El desconocido, que está a medio camino de bajar a Shepard, queda helado. El abuelo se aferra con más fuerza a él mientras me miran como un soldado a su superior.
Mamá y tía Jamie estarían orgullosas de mí.
—Esa... —El extraño deposita al abuelo en el piso con lentitud—. Esa fue la amenaza más caliente que escuché en mi vida.
No hay forma de que este violador de la propiedad privada salga con vida de aquí si la pequeña sordera del abuelo no le imposibilitó oírlo.
—¿Estás borracho? —Entrecierro los ojos.
Sonríe. Intento no pensar en que podría bajarme los pantalones si me lo pidiera, porque esa sonrisa es del tipo que le quita la ropa a cualquiera.
—Define borracho, amor.
—¡Tú...! —Gruñe el abuelo con un tic en el ojo, a punto de abalanzarse sobre él.
Me apresuro a interponerme entre ellos y planto una mano sobre el corazón del vejestorio.
—No hagas de mi noche una todavía más emocionante al tener un infarto. —Lo ayudo a tomar asiento mientras su índice sigue levantado hacia el infractor—. Y tú, repórtate antes de que llame a la policía —pido al chico al girarme.
Solo que no veo su cara.
Veo una tetilla.
—Y ponte tu camisa de vuelta. —Me dejo caer junto a mi ascendencia.
—Estoy bien así, gracias. —Se sienta en el sillón individual que resta y cruza un tobillo sobre su rodilla, cómodo—. Soy Jaden, vivo aquí. —Extiende su mano—. ¿Y por qué tengo el placer de encontrarlos usurpando mi humilde morada?
El abuelo parece tener la intención de morderle la mano dado que le muestra su dentadura, así que empujo su arrugada frente hacia atrás por las dudas.
—Espera, ¿qué? —Frunzo el ceño—. Aquí vive Ibeth, ¿eres su novio o...?
Arruga la nariz.
—No sé de dónde vienes, pero aquí no hacemos eso. Es asqueroso, ella es mi hermana.
Tal vez me golpeé la cabeza cuando caí en la acera esta mañana, o puede que este sea un sueño y jamás me haya despertado al oír la puerta, por lo que tampoco salí de la cama vestida con esta vieja camiseta de fútbol americano de papá ni con las pantuflas de Oryctolagus cuniculus.
—Eso no es posible. El aviso que le llegó a mi tía decía que tu hermana vivía sola y, cuando hablé con Ibeth, me dijo que tenía espacio suficiente para mi abuelo y para mí.
Me siento desorientada. Para alguien que sabe leer desde un mapa edafológico hasta guiarse con las constelaciones gracias a las clases de astronomía avanzada, esta es una situación complicada. Ni siquiera sé dónde estoy parada y no tengo la suerte de ser ese tipo de personas que lidian con facilidad la pérdida del control. Admiro a los que pueden mantener la calma ante la adversidad.
Pero yo entro pánico, al menos por dentro.
—No se supone que hubiera testosterona juvenil aquí. —Bill frunce el ceño y se arruga más que una pasa—. Creo que deberías salir y volver a leer el bonito tapete que puse a modo de bienvenida en la entrada, ese que dice que si no eres un vendedor de galletas puedes... —El extraño, ahora no tan extraño, lo interrumpe al ponerse de pie.
—Maldita sea, lo hizo otra vez —escupe antes de desaparecer por el corredor con las manos enterradas en el cabello.
No puedo creer que tengo que lidiar con un hombre borracho y medio desnudo y, a su vez, con el abuelo y su tic nervioso que persiste mientras fija la mirada en la pared. Creo que está contando números, letras, jugadores de los Kansas City Chiefs y métodos de tortura a la vez. Esto no es bueno para su presión alta.
—Iré por él, no te preocupes, solucionaré esto. —Me pongo de pie y retrocedo con cautela, sin darle la espalda—. Solo mantente quieto y evita tener un ataque agudo de miocardio, porque si lo tienes, llamaré a tía Akira. Y si no lo tienes, pero te atreves a levantarte de tu lugar y hacer el intento de aniquilar a ese rascacielos humano llamado Jaden... también la llamaré. Te disparará con un tranquilizante.
