No era la primera vez que don Benito acudía a la historia como fuente e inspiración para su quehacer literario. Antes de la publicación de Trafalgar , el autor canario había sacado a la luz otras dos obras relacionadas con esas primeras décadas del siglo XIX: La Fontana de Oro (1870), ambientada en el periodo del Trienio Liberal y los intentos de los absolutistas por derrotar desde las sombras al gobierno constitucional; y El Audaz: historia de un radical de antaño (1871), centrada en las conspiraciones contra Godoy por parte de los «fernandinos» en torno a 1804. «Galdós buscaba mientras escribía estas novelas la raíz de la situación terriblemente escindida que se estaba viviendo en 1870. […] Y cuando ve la necesidad de tomar como punto de partida el tramo final del reinado de Carlos IV es cuando inicia los Episodios Nacionales , publicando Trafalgar (1873)» (Rubio Jiménez, 2008: 17). La trascendencia histórica de esta batalla naval y su valor «como materia novelable» parecía haberla intuido –o, al menos, sugerírsela a Galdós casi de manera inconsciente– Eugenio de Ochoa pocos años antes de la publicación de este primer Episodio , con su artículo dirigido al «Señor director de la Ilustración de Madrid »:
el joven autor escribe inspirado por una idea elevada, realmente patriótica, y guiado por un sentimiento que considero laudable, cual es el de presentar en relieve los vicios y las miserias de la sociedad que precedió inmediatamente a la nuestra, para que no caigamos en la red que nos tienen los que, solo porque así cuadra a sus propios intereses, quisieran hacernos volver a ella. […] Bien hace el Sr. Pérez Galdós en esgrimir su bien tajada pluma contra la hipócrita sociedad de fines del siglo pasado y principios del presente, sociedad devorada por una depravación profunda bajo sus apariencias santurronas […] Y mientras tanto Nelson abrasaba nuestra escuadra en Trafalgar, y éramos el juguete de Francia y nos disponíamos a abrir cándidamente nuestras plazas a sus ejércitos para que nos sumiesen en una guerra de exterminio, que si terminó con gloria para nosotros, también nos costó ríos de lágrimas y sangre, precioso don de un gobierno personal, de un régimen absoluto, como el que hoy se recomienda tanto por cierta escuela política, sin Cámaras, ni periódicos, ni derechos, ni ninguna de las abominaciones del día. […] ¡Y esos son los tiempos con cuyo recuerdo torcidamente evocando se quiere azotar a los nuestros[!] (Ochoa, 1871: 275).
Las concomitancias entre el pasado histórico en el que Galdós ambienta cada una de estas dos novelas y la realidad sociopolítica española de su tiempo resultan, por tanto, evidentes para Eugenio de Ochoa, y ponen de manifiesto esa concepción ciceroniana de la historia como «testigo de los tiempos, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida, heraldo del pasado» (Cicerón, 2002: 218). El escritor canario tomará esta máxima como uno de los estandartes de su producción novelística y sobre ella fundamentará sus Episodios nacionales , justificando así esa íntima relación que establece entre historia y literatura, entre realidad y ficción: «Todos los disparates que hacemos hoy los hemos hecho antes en mayor grado» (Shoemaker, 1962: 56).
LA GÉNESIS DE LOS Episodios Nacionales
En sus Memorias de un desmemoriado (1916), Pérez Galdós –ya anciano y aquejado por la ceguera desde hacía algunos años– recordaba con cierta nostalgia y humor aquellos inicios como novelista en torno a 1870 y cómo surgió la idea de llevar a cabo las primeras novelas que compondrían los que a la postre serían de las primeras series de sus Episodios Nacionales :
A mediados del 72 […] me encuentro que, sin saber por qué sí ni por qué no, preparaba una serie de novelas históricas, breves y amenas. Hablaba yo de esto con mi amigo Albareda y, como le indicase que no sabía qué título poner a esta serie de obritas, José Luis me dijo: «Bautice usted esas obritas con el nombre de Episodios nacionales ». Y cuando me preguntó en qué época pensaba iniciar la serie, brotó de mis labios, como una obsesión del pensamiento, la palabra Trafalgar (Galdós, 1968: VI, 1660).
Con estas palabras, cargadas de ambigüedad y un pretendido aire desenfadado, describía el autor de Fortunata y Jacinta la «repentina» inspiración que, como si de una epifanía se tratase, situó el inicio de estos Episodios en la famosa batalla de Trafalgar, enfrentamiento naval –acaecido en la costa gaditana el 21 de octubre de 1805– en el que se batieron las Armadas inglesas y franco-españolas y que concluyó con una dolorosa derrota para los intereses patrios. De igual modo, el escritor canario afirmaría años después –en el Epílogo al tomo X de la edición ilustrada de los Episodios Nacionales (1885)– que, tras la publicación de Trafalgar , aún no tenía concretado el camino por el que discurriría su nuevo proyecto literario:
A principios de 1873 […] fue escrita y publicada la primera de estas novelas, hallándome tan indeciso respecto al plan, desarrollo y extensión de mi trabajo, que ni aun había fijado los títulos de las novelas que debían componer la serie anunciada y prometida con más entusiasmo que reflexión. Pero el agrado con que el público recibió La Corte de Carlos IV sirvióme como luz o inspiración, surgiéndome, con el plan completo de los Episodios nacionales , el enlace de las diez obritas de que se compone (cfr. Hinterhäuser, 1963: 24).
Sin embargo, existen ciertos indicios y argumentos que vienen a poner en cuestión, por un lado, el «indeterminado» rumbo que tomarían sus Episodios y, al mismo tiempo, la pretendida «casualidad» a la que se refiere Galdós para justificar el marco histórico con el que comenzó esta opera magna . 6 De este modo, tal y como señala Hinterhäuser (1963: 25), el propio protagonista de la primera serie, Gabriel Araceli, ya deja entrever al final del primer capítulo de Trafalgar cuáles serán los principales hitos sobre los que versarán los siguientes episodios relacionados con la Guerra de la Independencia: «Muchas cosas voy a contar. ¡Trafalgar, Bailén, Madrid, Zaragoza, Gerona, Arapiles!... De todo esto diré alguna cosa, si no os falta la paciencia. Mi relato no será tan bello como debiera, pero haré todo lo posible para que sea verdadero».
Así mismo, las pesquisas realizadas por Rodolfo Cardona en la Casa-Museo Pérez Galdós ofrecen algunos testimonios escritos que confirman que Galdós ya había estructurado esta primera serie antes de que se publicase su segunda novela, La Corte de Carlos IV : «entre mayo y julio de 1873, Galdós ya había concretado bien el plan de su 1. ªserie y, fuera del título del tercer episodio –el que está precisamente a punto de escribir– todos los títulos corresponden a los que conocemos» (1968: 120). El hispanista austriaco va incluso un paso más allá y sugiere, a partir de otro fragmento de este mismo capítulo inicial de Trafalgar , que el propósito inicial de Galdós era convertir también a Gabriel Araceli en el protagonista de una segunda serie, dedicada esta vez a los años del reinado de Fernando VII tras la Guerra de la Independencia:
Soy joven; el tiempo no ha pasado; tengo frente a mí los principales hechos de mi mocedad; estrecho la mano de antiguos amigos; en mi ánimo se reproducen las emociones dulces o terribles de la juventud, el ardor del triunfo, el pesar de la derrota, las grandes alegrías, así como las grandes penas, asociadas en los recuerdos como lo están en la vida. Sobre todos mis sentimientos domina uno, el que dirigió siempre mis acciones durante aquel azaroso periodo comprendido entre 1805 y 1834.
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