Victoria Ocampo - Darse

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Durante muchos años la fama de Victoria Ocampo ha impedido valorar su obra. Instigadora de importantes proyectos culturales, como la revista
Sur, feminista y pensadora, amiga de escritores, artistas y compositores que pasaron por su Villa Ocampo, se ha querido ver en ella a una musa sin obra, protagonista de algunos de los momentos más emocionantes del siglo XX. Darse es una cuidada selección de sus textos autobiográficos y ensayísticos, casi una novela de vida. El resultado es una de las cumbres de la literatura memorialística de nuestro idioma. Un libro donde la amistad con intelectuales como José Ortega y Gasset, Virginia Woolf, Rabindranath Tagore, Jorge Luis Borges o Igor Stravinski convive con agudas reflexiones sobre los celos, el amor adúltero y el arte de «descifrar un rostro». Todos los prejuicios de su época parecen haber concluido en un momento en el que mujer y autobiografía vuelven a estar en el centro de la literatura del siglo XXI. Quizá porque, como ella misma escribió, el principal enemigo de la literatura (y de la mujer) es el pudor.

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El hermano menor de mi amiga C. iba al mismo instituto que L. G. F. Nunca conseguí que me contara las cosas que me hubiesen interesado. Era una fatalidad digna de las tragedias de Racine. La única persona que estaba en contacto directo y diario con L. G. F. no nos tomaba en serio a ninguno de los dos. Se burlaba de nosotros. Una vez, sin embargo, supe que L. G. F. le había preguntado por mí. Parece que dijo: «¿Y el ángel?». «¡Ja ja ja!, qué idiota. ¡Bonito ángel! No te conoce.» Me abalancé sobre él (no era la primera vez, y ya habíamos rodado por una escalera en el Bristol). Nos separaron. «Mirá si tendré razón», dijo triunfante, arreglándose la corbata medio desatada que seguramente fue lo primero de que pude echar mano. Este episodio enfrió momentáneamente nuestra amistad, pero A. L. se mostró generoso: me regaló una tarjeta postal, enviada por L. G. F. para año nuevo. Era una cabeza de caballo. Decía: «Te desea muchas felicidades L. G. F.». Me llevé la tarjeta y la escondí, junto a san Antonio, entre las estampas de mi libro de misa. Era un documento comprometedor. Si lo descubrían…, ¡cuántas preguntas! Esa cabeza de caballo y esas palabras firmadas…, prueba aplastante de nuestra conducta pecaminosa.

Cuando me quedaba sola, de noche, sacaba la tarjeta de su escondite y la besaba. Besaba «te desea muchas felicidades». ¡Cómo habría sido de feliz si esas palabras se hubieran escrito para mí! Pero tanta dicha era inalcanzable. Podía estar agradecida de tener esa postal elegida, comprada, pagada por L. G. F. También llevaba una estampilla pegada por él. Había escrito la dirección, el saludo, con su pluma, con su tinta, con su mano. ¿Qué más?

Me daba perfectamente cuenta de que las personas mayores no eran capaces de entender lo que pasaba entre L. G. F. y yo. Por otro lado, ¿quién era capaz, excepto Dios si ve lo que siente la gente? Solo Dios, si ve a la gente por dentro, podía comprender mi felicidad cuando lo veía pasar a caballo en San Isidro, a pie en Viamonte. Era una felicidad que se comunicaba a todo cuanto me rodeaba, de tal modo que yo encontraba sus rastros en todos lados: en el dibujo de los hierros de los balcones de casa, en las losas de la vereda, en el sonar de las campanas de las Catalinas, en el olor de las rosas amarillas, en el incienso de los domingos, en la arcada del Bon Marché donde él solía pararse, medio escondido, para hacer una seña de despedida. Era una felicidad que dejaba su marca en los objetos: un pedazo de cartulina, unas hojas secas. Una felicidad que se extendía en círculos como los que hace una piedrita tirada a un estanque: círculos cada vez mayores, que cada vez abarcaban más cosas, que invadían todos los dominios, la ciudad, el campo, las estaciones, la lectura, la música, los héroes de la historia, los santos del calendario, las oraciones, los sueños.

L. G. F. caminaba agachando la cabeza. Su labio inferior avanzaba ligeramente. Delante del espejo traté de imitar esta moue de la boca que a él le quedaba tan bien. Si el labio superior hubiera sobresalido como en algunas caras —pensé, avanzando mi labio superior para probar—, qué distinto efecto. No me hubiera gustado nada L. G. F. Las gentes con labio superior protuberante parecen conejos, son siempre mamarrachos. Uno de los encantos de L. G. F. era esa moue. En cuanto a su manera de andar, yo la imitaba perfectamente, así como un levantar de costado la cabeza, de vez en cuando, como si le molestara el cuello. A fuerza de imitarlo empecé a caminar agachando la cabeza. Mi madre lo notó: «¿Qué le pasa a esta chica que cada día anda más agachada? Qué mala costumbre estás tomando. Es feísimo. Te vamos a tener que poner espalderas». Yo ya me veía como la Clémence de Comédies et proverbes, de la Comtesse de Ségur: con un aparato que me impediría bajar la cabeza. Pero mamá no era Madame d’Embrun. Las espalderas no pasarían de una amenaza.

