Victoria Ocampo - Darse

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Durante muchos años la fama de Victoria Ocampo ha impedido valorar su obra. Instigadora de importantes proyectos culturales, como la revista
Sur, feminista y pensadora, amiga de escritores, artistas y compositores que pasaron por su Villa Ocampo, se ha querido ver en ella a una musa sin obra, protagonista de algunos de los momentos más emocionantes del siglo XX. Darse es una cuidada selección de sus textos autobiográficos y ensayísticos, casi una novela de vida. El resultado es una de las cumbres de la literatura memorialística de nuestro idioma. Un libro donde la amistad con intelectuales como José Ortega y Gasset, Virginia Woolf, Rabindranath Tagore, Jorge Luis Borges o Igor Stravinski convive con agudas reflexiones sobre los celos, el amor adúltero y el arte de «descifrar un rostro». Todos los prejuicios de su época parecen haber concluido en un momento en el que mujer y autobiografía vuelven a estar en el centro de la literatura del siglo XXI. Quizá porque, como ella misma escribió, el principal enemigo de la literatura (y de la mujer) es el pudor.

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El estudio que hubiera seguido por voluntad propia y en serio, no me lo permitían: el teatro. Ese fue mi drama durante años. Y creo que tenía vocación para las tablas. Aunque la luz de las candilejas nunca me hubiera reemplazado ni alejado de la del sol.

«Una de las tareas más urgentes del psicólogo es escoger los poetas en capullo de entre los pintores, plomeros, políticos, pedagogos, etcétera, en estado embrionario. En la actualidad la selección vocacional es arte muy rudimentario, y generalmente ocurre al final de la educación, y no cerca del comienzo.»

Si esto es la verdad en la hora presente y en los países adelantados, cuánto más lo sería en época de mi infancia y adolescencia; en un país atrasado como el nuestro; y tratándose de la educación de una mujer. Mi vocación, si vocación tenía, la descubrí yo sola y la mantuve viva contra viento y marea. Así como un deficiente mental podría quejarse (si fuera capaz de razonar) de que sus padres no lo mandaran a una escuela especializada para tratar de corregir sus defectos (si son corregibles), así podrían lamentarse otros niños, dotados para tal o cual cosa, de que sus padres no los sometieran a ciertas disciplinas para desarrollar esas dotes. Los niños con «facilidades» suelen ser holgazanes. Y suelen desarrollar su capacidad de holgazanería si no se les obliga a rendir lo que deben rendir, de acuerdo con sus capacidades.

Creo que esto me sucedió a mí. Mi afición a aprender de memoria cuentos, ­poemas u obras de teatro en verso que me gustaban, sin obligación de hacerlo, es ya una prueba de que para la carrera teatral o la literatura no conocía la pereza. No conocía la pereza para la lectura. No la conocía para escuchar música (incluso la que llevaba el rótulo de difícil); pero la conocía, y mucho, para leer música a primera vista (cosa que siempre hice pésimamente). Y cuando volví a Europa, no tuve pereza para ir a los museos, ni para seguir cursos en la Sorbonne o el Collège de France, si los temas me atraían.

[…]

Nunca he leído un libro, visto una pieza de teatro o presenciado un acontecimiento que considerara extraordinario sin tener inmediatamente necesidad de compartir mi entusiasmo o mi indignación con cuanta persona me caía a mano. Recuerdo aún que después de la lectura de Une ville flottante, de Julio Verne, me fui enseguida a casa de mamá Ramona (estábamos en San Isidro) para contarle cómo, en un duelo, un rayo oportuno, atraído por la punta de la espada de un canalla, Harry Drake, lo había fulminado, dejándole así al noble rival la posibilidad de casarse con la viuda, víctima del villano. Sin la intervención providencial del rayo, y de acuerdo con la moral del autor, jamás hubiera resultado posible este tan justo desenlace y enlace. Lo cierto es que yo había estado con el Jesús en la boca, esperando que cayera el inesperado rayo. Tanto me impresionó, nos impresionó a mi hermana y a mí este siniestro personaje, que encontramos en la vida real un hombre que nos pareció idéntico al Harry Drake descrito por Julio Verne; descubrimos también, en la estación de San Isidro, a un sosias del Uriah Heep de Dickens. Tomaba el tren todas las mañanas a la misma hora. Iba seguramente a su empleo. Pero su aspecto, como el del señor parecido a Harry Drake, nos producía un horror placentero y una curiosidad insaciable. ¿Serían de veras tan viles como los personajes a quienes se parecían?

