Scott Hahn - El Credo

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SCOTT W. HAHN es profesor de Teología y Sagrada Escritura en la Franciscan University de Steubenville (Ohio), y ha sido nombrado por el Papa Benedicto XVI catedrático de Teología Bíblica y Proclamación Litúrgica del Saint Vincent Seminary (en Latrobe, Pennsylvania). Está casado y es padre de seis hijos. Entre sus libros, cabe destacar: Roma, dulce hogar; La Cena del Cordero; Dios te salve, Reina y Madre; Lo primero es el amor; Señor, ten piedad, Comprometidos con Dios, Trabajo ordinario, gracia extraordinaria, La alegría de Belén y La fe es razonable, todos ellos publicados por Rialp.

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Las primeras confesiones eran declaraciones de un compromiso con la alianza que se efectuaban de manera individual, pero que pertenecían a toda la asamblea de la Iglesia. Configuraban las vidas de los individuos, conformándolos con la vida de Jesucristo.

* * *

En Jesucristo «el Verbo se hizo carne» (Jn 1, 14). El cuarto evangelio comienza con una serie de afirmaciones doctrinales aderezadas poéticamente. La culminación del prólogo es la afirmación del Dios hecho carne, de su Encarnación. Puesto que Jesús es la plenitud de la auto-revelación de Dios, la misión de los apóstoles consistía en llevarlo al mundo.

Los apóstoles presentaban al «Verbo» ante el mundo por medio de milagros y de obras, pero también —y tal vez principalmente— mediante expresiones verbales. Este «principalmente» no quiere decir que las palabras sean más importantes que las obras o los ritos, sino que en buena medida conocemos las obras y los ritos gracias a los datos documentados y a la transmisión oral del relato. Prácticamente la totalidad de las obras las conocemos a través de las palabras.

Los apóstoles anunciaban a Jesús, enseñaban a Jesús, predicaban a Jesús, recordaban a Jesús y confesaban a Jesús empleando una serie de expresiones verbales. Los términos griegos aplicados a esas expresiones son abundantes: euangelion, leitourgia, kerygma, didache, martyria, paradosis y homologia. Sus equivalentes en castellano se han convertido en términos técnicos del vocabulario religioso cristiano: evangelio, liturgia, predicación, doctrina, testigo, tradición y confesión. Todos ellos (tanto los términos como las expresiones) pueden encontrarse en los textos del Nuevo Testamento. Todos ellos poseen un contenido doctrinal. Todos ellos contribuyen de algún modo al desarrollo de los credos de la Iglesia.

Son formas que no encajan en categorías herméticas; de hecho, muchas veces se solapan. Las confesiones de fe pueden presentarse como declaraciones independientes, pero también mezcladas con otras expresiones. Fijémonos en la fórmula que suele citarse generalmente como ejemplo de las primeras declaraciones de fe cristianas: «Jesús es Señor». San Pablo la utiliza en tres cartas distintas: en Romanos 10, 9, en la primera a los corintios 12, 3, y —con el añadido del título de «Cristo»— en Filipenses 2, 11. En la carta a los romanos Pablo presenta el contenido de su predicación mediante esta breve confesión. En la carta a los filipenses, sin embargo, enfoca esa declaración como un acto de culto público y ritual: la liturgia. En la primera a los corintios la frase aparece como una oración personal o tal vez como un testimonio público.

Otros pasajes del Nuevo Testamento nos ofrecen confesiones más detalladas y desarrolladas en las que empezamos a reconocer la fraseología que acabará encontrando su espacio en los credos de la Iglesia.

No hay más que un solo Dios, el Padre, de quien todo procede y para quien somos nosotros, y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas, y nosotros también por él.

1 Corintios 8, 6

En él fueron creadas todas las cosas en los cielos y sobre la tierra, las visibles y las invisibles.

Colosenses 1, 16

Cristo murió por nuestros pecados [...] fue sepultado [...] resucitó al tercer día, según las Escrituras.

1 Corintios 15, 3-4

En él se fue a predicar también a los espíritus cautivos.

1 Pedro 3, 19

Después de haber subido al cielo, está sentado a la diestra de Dios, con los ángeles, las potestades y las virtudes sometidos a él.

