Elena Fortún - El camino es nuestro

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Este volumen de la Colección Obra Fundamental está dedicado a las escritoras Elena Fortún, creadora del personaje de Celia, y Matilde Ras, pionera de la grafología en España. Las dos autoras, coetáneas y amigas, tuvieron un papel renovador en la literatura y la sociedad de su época.El camino es nuestro recopila diarios inéditos de ambas, artículos, cuentos, cartas y reportajes.

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Los escritos de Krafft-Ebing, padre de la sexología moderna, junto con Havelock Ellis, fueron sustituidos en la década de 1920 por los de Freud. Los tres coincidieron en un punto: el amor homosexual, ya fuese entre hombres o entre mujeres, constituía un problema en el que la medicina debía involucrarse para elucidar si era un mal congénito o el resultado de un trauma o de un problema de crecimiento y desa­rrollo. No ha de extrañar que en el autobiográfico escrito «Nací de pie», incluido en este volumen y redactado probablemente en Buenos Aires, Fortún reconstruya su nacimiento incluyendo el tema de la ambigüedad genérica. Rememora que al nacer fue declarada en primera instancia niño, declaración corregida por el médico que atendía el alumbramiento. El dictamen de sexo equivocado en el nacimiento ofrece a la escritora un origen a su carácter «invertido» de adulta. La declaración de inversión en el nacimiento no puede disociarse del desarrollo de lo que Foucault llamó una scientia sexualis, que en España se manifestará en los escritos de Marañón, Novoa Santos, Vital Aza y Hildegart Rodríguez Carballeira, entre otros. Matilde Ras también narra su infancia reconstruyéndose a sí misma como una niña especial, criada en igualdad educativa respecto a su hermano varón, curiosa y ávida lectora, que, como Celia, encontraba placer en escuchar cuentos. Más frecuente que el significativo tópico del noli me tangere es la insistencia de Matilde Ras en su carácter melancólico. Su melancolía es retratada como poderosa y amplia, profunda, característica primordial de su ser. Así, afirma que, a pesar de su inclinación a disfrutar de los viajes y ser feliz por el alimento que estos procuran a la imaginación, «bajo mi traza de contento, corre el río, mucho más caudaloso que el Tíber, de mi melancolía. Y dejemos que corra». Esa aceptación de la melancolía como parte integrante del yo y de su vivir existe en diálogo con la modernidad y la identidad de género. Matilde Ras fue quijotista. Escribió sobre el ingenioso hidalgo y el mundo caballeresco de sus aventuras, viendo al antihéroe de Cervantes como la más melancólica de las creaciones literarias. Este aspecto, ocupa un lugar destacado dentro del imaginario homosexual. Aparece relacionada con el sentimiento de pérdida del amor. Tiene que ver con el saber y el conocimiento profundo del yo y sus inclinaciones, pues solamente puede sentirse melancolía ante una emoción profunda que se conoce y no se puede realizar. Este aspecto, por tanto, constituye un discurso que funciona como pared o puerta del armario en que se encierra el deseo prohibido entre personas del mismo sexo. Ambas autoras crean un armario tanto para esconder como para mostrar su homoerotismo. Gracias al trabajo de Kosofsky Sedgwick, ­Raquel Osborne y otras estudiosas sabemos que si bien el patriarcado parecía no prestar demasiada atención al lesbianismo, las mujeres lo vivieron ocultándolo y mostrándolo a través de códigos. El armario es un espectáculo a la vez que un espacio cerrado.

Aunque no podamos certificar el nivel de intimidad erótica al que llegaron, sí puede apreciarse una relación de amistad platónica e intensa en la que el deseo hacia la otra se hace patente al verbalizar Elena Fortún en la carta de despedida a Matilde la intensidad de las emociones que experimenta al entrar a la alcoba de su amiga y verla dormir, admirando a la vez su belleza, blanca y sublimada en el sueño. Las cartas, los diarios y otros documentos de carácter íntimo son un testimonio insustituible de entrada al armario de la afectividad de las modernas y de conocimiento de las tensiones y la culpabilidad causadas por la conciencia de una identidad genérico-sexual no normativa. Elena Fortún escribe «Para Celia. El apoyo moral de la esposa» al final de «Nací de pie», y exhibe en este texto inédito el arrepentimiento de no haber sabido domeñar el deseo. En base a su propia vida, insta a su personaje a no olvidar que «el apoyo material del matrimonio es el hombre, y tú, mujer, debes ser el apoyo moral. Si no lo eres, recibirás tu castigo irremediablemente. Si él habla en público, ¿lo tomas en broma? ¿Te burlas de su trabajo? ¿Te burlas de su manera de vestir? Es muy posible que tu marido sea ridículo, “pues carga sobre tu espalda la mitad de su ridiculez: esta es tu cruz”. No hay otro recurso a tu felicidad. Si no lo puedes sufrir, sepárate, antes de que sea tarde. Pero si lo quieres, agarra la mitad de la cruz, que él lleva con trabajo sobre sus espaldas, y como el pobre Cirineo di: ¡Adelante!».

