Elena Fortún - El camino es nuestro

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Este volumen de la Colección Obra Fundamental está dedicado a las escritoras Elena Fortún, creadora del personaje de Celia, y Matilde Ras, pionera de la grafología en España. Las dos autoras, coetáneas y amigas, tuvieron un papel renovador en la literatura y la sociedad de su época.El camino es nuestro recopila diarios inéditos de ambas, artículos, cuentos, cartas y reportajes.

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Y en cuanto a hacernos creer que nuestra virtud se apoya en la desgracia de unos miles de mujeres, miente quien tal diga. Los hombres no son fieras. Pero si fuera cierto, si la vida fuera tan horrible como nos la pintan, nosotras no podemos querer una tranquilidad que se sustenta en la esclavitud de estas desgraciadas criaturas, y habría llegado el momento de gritar, como en días de horror gritaron las mujeres belgas: «¡Mujeres! ¡Vamos a la huelga de vientres vacíos! ¡Dejemos extinguirse a una humanidad que ha fracasado en sus más altos ideales!». Pero no: el ejemplo de otros países nos da la seguridad de que esto no es así. Tengamos fe. Ni hay males necesarios, ni humanidad malvada, ni pueden fracasar el bien y la justicia, que hablan cada vez más alto desde el fondo de nuestra conciencia.

Mujer, te emplazo para mayo de 1927. Une tu voz a las nuestras, y ayúdanos a abolir leyes odiosas y a salvar a la parte más miserable de nuestra sociedad.

La Prensa, 5 de junio de 1926

1La Sociedad Española de Abolicionismo se funda en Madrid en mayo de 1922 bajo la iniciativa de los doctores Juarros y Hernández Sampelayo con la finalidad de lograr la supresión de la prostitución legal y la inclusión del delito sanitario en el Código Penal. Para ello se emprende una campaña de propaganda basada en la organización de mítines y la publicación de colaboraciones de sus asociados y simpatizantes en la prensa, donde contaba con el apoyo de periódicos progresistas, como El Sol, y de algunas revistas especializadas.

CARTAS A LA MUJER TINERFEÑA.

LAS PLAYAS HUMILDES

El concepto del verano ha cambiado para la humanidad en estos últimos años, y lo que antes era un lujo o una distracción es ahora la vuelta a la vida natural durante unos meses de cuerpos y espíritus fatigados por la vibración angustiosa y calenturienta de las grandes poblaciones.

Es posible que en Royan, Trouville y Biarritz, donde veranea la alta sociedad francesa, el veraneo sea un constante cambiar de vestidos para contemplarse unos a otros en la playa, en las carreras y en el casino; pero en estos pueblos de la Costa de Plata, donde veranea la burguesía y adonde vienen, en busca de sol, los ingleses y los belgas, la vida es de tan extraordinaria sencillez que no puedo resistir al deseo de hablarte de ella.

En estas playas no hay cabinas ni casetas; sólo unas pequeñas tiendas de lona, que la mayor parte de los veraneantes no utilizan, pues salen de sus casas en traje de baño y envueltos en el peignoir. No es fácil distinguir a los hombres de las mujeres, todos van vestidos lo mismo y el gorro de goma les da a todos la misma fisonomía.

A las once, estas inmensas playas de arena rubia, sin una roca y bordeadas de dunas, tienen un extraño aspecto. Todo el mundo se comporta exactamente como si estuviera solo; nadie se preocupa de nadie. Durante horas y horas se dejan tostar al sol, apenas cubiertos con el maillot, con una inmovilidad de faquires. Después del baño, la playa entera se pone en movimiento. Un grupo de mujeres esculturales hace gimnasia rítmica dirigido por una profesora que parece la diosa Juno con cabellera de oro.

Un corro de muchachos hace gimnasia respiratoria, bajando y subiendo los brazos acompasadamente. Una veintena de hombres corre por la orilla del agua con movimientos iguales y concienzudos. Unos señores gordos se doblan por la cintura, tratando de llegar a los pies con las puntas de los dedos; y una madre de familia rodeada de sus pequeños va explicándoles prácticamente todo un tratado de gimnasia.

