Elena Fortún - El camino es nuestro

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Este volumen de la Colección Obra Fundamental está dedicado a las escritoras Elena Fortún, creadora del personaje de Celia, y Matilde Ras, pionera de la grafología en España. Las dos autoras, coetáneas y amigas, tuvieron un papel renovador en la literatura y la sociedad de su época.El camino es nuestro recopila diarios inéditos de ambas, artículos, cuentos, cartas y reportajes.

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La representación de la homosexualidad, como cualquier representación, está sujeta a códigos que varían con la historia. Elena Fortún y María de la O Lejárraga, escritoras casadas con escritores, no se identificaron con la heterosexualidad más que en apariencia. Matilde Ras, Lucía Sánchez Saornil, Victoria Kent y Victorina Durán no se casaron y vivieron una sexualidad no normativa en una época en la que se estaba construyendo el saber sobre la homosexualidad que avanzaría junto con la homofobia hasta nuestros días. Este saber se va produciendo al hilo del desarrollo de la nueva sexología por parte de médicos europeos como Krafft-Ebing y Havelock Ellis a finales del siglo xix y principios del xx. Con Ellis, el sexólogo inglés, se cartea la española Hildegart Rodríguez. En España, Gregorio Marañón escribirá sobre los estados intersexuales uniendo tramposamente el desarrollo intelectual con las tendencias sáficas. Ángel Martín de Lucenay escribe con profusión en la década de 1930 sobre temas sexuales que incluyen la homosexualidad tanto masculina como femenina y los estados intersexuales, defendiendo la normalidad de cualquier sexualidad. En líneas generales las relaciones intensas entre mujeres no molestaban al patriarcado por cuanto podían encubrir toda clase de vínculos de amor y amistad. En su exhaustivo análisis sobre la identidad de la mujer moderna, Luengo López afirma que «fueron muchas las mujeres modernas que decidieron mantener relaciones sáficas con otras mujeres, sobre todo con aquellas pertenecientes a su círculo de amistades, intelectual o artístico». En efecto, la amistad entre Ras y Fortún comienza en una época en que la feminidad sufre un profundo proceso de resignificación. El safismo de Victorina Durán, Victoria Kent, María de Maeztu y Lucía Sánchez Saornil ha sido de sobra documentado, incluso a partir de los testimonios y la obra de estas autoras. Pero la relación entre Ras y Fortún ayuda a entender mejor los conflictos identitarios de aquellas modernas que vivieron la afectividad y también el erotismo desde posiciones diferentes a la heterosexualidad.

Como evolución cultural, la modernidad y los procesos de modernización eminentemente socioeconómicos que la impulsan tienen una consecuencia especialmente pertinente para lograr una acertada comprensión del lugar de estas autoras y del olvido que ellas y sus compañeras de generación han experimentado hasta épocas recientes. Además de modernas, son lo contrario. Poseídas por el esencialismo de los tiempos, no saben o no pueden pensar en la mujer sin desligarse totalmente de la tradición y de los roles de género tradicionales que la definen, con más rigidez entonces que ahora. Como ya se ha mencionado, la modernidad genera nostalgia del ­pasado. También miedo al cambio, melancolía y ansia de permanencia e inmutabilidad. Si la modernidad implica optimismo ante el proyecto de un futuro cada vez más perfecto, ese mismo futuro genera la conciencia de la fugacidad del tiempo, de la caducidad de lo humano, y la necesidad de asir lo que se va perdiendo y pensarlo melancólicamente porque es transitorio. Puede concluirse que la modernidad siempre genera lo antimoderno, el deseo del no cambio o el miedo al cambio que crea la necesidad de la permanencia inmutable y de la represión de lo nuevo.

