamento, en mi día a día. Con el cabello hecho un lío, los ojos lagañosos, sin camiseta, el botón de los jeans desprendido y descalzo, hago el desfile matutino por el desayuno.
—Buenos días. —Suspira alguien, pero estoy muy ocupado al dirigirme al amor de mi vida: la cafetera—. Veo que el Jaden borracho tenía algo a su favor que este no —añade cuando alcanzo la caja de medicamentos sobre la heladera y busco por una aspirina primero—. Por lo menos el tú de anoche era un poco más educado.
Está sentada en el taburete al final de la barra, con las manos alrededor de una taza de té y una expectante ceja arqueada.
—No proceso ningún tipo de información sin antes haber desayunado, así que espera a que le dé el primer sorbo a mi café antes de dispararme con el misil de preguntas con el que me estás apuntando, amor.
Trago la pastilla y me inclino sobre el grifo. Para matar dos pájaros de un tiro, me lavo el rostro ahí mismo.
—No me llames amor.
—De acuerdo, candado vaginal.
Sonrío al restregar una mano por mis ojos mientras con la otra me apoyo en la pared de azulejos.
—No esperabas que recordara eso, ¿verdad? —inquiero, entretenido.
—¿No dijiste que hasta que no bebieras tu café tu cerebro no funcionaba? ¿O fue una excusa para evitar decir que jamás funciona?
«Es buena esquivando conversaciones que no quiere tener», pienso.
Me seco el rostro con el trapo que cuelga de la manija del horno antes de llenar mi taza.
—Tú podrías ser mi nueva especie de café matutino. Ya sabes, dado que ahora somos compañeros.
Tengo un orgasmo olfativo al inhalar el aroma. Bendito café.
Me inclino sobre la barra frente a ella. El té quedó a medio camino de su boca mientras fija sus ojos en los míos con los codos sobre el mármol. Son verdes y moteados de color... Café.
Sonrío sobre la taza con descaro. Me gusta mi café y me gusta su café.
—Ni siquiera hablamos del problema y tú ya actúas como si le hubieras encontrado una solución. —Frunce el ceño como si no lograra comprender por qué le sonrío—. Así que dejaremos de lado un par de hechos: el tropiezo que tuve frente a ti, ese donde salvaste la caja en lugar de mi cara; el abuelo Bill y su supuesta batidora, y tu borrachera.
—Eres controladora, Billy Anne.
Me apunta con el índice:
—Para ti soy Billy, no Billy Anne.
—Espera... ¿Tu abuelo no se llama Bill? Me los confundiré.
Pone los ojos en blanco como si hubiera oído el comentario cientos de veces. Ahora que no estoy burlándome de ella por tener un consolador que sobresale de una caja y ya no queda mucho alcohol en mi sistema, me doy cuenta de un par de cosas en lo que se refiere a su aspecto: en primer lugar, su cabello no es de un solo color. Parece como si le hubiera cortado un mechón a cada chica de su clase —asumo que es una freshman en la universidad— y se hubiera confeccionado una peluca casera. En segundo lugar, no se depila las cejas. Son gruesas y están más despeinadas que yo. Acentúan sus ojos y eso me gusta. Su look en general grita que recién sale de la cama y todo lo que tiene que ver con una cama es de mi absoluto agrado.
Sobre todo, la siesta.
En tercer lugar, tiene un maldito lunar bajo el ojo, ¿cómo se supone que tendré la fuerza de voluntad para abotonarme el pantalón cuando esa cosa está ahí, frente a mí, toda sensual en su redondez?
—No habrá confusión porque no nos quedaremos aquí. —Destroza mis fantasías con la decoración de su epidermis—. O tú no te quedarás, depende.
—¿Disculpa?
—Ya me oíste, nudista. —Salta para bajarse del taburete y rodea la barra para dejar la taza en el fregadero. La sigo con la mirada y recuerdo lo baja que es. Mide lo mismo que un oso bebé (si supiera cuánto mide un oso bebé, claro)—. Llama a tu hermana, tenemos que hablar. Y hazte un favor a ti mismo y ponte una camiseta. Mi abuelo te lanzará del balcón si te ve...
—Lo patearé del balcón —corrige alguien con voz ronca—. Hay una sutil diferencia entre lanzarlo amablemente con mis manos hasta el otro lado de la ciudad y enterrar mi zapato en su retaguardia para hacerlo, Billy Anne.
Alguien no despertó de buen humor...
Billy Anne
Escondo el rostro entre mis manos en cuanto el abuelo se sienta a mi lado y deja caer el consolador sobre la mesa.
—Creo que no me presenté de manera oficial. Soy Bill Shepard, tu peor pesadilla si no te comportas alrededor de mi nieta.
El moreno se ahoga con su café.
Pienso que no debe ser una forma horrible de morir. Es decir, yo soy del equipo del té, pero si hay alguna muerte dulce debe ser aquella donde lo último que saboreas es tu comida o bebida favorita.
Morir mientras saboreas una patata frita sería genial.
—¿Bill Shepard? —Jaden se limpia la boca con el antebrazo y cuadra los hombros—. ¿El Bill Shapard?
—El Bill Shepard. —Asiento.
Con eso me doy cuenta de que estamos ante un fanático del fútbol americano.
—No, espera. —Alza la mano como si al mostrar su palma pudiera detener el tiempo—. Tú eres su nieta. —Me apunta con el índice—. Y él es El Bill Shepard. —Lo señala—. Entonces tu padre es...
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