1 Pedro 3, 22

Tendrán que rendir cuentas al que está ya preparado para juzgar a vivos y muertos.

1 Pedro 4, 5

Un solo Cuerpo y un solo Espíritu [...] un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos.

Efesios 4, 4-6

Pese a aparecer en muchos y muy distintos contextos de una serie de libros bíblicos que son obra de autores diferentes, todas estas afirmaciones poseen un carácter confesional. El hecho de que la confesión cristiana constituía un juramento queda claramente evidenciado en Filipenses 2, 9-11.

Y por eso Dios lo exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre; para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese: «¡Jesucristo es el Señor!», para gloria de Dios Padre.

Este pasaje se presenta a sí mismo como una confesión («toda lengua confiese») y recoge el oráculo de Isaías en el que Dios jura en su propio nombre: «Lo juré por Mí mismo [...] la palabra que no será revocada. Ante mí se doblará toda rodilla, y jurará toda lengua» (Is 45, 23).

Aunque las confesiones de la Nueva Alianza conservan el persistente monoteísmo de la Antigua Alianza, confirman al mismo tiempo la diferencia cristiana: que el Hijo de Dios, Jesús, es también divino —Él es Señor— y que existe un solo Espíritu. Por lo tanto, ya entonces la Iglesia confesaba la pluralidad de personas divinas en un solo Dios. Los credos reunirán los elementos doctrinales de este misterio de un modo mucho más completo y preciso.

* * *

La unidad doctrinal cobra suma importancia desde la primera generación de la Iglesia. No obstante, el Evangelio no se puede reducir a una doctrina. La Buena Nueva es narrativa y los apóstoles procuran contar la historia siempre que predican (ver, por ejemplo, Hechos 2, 3, 10 y 13).

Y cuentan la historia haciendo un resumen muy básico: Jesucristo murió, fue sepultado, resucitó y ha sido glorificado. Es curioso que los apóstoles, en su mayoría, pasen por alto la enseñanza moral y los milagros de Jesús y aborden directamente los acontecimientos de las últimas semanas de su ministerio terrenal. Proclaman el escándalo de su muerte, pero parecen ignorar sus demostraciones de poder: las muchedumbres alimentadas, la curación de los leprosos y sus pasos sobre las aguas.

Más adelante examinaremos con todo detalle este patrón. Por el momento basta con constatar que los detalles esenciales de la vida de Jesús —en la predicación apostólica y en las profesiones de fe— son las estaciones de su Pasión y del Misterio Pascual. Este patrón, fijado en la etapa apostólica, se prolonga a lo largo de todas las generaciones posteriores y queda consagrado en los credos clásicos.

* * *

En el Nuevo Testamento las confesiones eran signos de conversión e iluminación. Pedro recibió la doctrina de Cristo como una gracia inmediata; al confesarla, la aceptó activamente y la proclamó. Tomás, por su parte, vio, creyó y profesó su fe. Fue cosa de un instante. Pablo transmitió lo que había recibido, confiando en que su grey, a su vez, lo confesara en presencia de numerosos testigos.

No es una cuestión meramente instructiva. Se trata de momentos de conversión, de profunda transformación de la vida humana. La confesión es un signo exterior del cambio interior que se está obrando.

El lugar habitualmente elegido para hacer esa declaración era el bautismo. Los creyentes recibían primero un resumen del Evangelio que hacía hincapié en unos misterios ocultos y en las doctrinas que distinguían a los cristianos de todos los demás; con su respuesta aceptaban los términos de la alianza; y con el sacramento eran admitidos en la familia de la alianza.

A partir de ese momento, como nuevos cristianos, eran distintos: distintos de lo que habían sido y distintos del resto del mundo. Habían recibido la gracia de participar en la vida divina desde ya y para siempre. Y además eran proscritos, víctimas de la persecución y culpables —ante los tribunales terrenales— de un delito punible con la muerte.

Confesar la fe cristiana traía consigo ingentes consecuencias. Confesar la fe en Jesús significaba aceptar el estigma que Él mismo portaba —y aceptar compartir su muerte ignominiosa— con la esperanza de participar de su gloriosa Resurrección.

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