Victoria Ocampo - Darse

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Durante muchos años la fama de Victoria Ocampo ha impedido valorar su obra. Instigadora de importantes proyectos culturales, como la revista
Sur, feminista y pensadora, amiga de escritores, artistas y compositores que pasaron por su Villa Ocampo, se ha querido ver en ella a una musa sin obra, protagonista de algunos de los momentos más emocionantes del siglo XX. Darse es una cuidada selección de sus textos autobiográficos y ensayísticos, casi una novela de vida. El resultado es una de las cumbres de la literatura memorialística de nuestro idioma. Un libro donde la amistad con intelectuales como José Ortega y Gasset, Virginia Woolf, Rabindranath Tagore, Jorge Luis Borges o Igor Stravinski convive con agudas reflexiones sobre los celos, el amor adúltero y el arte de «descifrar un rostro». Todos los prejuicios de su época parecen haber concluido en un momento en el que mujer y autobiografía vuelven a estar en el centro de la literatura del siglo XXI. Quizá porque, como ella misma escribió, el principal enemigo de la literatura (y de la mujer) es el pudor.

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Delfina reunía, por consiguiente, mucho de lo que a mí me parecía más valioso: edad, afición a las letras, novio y hermano escritores, inteligencia, sensibilidad, buena voluntad. Cuando la conocí se me aclaró el cielo tormentoso de la adolescencia.

La carta a que me refiero (en francés, pero que traduciré como la parte de esa correspondencia que cito), escrita cuando tenía yo apenas dieciséis años, decía:

«Perdón si te molesto. Has de tener cosas mejores que hacer… Solo te pido un poco de amistad a cambio de la admiración y la ternura que siento. Te lo suplico… Sos feliz, te quieren, te comprenden. Tenés un amigo verdadero, sincero. El aislamiento moral es doloroso. Vos no conocés esa horrible sensación de soledad (en medio del cariño, lo sé). Se sufre demasiado, porque se tiene demasiada necesidad de ser comprendida.

Tenés que saber que te quiero mucho. Desde el primer momento. Y estoy segura, esta vez, de no equivocarme. Pero, hélas! ma grande tiene otras cosas en la cabeza. Está de novia. Es feliz. La chica no está de novia, no la quieren, ni es feliz.

Un poco de amistad para mí, Delfina. Tengo dieciséis años y a esa edad uno necesita confiar en alguien, si no el corazón estalla. ¿Querés ser amiga mía? ¿Querés escucharme? Contestame con franqueza, sin vueltas. ¿Me encontrás passable? ¿Me tenés simpatía? Si me encontrás espantosa, decímelo.

No te oculto que me dará pena. Pero no puedo soportar la idea de resultarte cargosa. Si te parezco digna de leer algo tuyo me sentiré colmada. Espero tu carta. De veras ¿puedo pensar: “Delfina es mi amiga”? Yo me encargo de querer por dos.

V.».

Este «¿Querés ser amiga mía?» era el equivalente del Voulez-vous jouer avec moi? pronunciado tímidamente bajo los árboles del Pré Catelan a la chica rubia que hacía colección de renacuajos en una caja de cartón. Era la pregunta de la niña traducida al idioma de la adolescente.

Delfina tuvo conmigo una paciencia sorprendente (cuando la examino a distancia). La he podido medir al releer mis cartas, que ella guardaba y mandó encuadernar cuidadosamente. No sé cómo las juzgó dignas de encuadernación. Son un tremendo documento de soberbia adolescente (que me avergü̈enza), de rebeldía continua (que comprendo y que volvería a sentir); una mezcla de clarividencia, de perspicacia y de ignorancia, de orgullo y de humildad, de aciertos y de disparates, de raciocinio y de delirio y de faltas de ortografía. Centenares de cartas, por lo menos, ya que le escribí todos los días durante un tiempo largo. Desde que la conocí hasta que nos fuimos a Europa, en 1908.

De esa época, son casi los únicos documentos que conservo, aunque tengo algunas cartas y versos. Pero ocurre con las cartas el mismo fenómeno que con las personas, las amistades. Barrès lo dijo admirablemente, al hablar de la muerte de su amigo Jules Tellier: «Je sens trop qu’avec ce grand poète est morte une partie de moi-même; des cellules de mon cerveau désormais demeureront paresseuses parce qu’elles ne travaillaient que pour le plaisir de s’accorder avec lui» («siento demasiado que con este gran poeta ha muerto una parte de mí mismo; células de mi cerebro quedarán inactivas, de ahora en adelante, porque solo trabajaban para el placer de coincidir con él»; Du sang, de la volupté et de la mort). Hay cosas de las que podemos hablar con ciertos y determinados amigos; otras cosas con otros. De modo que la correspondencia con una sola persona revela un aspecto de nosotros, pero uno solo. Si nos entendemos en más de un terreno con tal o cual persona, o si hay afinidades de temperamentos y de gustos a la vez, será más completa la «muestra» de nuestra personalidad que aparece en la correspondencia. Pero nada más.