—Billy Anne... —advierte con un suspiro tembloroso—, quiero meter mi pie en trescientos traseros diferentes en este instante.
—Lo arreglaré, tranquilo.
Paso frente la puerta del baño y la de mi nueva —y posiblemente vieja, si no aclaramos este malentendido— recámara. Sin embargo, no lo encuentro. Por descarte, me enfrento a la habitación cuya puerta tiene un adhesivo que cita a Mae West: «Solo vives una vez, pero si lo haces bien, una vez puede ser suficiente».
Mi futura compañera nos dijo por llamada que no había problemas con que mi abuelo viniera a quedarse con nosotras unos meses. Creo que esa fue la primera señal de esta gran estafa. Luego, tía Zoe vino a ver el departamento mientras mis padres y yo visitábamos a otra de mis tías —en Nueva York, quien vive con su marido, Ben, y a mi prima, Kenna—. Tengo como seis docenas de tíos de corazón.
Ibeth le dio una copia de la llave a Zoe y ella me la dio a mí. No es como si hubiera forzado la puerta cuando ayer toqué y nadie contestó. La tía dijo que la chica parecía ser toda una fiestera, así que asumí que saldría de copas y me limité a tomar la habitación con la puerta lisa. Pensamos que la otra era su habitación, pero en cuanto entro y veo una cama al desnudo, tres cajas apiladas y al ya no tan extraño muchacho, quiero mi reembolso.
—Siempre hacen lo mismo, siempre me dejan —se queja bajo su aliento.
¿Quién dice que vivirá contigo y deja, sin avisar, el culo de otro en su lugar? No solo es deshonesto, sino irrespetuoso. Al final, ella no me dio la opción de elegir si quería vivir aquí en estas circunstancias. Tampoco le dio la opción a su hermano. No nos tomó en cuenta y arregló la situación para que saliera a su favor, aunque no sé qué gana con esto.
Avanzo hasta que estoy junto a él y contemplamos las paredes desnudas. Un huracán de ira está en proceso de creación en mis adentros, pero también uno de agotamiento. Terminan por fusionarse y dejan una catástrofe que llamo «derrota».
Se supone que todo sería mejor aquí; me independizaría a pasos de bebé, pero lo haría. No volvería a ver a Lennox ni llamaría a mis padres cuando las cosas marcharan mal porque me las arreglaría y les demostraría que puedo manejar la vida adulta. Me frustra empezar así de mal, pero estoy segura de que si me voy a dormir, olvido esto por un par de horas y me dejo caer en los brazos de los cuatro Chris (Chris Hemsworth, Chris Evans, Chris Pine y Chris Pratt), mañana despertaré lista para afrontar este problema, encontrarle una solución, y patear el trasero de Ibeth, si es necesario.
—Necesito pensar en otra cosa porque, si no, querré matar a mi hermana y saldré en esos episodios de Investigation Discovery. ¿Puedo hacerte una pregunta, Billy Anne?
Giro mi rostro y noto que está demasiado cerca, tanto como para que pueda olfatear la cerveza en su aliento.
Que alguien le consiga un cepillo de dientes, por favor.
—¿Recuerdas mi nombre a pesar de estar al borde de un coma alcohólico?
Me sonríe y retrocede. Pasa de lucir enojado y frustrado a estar en modo galán-que-quiere-postre en menos de un minuto. No llegaré a ningún lado al hablar con él en este estado, así que dormir se aplica para ambos. Lo necesito con su cerebro a medio funcionamiento por lo menos.
—Es difícil olvidar los nombres feos. —La parte posterior de sus rodillas toca la cama y se deja caer para elevarse sobre sus codos.
Me cruzo de brazos e intento que mis ojos no bajen de su cuello. Luce como un stripper sacado de Magic Mike. Hasta las semillas germinarían a velocidad luz si tuvieran ojos para verlo.
—¿Preguntarás lo que querías o ya puedo noquearte para que te duermas?
Esos ojos chispeantes se quedan quietos en mi camiseta. Es de cuando mi padre jugaba para los Jaguars de Betland en su época universitaria. La encontré en su armario una vez que jugué a las escondidas con Tyra y Ciro de pequeña. Papá vio cuánto me gustaba y me la regaló. También, ese día, me llevó a comer hamburguesas a pesar de ser un antimalasgrasas.
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