Me atrevería a decir que ese conocimiento secreto, que antes solo se adquiría en algunos templos o lugares ocultos, hoy puede conseguirse a través de la empresa. Y no solo para algunos, sino para todo ser humano que esté dispuesto a perder el miedo, a liberarse de prejuicios y vivir con autenticidad. En este sentido, este libro es una guía que puede acompañar a los directivos, gerentes y trabajadores de las organizaciones que quieren convertirse en espacios modernos de autoconocimiento y transformación social. La solución a los problemas del mundo no surgirá solo de manifestaciones, de protestas o de programas electorales, sino que requiere de un cambio radical de los seres humanos y del modo de vida actual.
Las empresas cambiarán el mundo solo cuando quienes las compongan se trasformen en mejores personas. Este libro puede ayudar a convertirlas en agentes de transformación social si los directivos, gerentes y trabajadores acogen con coraje y honestidad las propuestas que en él se nos muestran. Desde mi experiencia y compromiso con la ética y la nueva economía, doy la bienvenida a este libro y mi más sincera felicitación a Sharoni Rosenberg por haber tenido la iniciativa de escribirlo.
Joan Antoni Melé.
Por qué escribí este libro
Antes de adentrarnos en el universo del propósito, con todas sus facetas y complejidades, quisiera contarles por qué escribí este libro, con el cual espero acompañar a todos aquellos que quieren avanzar en su camino de autoconocimiento y búsqueda de su lugar en el mundo, para así lograr vivir una vida un poco más consciente y feliz.
Crecí escuchando que ganar mucho dinero, destacar, ser reconocido y mejor que los demás era lo que nos hacía exitosos. Pero, para mí estas razones no han sido nunca las que me han motivado a levantarme por las mañanas. Aunque, no me malinterpreten. Esto no quiere decir que no me guste hacer bien mi trabajo, desarrollarme profesionalmente o tener un sueldo a fin de mes. Me agrada todo eso y no tengo intención de renunciar a ello.
Sin embargo, revisando mi historia personal, me he dado cuenta de que todas esas cosas han sido más bien un medio que un fin. Y que los momentos de mayor felicidad han tenido mucho más que ver con mi relación con los demás, que con los bienes materiales o con los logros estrictamente personales. Puedo decir que he experimentado mucho más el sentimiento de felicidad entregando que recibiendo, cuando, por ejemplo, he logrado mejorar en algo la vida de otros o hacerlos más felices, aunque sea algo muy menor o por tan solo un momento.
Pero descubrirlo me llevó un largo tiempo.
Cuando somos jóvenes pareciera importarnos más lo que sucede afuera que adentro de uno mismo. Nos atormenta el qué dirán, cumplir con las expectativas de nuestros padres, sentirnos parte de un grupo, reconocidos y aceptados por otros, etc. Pero a medida que vamos entrando en la adultez muchos comenzamos a experimentar vivencias que nos hacen querer mirar para atrás, preguntarnos cómo llegamos aquí y hacia dónde queremos ir. Esta evolución y mayor madurez, nos lleva a hacernos preguntas que nos sacan de la inercia o del piloto automático del que estábamos acostumbrados hasta ese momento. Este fue mi viaje antes de llegar aquí.
A mis treinta y un años, yo era lo que se suele llamar una persona “exitosa”. Tenía tres hijas preciosas, un marido que amo, un buen trabajo y en general un buen pasar. Sin embargo, sentía una disconformidad profunda que no me dejaba tranquila. Había algo que me hacía sentir incompleta, como un sujeto dividido. Sentía que no estaba haciendo todo lo que yo podía hacer en la vida y tampoco todo lo que quería hacer. ¿Qué tenía que cambiar? ¿Cómo tenía que vivir? ¿Por qué me sentía así?
Como dice León Tolstói en Confesión, estas preguntas existenciales muchas veces aparecen en personas que aparentemente tienen una vida resuelta. Otros, con el inicio de la temprana adultez o al enfrentarse a sus últimos años de vida.