Otro de los encantos de L. G. F. era que caminaba a grandes trancos. Sus piernas eran, desde luego, mucho más largas que las mías, puesto que me llevaba unos cuantos años. Y cuando se está creciendo, los años hacen notables diferencias.

Al llegar la primavera, el año del memorable Carnaval, mis padres decidieron ir a pasar una temporada, como de costumbre, a la estancia de mi abuelo. Esto, que hasta esa época me había llenado de contento, me desesperó. Pergamino quedaba lejos, y aunque La Rabona, con su jardín, su huerta, sus animales, mis tíos Juan e Isabel, ofrecía un programa variado y divertido (además, nos veríamos libres de lecciones), estas ventajas no compensaban separarme de L. G. F., no verlo durante cuatro interminables semanas. Y ¿cómo avisarle que me iba? Ni se me ocurrió hablarle por teléfono. Mi relación con él era de mirada a mirada.

Si L. G. F. no me veía más en los balcones, creería que lo olvidaba. Acabaría por aburrirse de esperarme. No volvería. ¿Cómo evitar esta catástrofe? A. L. era el único puente. Pero no era puente sino abismo de burla y de indiferencia ante nuestra desgracia.

Sin embargo (y nunca supe por qué milagro), L. G. F. apareció a las seis y media de la mañana en la esquina de Florida y Viamonte, el día de nuestra partida. Tomábamos el tren de las siete y media. Evidentemente, lo sabía y venía a despedirse. Pero como la familia entera entraba y salía de los cuartos, preparando las últimas valijas y vistiendo a las chicas, y mi padre ya estaba levantado, la despedida fue breve: un abrir y cerrar el balcón, dos manos que, a la distancia, se juntaban en el mismo adiós.

Esto me quitó un peso del corazón. Con mi amiga C., la que me acompañaba a la azotea, habíamos convenido en que agregaríamos a nuestras cartas unas líneas escritas con jugo de limón, para comunicarnos lo que ninguna otra persona tenía que saber. Al calor de una vela, el jugo de limón invisible toma un tinte marroncito. Yo lo había leído en un libro. Pero nunca hubo noticias que darme. El jugo de limón solo sirvió para escribir, invariablemente: «No sé nada de L. G. F. No lo he visto».

Sin embargo, hasta ese no saber nada era saber algo, puesto que aparecían, de golpe, al calor de la vela, las iniciales mágicas.

Si no hubiese sido por la lectura y mi afición creciente a escribir cartas, y hasta futuros libros, ese mes de La Rabona, estación Socorro, habría sido de mortal tristeza. Estar lejos de la esquina de Florida y Viamonte era un destierro. Pero los libros en que la gente se quería, sin que los persiguieran porque se querían…, o en que conseguían verse aunque los persiguieran, eran un consuelo. Los libros, los libros, los libros eran un mundo nuevo en que reinaba una bendita libertad. Yo vivía la vida de los libros, y no tenía que rendirle cuentas a nadie de este vivir. Era cosa mía.

Además, las cartas…, otro alivio; aunque no se las podía dirigir al verdadero destinatario. Escribir por escribir también me tranquilizaba. Después de mi primera composición sobre los crímenes del Imperio británico, inspirada por la traicionera Miss Ellis, había nacido en mí la seguridad de que escribir era un desquite. La palabra escrita ayudaba a escapar de las injusticias, de la soledad, de la pena, del aburrimiento.

1Un Paul Newman adolescente.

2Hoy Galería Pacífico.

3Ella tuvo cinco hijos; uno de ellos sería premio Nobel.

EL IMPERIO INSULAR

In many mortal forms I rashly sought

The shadow of that idol of my thought.

And some were fair —but beauty dies away:

Other were wise —but honeyed word betray.

Shelley, Epipsychidion

INTRODUCCIÓN

Ayer en el idioma de hoy

Antes de entrar en ese tramo de vida que llaman adolescencia, y que suele prolongarse en algunas casos, quiero volver a hablar en mi idioma de hoy, es decir el del temps retrouvé; desde esos zancos que los años nos atan a los pies, y que van creciendo como parte de nuestra persona, alejándonos del pasado. Alejándonos y acercándonos a él de una nueva manera, puesto que nos permiten verlo en conjunto, y con un tipo de visibilidad desconocida hasta ese periodo. Cuando hablen mis dieciséis, diecisiete, dieciocho, diecinueve años, me ayudarán a no desfigurarlos, a no verlos solo desde mis zancos, a bajar a su nivel, algunas cartas conservadas.

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