Puede decirse que todos los bañistas están desnudos; hombres y mujeres se cubren simplemente con un sencillo maillot, y, sin embargo, no hay nada que dé una sensación más serena, más casta y más limpia que estas playas de Francia. Ni unos gemelos, ni una mirada, ni una expresión de pensamiento pecaminoso entre estos hombres y mujeres que juegan al tenis en maillot, que se bañan juntos y que pasan la mayor parte del día desnudos y tendidos sobre la arena. Parece envolverlos, como manto de Virgen, la santidad purísima de su único anhelo de salud.

Después de la merienda, los bañistas pasean, ya vestidos, por los pinares; y, aunque siguen llevando muy poca tela, su traje está tan lejos de toda vanidad que no puede atribuirse a desaprensión lo que sólo es higiene. Ellas lucen sus vestiditos de cretona de mil colores y las alpargatas sobre los pies desnudos; ellos, el pantalón de hilo blanco y la camisa de sport. Con estos trajes primitivos asisten después al teatro y al baile del casino. Los niños aún son más felices, su traje de calle sigue siendo el maillot de baño con sólo cambiar el mojado por otro seco.

Cuando llegan a estas playas los franceses del norte, rubios como ingleses y de piel blanca y sonrosada, su belleza clara se destaca del color, fuertemente tostado, de los veraneantes; a los ocho días de vida veraniega, todo su cuerpo se ha convertido en una brasa roja, de la que se desprende la piel, descubriendo verdaderas heridas que soportan con sereno estoicismo; después, poco a poco, sus fisonomías empiezan a borrarse, y apenas han pasado otros ocho días ya es difícil distinguir entre un inglés y el argelino que vende los tapices, o a una dama de Normandía de una zíngara de las que hacen música en el casino.

Esta gente se preocupa verdaderamente de su salud y piensa que, ya que no puede hacerse en un mes un sistema nervioso o unos pulmones nuevos, puede sustituir su piel anémica por otra capaz de asimilar la luz que ha de nutrir sus nervios, y fortificar unos músculos que han de dar a su cuerpo salud y belleza.

La medicina extraviada, por no se sabe qué absurdos caminos, vuelve arrepentida a la madre naturaleza en busca de la salud que perdió en muchos siglos de brebajes y de olvido de todas las leyes naturales.

Todo el mundo ha comprendido la lección y se prepara para fortalecerse, y fortalecer a esta generación que empieza a vivir sin el miedo al frío o a la debilidad que fueron los fantasmas de nuestra época.

Y, sin embargo, esta alegría que siento ante esta sana virtud que me parece sorprendida por mí, viene a entristecerla la noticia de que unas lindas e inocentes señoritas, hijas de un pintor ilustre, que en una playa del norte de España tomaban tranquilamente su baño de sol, creyendo sin duda que ya está Dios en todas partes, han sido multadas.

La Prensa, 29 de agosto de 1926

ESTAMPAS INFANTILES

La Sociedad Protectora de Animales y Plantas ha organizado una exposición de dibujos en la que sólo han tomado parte los niños de las escuelas españolas e inglesas. Supongo que los de otras naciones no han enviado porque no se ha hecho suficiente propaganda.

La exposición se ha celebrado en el salón de Nancy, y el número de dibujos recibidos ha superado lo que se esperaba. Casi todos los artistas deben de tener muy pocos años, a juzgar por la ingenuidad de sus obras y por lo incorrecto del dibujo; y todos han coincidido en poner en el margen una pequeña leyenda como explicación del asunto tratado. Esto no deja de estar muy en su lugar y demuestra que los pequeños, más razonables que los pintores modernos, procuran evitar las confusiones que pudieran surgir en la contemplación de sus cuadros. Si en las exposiciones de ahora se siguiera esta costumbre, nos evitaríamos el trabajo de averiguar si el pintor quiso hacer un pozo o un árbol, aun cuando, según el conferenciante que inauguró una exposición futurista, esta manía de saber que tiene la humanidad sólo sirva para rémora del genio artístico.

El asunto de los dibujos debe de haber sido condición impuesta por la Sociedad que sea, de animales o plantas, y si la imaginación del niño llegaba a ello, tratar de mostrar el dolor de los seres indefensos o el amor con que debiera tratárselos.

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