Estaba a punto de resignarme a llevar esta vida “feliz” y entonces me encontré con el propósito.
Una llamada telefónica
Hace cinco años estaba organizando mi cumpleaños número treinta y dos, cuando sonó el teléfono. Era Pablo, un amigo con quien había trabajado una década atrás en proyectos sociales de la Fundación Techo, que se dedica a la erradicación de campamentos, entre otras cosas.
Hacía mucho tiempo que no conversábamos, así que nos pusimos al día durante un rato, hasta que fue al tema que le interesaba hablar conmigo. Me habló del concepto de propósito y cómo se estaba formando un nuevo movimiento a nivel mundial que estaba promoviendo a las compañías que junto con obtener ganancias además son buenas para el mundo, conocidas como Empresas B.
En ese preciso momento, un universo completo se abrió ante mí. Aún no comprendía bien lo que significaba la palabra propósito, pero sentía que era el principio para encontrar muchas de las respuestas que estaba buscando.
Después de la llamada de Pablo, se produjeron una serie de hechos similares y comenzaron las sincronías. Empezaron a llegar solicitudes de asesorías legales para este tipo de empresas e invitaciones para participar en el movimiento liderado por Sistema B1. También me pidieron formar parte del equipo que busca promover el proyecto de ley que reconoce a este tipo de sociedades —la ley de Sociedades de Beneficio e Interés Colectivo (BIC)— y asistí a encuentros regionales en Lima, Puerto Varas y Mendoza, entre otras cosas. En ese entones yo decía que sí a cualquier invitación en este ámbito. Quería explorar, conocer, compartir con gente distinta, con la que sentía que hablábamos el mismo idioma. Ahora pienso que quizá las oportunidades siempre estuvieron ahí, solo que a partir de ese momento me volví consciente de lo que quería, pude identificarlas y me atreví a tomarlas.
La transformación
A medida que fui avanzando en este camino, empecé a sentir que ya no me importaban las mismas cosas que antes o, al menos, no de la misma manera. Si bien estos cambios no eran evidentes para quienes me rodeaban, para mí eran muy profundos y me hacían pensar que algo inédito estaba emergiendo. No era que estuviera naciendo una nueva persona, por el contrario, era como si por primera vez estuviera apareciendo mi verdadero yo.
Los valores fundamentales que siempre tuve se reafirmaron y varias de mis prioridades comenzaron a cambiar. Por supuesto que soñaba con contribuir a una sociedad más justa, en la cual todos pensáramos tanto en el bien común como en el propio, pero recién entonces tuve la valentía de tomar decisiones que me permitieran efectivamente hacer algo al respecto. Ahora sí estaba dispuesta a abandonar mi carrera como abogada tributaria para aventurarme en un área menos rentable o glamorosa y que estuviera relacionada con promover esta nueva forma de hacer empresa. Siempre sentí la curiosidad de hacer otras cosas, y ahora tenía el coraje necesario para tomar las decisiones que me llevarían a eso.
Estas transformaciones también se produjeron en el plano de mi vida social. Las intenciones de las personas pasaron a ser más importantes que sus acciones, y eso me llevó a valorar mi entorno de manera distinta. Ya no miraba tanto lo que las personas hacían, sino que me preocupaba más saber por qué lo hacían. Al mismo tiempo, me era cada vez más difícil permanecer indiferente ante el cinismo o la falsedad de algunos. Abandoné entonces viejas amistades que sentía superficiales y poco auténticas. Comencé a evitar encuentros sociales por deber, y me centré en aquellos que sí me interesaban realmente. Me volví más empática y dejé de ser la mujer que siempre hablaba. Ahora prefería escuchar. Los chismes sobre la vida de los demás ya no me parecían entretenidos. Incluso se me empezó a hacer difícil juzgar a las personas, cosa que antes me salía fácilmente. También debo reconocer que me obsesioné un poco con el asunto del propósito. Algunos amigos me decían que me había vuelto aburrida, que si no hablábamos de eso, no tenía interés en participar.
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