En diversas ocasiones en su obra y también en su correspondencia, Elena Fortún hablará del peligro de la no represión. Las ideas freudianas sobre la importancia de la represión del deseo homosexual como parte del proceso de crecimiento de cualquier ser humano desembocarán en la conceptualización de la homosexualidad como fase primera del desarrollo del ser humano sano. En el artículo «El girasol y el sol», publicado el 1 de junio de 1930 en la serie «Historias naturales» de Gente menuda, Fortún critica al girasol que piensa que es único y que la luz le sigue y no se da cuenta de que es él quien inevitablemente sigue al sol, verdadero astro. Se equivoca, según el yo autor, el girasol de «cara de esgrima» al tener «delirios de grandeza» y olvidarse de que es su obligación seguir al sol, como el nombre «girasol» indica, apuntando a una esencia que nunca ha de traicionarse, lo mismo que traicionar la esencia femenina de esposa conlleva castigo y dolor, soledad y aislamiento. La culpabilidad por el suicidio de su marido la acompañará siempre. Contrasta fuertemente con la opinión de Matilde sobre sus deseos propios, definidos como «bandada de pájaros. Volaban. Se dispersaban. Iban lejos. ¡Oh, si hubiera podido seguirlos!». Implícita en esa afirmación está la melancolía de realización de otro proyecto identitario acorde con el deseo ido.

Elena Fortún muere en 1952. Matilde Ras viviría aún diecisiete años más. Matilde da la bienvenida a su amiga agonizante a Madrid con postales llenas de palabras cariñosas y el recordatorio de que la ciudad a la que ha llegado es su Madrid, que, como ella misma, le da la bienvenida. Sin embargo, el Madrid en el que ambas mueren poco tiene que ver con el que abandonaron al final de la guerra civil. La crea­dora de Celia fallecería el 8 de mayo, tras meses de dolorosa agonía. Matilde llegó a ver el monumento a Elena Fortún en el parque del Oeste, erigido por suscripción popular, en el que se implicó sobremanera y a cuya inauguración acudió, participando en el homenaje póstumo a Elena. Madrid aparecía en sus Diarios bajo la muy desfavorable óptica de la posguerra; era una ciudad plagada de fantasmas, sin las comodidades de Lisboa; se había convertido en la ciudad del «ya no tengo casa», del trauma y de la pérdida.

En repetidas ocasiones hará referencia Elena Fortún al papel de la ficción en su vida y al carácter de suplantación de la realidad que le otorga. Ella es lo que escribe de la misma manera que Matilde se vierte a sí misma en sus diarios, hábito de escritura que cultivó toda su vida. En ambos casos asistimos a la importancia de la dimensión autobiográfica en la escritura femenina y en el examen de la autoría y del yo, terreno este último conflictivo, sacudido por el esencialismo de la época y el choque del mismo con la modernidad, que saca a la mujer de la tradición presentándole nuevos modelos identitarios, tanto de comportamiento como de trabajo, género y sexualidad. El 13 de enero de 1947 Matilde escribe en su diario que «Elena, sin decirle nada ha acudido siempre mil veces a mí en todo lo que me hacía falta, moral o material: […] qué sería de mí sin ella, de cerca o de lejos». La genealogía de nuestro feminismo ha de entenderse y estudiarse desde la distancia impuesta a las mujeres por la guerra y el exilio. La obra de estas dos grandes creadoras fue, entre otras cosas, expresión de tensiones personales en relación con su identidad sexual y genérica, faceta que figuró de forma prominente en el debate sobre mujer y progreso articulado en la vida cultural y social de nuestro país en las primeras décadas del siglo xx. En los últimos veinte años se ha realizado una ingente recuperación de la vida y la obra de las mujeres de la vanguardia, que ejecutaron su obra junto a los reconocidos autores de la generación del 98 y del 27. Ellas son los grandes fantasmas de la modernidad española. La sociología de nuestro siglo xx y la historia de la literatura, cultura y arte españoles no estarán completas hasta que no hayamos incorporado un saber profundo sobre nuestras modernas que abarque su vida de autoras y su vida de mujeres disidentes.

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