Scott Hahn - El Credo

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SCOTT W. HAHN es profesor de Teología y Sagrada Escritura en la Franciscan University de Steubenville (Ohio), y ha sido nombrado por el Papa Benedicto XVI catedrático de Teología Bíblica y Proclamación Litúrgica del Saint Vincent Seminary (en Latrobe, Pennsylvania). Está casado y es padre de seis hijos. Entre sus libros, cabe destacar: Roma, dulce hogar; La Cena del Cordero; Dios te salve, Reina y Madre; Lo primero es el amor; Señor, ten piedad, Comprometidos con Dios, Trabajo ordinario, gracia extraordinaria, La alegría de Belén y La fe es razonable, todos ellos publicados por Rialp.

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A través de la Encarnación Dios Hijo se hizo lo que somos nosotros. Se rebajó al nivel de una criatura, asumiendo lo que es propio de nosotros y dándonos lo que es propio de Él. No se limitó a asumir la naturaleza humana para «ponérsela» como nos ponemos un jersey o una americana durante un par de días, sino que vivió de un modo concreto la vida humana en sus manifestaciones más dolorosas y sacrificiales. La vida que vivió es una revelación de la filiación y esa filiación es una revelación de la paternidad eterna de Dios. Dios Padre es el Padre perfecto y no ha existido un tiempo en que no haya sido Padre, porque siempre ha habitado con el Hijo en el amor unitivo del Espíritu Santo.

Jesús se hizo lo que somos nosotros para que nosotros podamos hacernos lo que Él es. Por medio del bautismo nos hemos hecho «partícipes de la naturaleza divina» (2P 1, 4). Desde ese momento habitamos en Cristo y Cristo habita en nosotros. Al participar de su naturaleza participamos de su filiación. Vivimos el amor de la Trinidad.

Esa es nuestra fe bautismal. Es la fe que confesamos en nuestros credos bautismales. Confesar una fe diferente es creer en un Dios diferente y esperar una salvación diferente. Pero no existe otro Dios ni existe otra salvación.

Los Padres del siglo IV lo sabían y estuvieron dispuestos a entregar sus vidas antes que cambiar los artículos del credo. Sus adversarios —los que deseaban llegar a un acuerdo con los herejes— propusieron un enfoque de la doctrina basado en el mínimo común denominador y sugirieron añadir una sola letra —la letra griega iota— al término homoousion, lo que transformaba su significado de «uno en el ser» a «semejante en el ser». Se trataba de una expresión con un contenido múltiple, porque los objetos que son una misma cosa pueden considerarse legítimamente «semejantes». No obstante, los Padres no admitieron esa fe diluida y los concilios la condenaron explícitamente. Una sola iota lo cambiaba absolutamente todo. Más de un cristiano sufrió martirio por esa letra insignificante.

El credo, tal y como ha llegado hasta nosotros, transmite el núcleo relacional de la fe cristiana. Al afirmar la verdad acerca del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, confesamos que las relaciones interpersonales que estamos llamados a compartir son el misterio de Dios. Proclamamos la relación para la que se nos ha hecho renacer y por la cual se nos concede el poder de vivir como vivió Jesús, de morir con Jesús y de resucitar a la vida eterna.

Y así, en palabras de la Iglesia, «renovamos» nuestra alianza bautismal con las palabras del credo. Y somos renovados. Nos hacemos una nueva creación, cada vez más gloriosos (2 Co 3, 18).

Por la gracia de Dios, el credo nos va haciendo.

* * *

Este libro es una introducción al credo. Con la palabra «credo» no me refiero a ninguna declaración en particular, porque de la Iglesia han nacido muchas. Si me centro en el credo nacido de los concilios de Nicea (325 d.C.) y Constantinopla (381 d.C.) es sencillamente porque ha sido desarrollado y aceptado por una amplia variedad de cristianos.

No obstante, en los primeros capítulos me propongo repasar el uso de los credos en la religión bíblica, no solo en el periodo del Nuevo Testamento, sino mucho antes, en la historia de Israel. Pretendo demostrar que los credos, además de hacer de ti quien eres y de mí quien soy, también hacen de nosotros quienes somos. Son uno de los medios ordinarios de los que se sirve Dios para unir a su pueblo. Dios escoge a algunas tribus descarriadas y hace de ellas una nación; y más que eso: ¡hace de ellas una familia! Escoge a todas las naciones ingobernables y rebeldes de la tierra y hace de ellas una Iglesia; y más que eso: ¡su propio cuerpo! Y eso comienza por un grito nacido del corazón: ¡Creo!