Con Delfina teníamos puntos de contacto. Sin embargo, nuestros temperamentos eran muy distintos. Nos gustaba la literatura; no sé bien si la misma o si nos gustaba por las mismas razones. Delfina siempre estuvo dentro de la Iglesia católica. Yo al margen.

Esto no creaba conflictos (como con mi madre) y yo hablaba francamente de mis dudas e incredulidades o repugnancias. Ella escuchaba y trataba de convencerme de mi error con dulzura y terquedad. Yo nunca intenté convertirla a mis dudas. Mi proselitismo era de carácter literario, y solo con Gandhi me inflamó la necesidad de comunicar verdades de orden casi religioso.

1Escrito en 1952.

2No a la manera de Brigitte Bardot, por cierto, que es el colmo de lo sophisticated.

UN ROBIN REDBREAST EN UNA JAULA

PREÁMBULO A LAS CARTAS A DELFINA

Las lecciones de español me aburrían porque las lecturas y la historia argentina me aburrían. Tampoco me interesaba la historia (tan apasionante y dramática) del descubrimiento y conquista de América. Los adelantados, los virreyes, los capitanes generales se sucedían sin despertar en mí curiosidad ni simpatía. No simpatizaba con el espíritu de la conquista o el de los conquistadores españoles. Veía en ellos un afán de lucro muy poco romántico. Este afán se notaba a las claras en el tira y afloja creado entre rivales por las circunstancias y las ambiciones. Que los indios americanos se los comieron vivos a estos personajes se me importaba un pepino. Tampoco me atraían particularmente los diaguitas, los charrúas, los guaraníes, los comechingones, la indiada antropófaga. Colón nos había metido en un brete.

[…]

Yo era una lectora fácil, también, voraz y omnívora. Lo malo era que no podía ir a una librería a comprar cualquier libro que me interesara, como lo hacía Ricardo. Muchísimos libros estaban en el índex casero. Algunos de manera incomprensible, puesto que no se trataba de pasiones amorosas (tema vedado cuando los amoríos no eran del estilo Mon oncle et mon curé y no terminaban en matrimonio). Ejemplo de esta censura sin motivos aparentes fue el secuestro de mi ejemplar de De Profundis (Oscar Wilde), encontrado por mi madre debajo de mi colchón en el hotel Majestic (París). Yo tenía diecinueve años. Por supuesto que hubo una escena memorable en que yo declaré que así no seguiría viviendo y que estaba dispuesta a tirarme por la ventana. Mi madre no se dejó inmutar por la amenaza, no me devolvió el libro y salió de mi cuarto diciendo que yo no tenía compostura. Le di inmediatamente la razón, tirando medias por la ventana. Fue un acto simbólico, muy festejado por los chauffeurs que estaban en la avenue Kléber y se divertían como locos. Fani, nuestra niñera-mucama, sí creyó en la amenaza que había oído; ella, al deshacer mi cama, había descubierto involuntariamente mi biblioteca privada y había presenciado el incidente. Hablaba sola: «¡Ay, la niña se va a tirar por la ventana! ¡Es muy capaz!». Para ella fue un alivio ver lo de las medias. Comprendió que, por procuración, ya había cumplido mi amenaza.

A partir de mi adolescencia empecé pues a leer cuanto podía procurarme o cuanto consentían en leerme saltando pasajes escabrosos (como en la lectura de Los Miserables de Hugo, que nos hacía en alta voz una preciosa mujer, recién casada, mi tía Isabel, que aquí bendigo por la felicidad que me procuraba con esas lecturas). Una mezcolanza de autores, de muy distinto nivel, franceses e ingleses, se me amontonaban debajo del colchón unos, sobre las mesas otros: Conan Doyle, Dickens, Racine, Hugo, Maupassant, Poe, Walter Pater, Verlaine, Mme de Lafayette, Molière, Daudet, Wilde, George Sand (Les Romans champêtres), el diario de María Bashkirtseff, Harriet Beecher Stowe, Rider Haggard, Tolstoi (Ana Karenina), Dostoievski (Crimen y castigo), Barrès, el Tristán de Bédier, Musset (solo en verso; aprendido de memoria en gran parte, durante un sarampión) 1, Loti, Lamartine ­(poemas), Mme de Noailles (poemas) 2, Shakespeare, Dante (ahí había de todo, pero pasaban a través de la censura por la rima, como las óperas por el acompañamiento de música), ¡qué sé yo! El caso Rostand, por el incendio que provocó, fue típico de mis pasiones de adolescente. La compañía de Coquelin dio L’Aiglon, con Marguerite Moreno en el papel del duque de Reichstadt. Enseguida me reconocí en el protagonista y enseguida pensé que nadie podía decir los versos, pronunciar las palabras como Marguerite Moreno. Y que nadie tenía su voz.

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