El cuarto de juguetes (nursery, dirían los ingleses) de las menores era visitado por las mayores, mientras que el cuarto de estudio de las grandes no lo era por las chicas. A la hora de la siesta, en verano, las grandes estudiaban y las chicas dormían. Las horas y el lugar de las comidas, también distintos. Y como las chicas almorzaban y comían más temprano y siempre en casa de mis padres, se presentaba la ocasión de ir a ayudarlas a comer los sesos panés, el puré de papas, el pejerrey, el arroz con leche o cualquier otro plato que algunas, desganadas, comían con suma lentitud y reluctance. La ayuda empezaba por el ejemplo y la participación…

Mi padre estaba siempre con temor de que nos rompiéramos el alma. Durante un tiempo, por ejemplo, anduve en bicicleta. Pero un médico le advirtió a mi padre que la bicicleta no era un buen ejercicio para las niñas. Se suprimió la bicicleta. Durante otra época, salía yo a caballo con mi padre. Tenía dos petisos, Mosquito y el Bayo. Íbamos hasta Martínez por la avenida de tipas que corre paralela a la vía del tren (Eduardo Costa). Yo llevaba un traje azul, de amazona, y montaba como mujer, en silla con horqueta. La pollera larga era ya en sí una satisfacción grande. Para qué decir el resto. Pero esta felicidad no duró mucho. Mi padre pensó que yo era imprudente, o se cansó de salir a caballo. En la estancia, se opuso a que el petiso más manso me llevara en su lomo. Temió que me rompiera una pierna, o la cabeza, como ya me había roto un brazo.

Perros no tuvimos. El Beauty de mi infancia no era mío. Era perro guardián. Mi padre pensaba que podíamos terminar, en esta relación perruna, con algún quiste hidatídico.

Bebíamos agua filtrada, o mineral; leche hervida; no comíamos verduras crudas si no eran de procedencia conocida. Cuando llegábamos a algún hotel, en viaje por Europa, mi madre desinfectaba con alcohol los lavatorios, tinas, bidet de los baños antes de que los usáramos. Poco importaba que el hotel fuera, como era, de primera categoría. La categoría de nuestra limpieza e higiene superaba siempre la del hotel.

En nuestro primer y segundo viaje a Europa, nos embarcamos con vacas (dos) y gallinas (varias). Y sábanas. La verdad era que las seis chicas daban mucho quehacer: las desganadas por desganadas, las comilonas por comilonas, las traviesas por traviesas, las no traviesas por víctimas de las traviesas, etcétera.

[…]

Tomábamos lecciones de baile en lo de Forster. Este hombre con olor a polvos perfumados, vestido de etiqueta (frac) a las tres de la tarde, y con guantes blancos a toda hora (así lo veía yo), nos enseñaba a bailar el vals, la polca, la tarantela, el ­Washington Post, le pas de quatre, le pas des patineurs, la mazurca, tutti quanti menos el tango, desde luego. Nos enseñaba a hacer reverencias con gracia y sin caernos sentadas. Yo era una de sus mejores alumnas, y cuando iba a fiestas de chicas en que se bailaba todas querían bailar conmigo y yo con las que bailaban bien solamente.

En una casa rodeada de jardín y que abarcaba toda una manzana frente a la plaza San Martín (Christophersen) solíamos bailar. Tanto bailaba yo que al volver a casa tiraba los zapatitos de charol antes de subir la escalera.

Mi primer baile en serio fue para mí un acontecimiento; me parecía que iba a cambiar de vida, porque mi «presentación» me iba a dar una independencia que por cierto no me dio. Lo advertí muy pronto. Aquel baile fue en casa de Alvear (Teodelina) y, si mal no recuerdo, recité «Stella», de Hugo (no sé a qué venía eso). Vi de lejos a L. G. F., con quien nunca había hablado y que ya no me interesaba. Otras caras habían tomado el lugar de la suya en la pantalla de mi imaginación. Además, lo consideraba demasiado joven; ya no me conmovían los hombres que no eran mucho, o bastante mayores que yo. L. G. F. había sido the face, como se diría ahora en lenguaje hollywoodense. Pero, aunque con distintas armónicas, en torno a the face seguía yo tejiendo mis sueños, y las caras me atraían por su belleza. Hasta mi primer baile, se puede decir que no había tenido ocasión de hablar con muchachos (fuera de los numerosos primos, que no contaban, excepto C., por quien sentí un efímero engouement; y fuera de los tíos jóvenes que admiraba por su físico). Por ser una familia de mujeres, los hermanos ausentes no habían traído un contingente de varones amigos a nuestra casa. Hablar por teléfono, escribirse cartas, invitar a casa a algún muchacho que no fuera de la familia no se practicaba ni se admitía. A los diecisiete años, como prueba de liberalidad y de concesión a las ideas modernas (?) reinantes, se me permitió jugar al golf en Mar del Plata con muchachos que eran hijos de padres conocidos… Jugábamos en foursome. Desde la casilla (no había casa de golf, sino casilla de madera), las madres solían seguir, con anteojos de larga vista, a las parejas que se alejaban en el descampado. No había árboles en la cancha, y solo en un hoyo, del lado del mar, se pasaba por una hondonada en que momentáneamente desaparecían los jugadores. Desaparecían de a cuatro y con cuatro caddies, nunca en dúo. Solo cloroformando o asesinando con arma blanca (los tiros se hubieran oído inmediatamente desde la casilla) a seis personas, habría podido aislarse una pareja en esa hondonada. Nadie lo intentó, que yo sepa.

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