El movimiento feminista hizo avanzar los derechos de la mujer en las primeras décadas del siglo xx. Para cuando llega 1929 y cae la bolsa neoyorquina, la visión positiva del progreso y de la urbe está siendo reemplazada por una visión negativa que se aprecia en obras tan dispares como Poeta en Nueva York de Lorca, la película Metrópolis de Fritz Lang o la novela Manhattan Transfer de John Dos Passos. El choque entre modernidad y antimodernidad no era nuevo, ya en Francia a finales del siglo xvii la querelle des anciens et des modernes lo había puesto sobre la mesa, debatiéndose acaloradamente. Este choque se da en la vida de nuestras modernas entre la época dorada de su autoría en el Madrid anterior a la guerra civil y la segunda parte de sus vidas, tras el exilio, cuando viven lo que debe entenderse como una primera muerte, simbólica, pues el proyecto de modernidad que representaron desaparece del imaginario cultural en aras del conservadurismo de la sociedad europea del medio siglo y de la España del primer franquismo, convirtiéndolas en fantasmas de la modernidad, en seres que no han resuelto el dilema que supuso su existencia a medio camino entre lo viejo y lo nuevo. El historiador Mark Mazower nos recuerda que desde el período de entreguerras y hasta el final de la Segunda Guerra Mundial los Gobiernos europeos efectuaron una política pronatalista destinada a exorcizar un «fantasma aterrador»: el de la mujer moderna. También lo diría Pilar Primo de Rivera en 1938 en un artículo que titula «La nueva mujer de España», y que parte de la premisa de que la moderna ha pasado y la nueva mujer está por llegar. Afirma: «Pasó la modernísima niña del Instituto-Escuela, joven intelectual que con severidad de nuevo Catón supo censurar los “errores”, los “defectos”, los “vicios” de un Felipe II, que no conoció la gran obra de nuestra colonización en América más que la crítica de fray Bartolomé, algo corregida y aumentada. Pasó la mujer vacía que por no saber nada, ni supo conocerse, ni supo ser mujer.

No hay sitio para ella en la España Nueva. ¡Nueva Mujer de España! Si es verdad aquello de que nadie puede dar lo que no tiene, no lo es menos que quien está lleno se desborda fácilmente y nosotras, con sencillez, sin pedantería, tenemos que dar mucho y dar bien. ¡Horizontes nuevos! ¡Horizontes de mujer! ¡Horizontes de Madre! Para formar conquistadores de Imperios, para formar hijos de España que conozcan, que quieran a su Patria, tenemos que conocerla y quererla nosotras primero».

Implícita en las palabras de la fundadora de la Sección Femenina de Falange hay una crítica a lo que Elena Fortún y Matilde Ras representaron en tanto que modernas: la valoración de la educación y del desarrollo de la mentalidad crítica, que Primo de Rivera ve antipatriarcal, es decir, feminista. Al definir a la moderna como «mujer vacía» la retrata al cabo como no mujer, desconocedora de su esencia, separada de lo específico de su sexo, la maternidad que los Gobiernos europeos necesitaban que las mujeres abrazasen para repoblar Europa tras dos guerras mundiales. Con todo, ella también, como Fortún y como otras pensadoras de vanguardia ideo­lógicamente opuestas a Primo de Rivera, une mujer y regeneración nacional reformulando el vínculo que otrora significó la modernidad para hacerlo tradicional, maternal, doméstico, contrario a la emancipación femenina.

El Madrid del Instituto-Escuela al que asistieron los hijos de Elena Fortún es el Madrid del asociacionismo, el Madrid de los espacios en los que se desarrolló la amistad entre Tilde y Elena, un Madrid muy diferente de la ciudad a la que regresan tras los años pasados en sus respectivos exilios en Buenos Aires y Portugal. Su amistad dio comienzo probablemente gracias a las colaboraciones periodísticas de ambas autoras en Blanco y Negro. Corrían los tiempos del asociacionismo feminista, y lugares como el Lyceum Club, fundado en 1926, la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, el Ateneo y la Residencia de Señoritas se convirtieron en punto de encuentro de las modernas de un Madrid en el que proliferaron las tertulias y los teatros de cámara. El asociacionismo femenino impulsó la cohesión política, el compromiso con la causa de la mujer y la inspiración para escribir. Generó escritura y autoría. Antes de la guerra civil, por tanto, nuestras autoras compartieron espacios de realización femenina y feminista en el Madrid republicano y prerrepublicano, tanto físicos, como los ya mencionados, como de escritura, en particular el espacio de la prensa periódica, medio clave para las ansias de autoría de las mujeres de la vanguardia, quienes vivieron, por otra parte, lo que ha de entenderse, como se ha visto, como una tensa modernidad.

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