En los capítulos siguientes examinaré el contenido del credo. Lo escuchamos demasiado a menudo; nos lo sabemos de memoria; y su lenguaje es algo abstracto. Por eso es fácil que se nos escapen las implicaciones revolucionarias de lo que estamos diciendo. Con razón los judíos, los romanos y los persas —y tantos otros— han visto en el credo cristiano una amenaza para el orden social establecido. El credo nos amenaza a todos porque nos promete hacernos nuevos —reconfigurarnos a imagen de Cristo— y conformarnos para la vida del cielo mientras aún vivimos nuestra vida terrenal. Recoge el impulso de la intención original de Dios en el primer momento de la creación. Sus palabras solo son nuestro asentimiento.

Para estudiar uno a uno los artículos del credo y escudriñar el significado más profundo de esas breves frases beberemos de las fuentes de la historia, la teología, la catequesis, los Padres, los Doctores, los papas y el magisterio ordinario de la Iglesia. Pero todo esto es secundario. Lo que espero es recuperar y exponer el carácter revolucionario del credo. Lo que quiero es que recordemos esa cualidad del credo que nos hace cristianos corrientes dispuestos a morir en defensa de un detalle tan insignificante como una iota.

Lo que deseo es que el credo nos haga —como ha hecho siempre— santos. En estas páginas es Cristo quien nos hace uno, en esa sagrada unidad que el credo afirma. Como nos revelan las Escrituras, el credo es nuestra respuesta más natural y más sobrenatural a su Palabra.

2.

LA NECESIDAD DEL CREDO: LA PREHISTORIA VETEROTESTAMENTARIA DE LA PROFESIÓN NEOTESTAMENTARIA

SAMSON RAPHAEL HIRSCH fue un rabino de una erudición y una talla notables. Su vida ocupó buena parte del siglo XIX (1808-1888). Considerado uno de los fundadores del judaísmo ortodoxo moderno, fue gran rabino de varias ciudades alemanas y su influencia traspasó fronteras. Frente a las tendencias aperturistas de la época —los movimientos emergentes del judaísmo reformista y conservador—, Hirsch abogaba por un enfoque renovado de la observancia de la Ley de Moisés.

Algunos de sus seguidores creían en la conveniencia de que los judíos de su tiempo contaran con un resumen sencillo de sus fundamentos religiosos. No obstante, tanto Hirsch como sus adversarios se resistían a establecer fórmulas fijas. En el mundo de habla inglesa el lema que los distinguía era el de deeds, not creeds («obras y no credos»). Cuando la gente le preguntaba por qué los judíos no tenían catecismo ni credo, el rabino Hirsch respondía: «El catecismo del judío es su calendario»[1].

Y algo de razón tenía. Las fiestas y ayunos de la religión bíblica constituyen un poderoso sistema de instrucción para la doctrina básica. Como la historia parece demostrar, las celebraciones y las conmemoraciones rituales son el medio más eficaz para que judíos y cristianos se instruyan en la fe.

No obstante, también es evidente la necesidad de codificar los fundamentos. En el siglo XII el rabino Maimónides elaboró una profesión de fe formada por trece principios de la fe, todos los cuales comienzan con la frase «yo creo con fe completa...» y abarcan una serie de fundamentos doctrinales: la unidad y la naturaleza única del Creador, su incorporeidad, la eficacia de la oración, la verdad de la Escritura, la autoridad de la Ley, la espera del Mesías, etc.

El éxito de Maimónides fue escaso. Aunque algunas congregaciones adoptaron su fórmula, en otras sus inclusiones y sus omisiones generaron una —vehemente— oposición. Medio milenio después ni los rabinos ortodoxos ni los reformistas admitían la idea de un credo judío.

Sin embargo, para los eruditos que estudian hoy en día la Torá —los cinco primeros libros de la Bibia— junto con los profetas y otros textos, el antiguo Israel sí poseía un credo. Las Escrituras de nuestro Antiguo Testamento contienen de manera recurrente un resumen de la doctrina básica que distingue al pueblo elegido de todas las religiones de las naciones vecinas.

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