1 ...8 9 10 12 13 14 ...18 En mi cuarto hay otras cosas. Una cómoda, un ropero, una gran percha con su cortina de satén amarillo, un gran cesto lleno de ropa.
Por la noche, si tardo en dormirme, tengo miedo porque la mariposa de la lamparilla a veces se pone a crecer desmesuradamente y a sacar todas las cosas de su sombra…, otras en cambio se hace chiquita…, es apenas un pábilo negro con un poco de lumbre en la punta…. Pero lo peor es cuando se estira y encoge haciendo correr sombras por las paredes, o chisporrotea como si se fuera a apagar y no se apaga sino que se enciende más… y es como si respirara apagándose y encendiéndose…
—¿Por qué descorres la cortina de la percha todas las noches? —me ha preguntado mi madre, que es el orden y la limpieza hechos persona.
—¿Yo?
—Sí, tú. Yo a correr la cortina para que esté tapada la ropa… y tú a descorrerla…
—¿Yo?
Estoy segura que yo no descorro la cortina, y, efectivamente, todas las mañanas está descorrida…
Esto me preocupa todo el día, y me propongo averiguarlo esta noche.
¡No me dormiré hasta ver quién descorre la cortina!
Para no dormirme, me siento en la cama. Ya todos se han acostado. A mi padre lo oigo roncar, mi madre tal vez reza su rosario… La muchacha pasó hacia su cuarto antes de entrar yo en el mío.
Justamente esta noche es de las que la lamparilla se ha vuelto loca. De pronto se estira y todo se ilumina vacilante, como si la luz y la sombra estuvieran borrachas… De pronto se achica tanto que casi no se perciben en las sombras los muebles… Se va a apagar… Chisporrotea… Tal vez se esté quemando en su llama un mosquito… ¡Huele a pábilo mojado en aceite!…
En ese momento siento el leve ruido característico de los anillos en la barra de hierro… Miro espantada… y veo descorrerse la cortina… ¡Se descorre… se descorre… más… más…!
El corazón se me ha disparado y el pecho me duele de contenerle… Me tapo la cabeza muerta de miedo… ¡La cortina se descorre sola…! ¡Sola!
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Septiembre de 1903
Quince años, casi dieciséis. He soñado.
En el jardín que está frente a mi casa, han levantado un monumento. Es de madera roja y brillante y representa un viejo de larga barba con el brazo extendido… Los que pasen por debajo de ese brazo no volverán más…
Lo miro desde el balcón. De súbito oigo voces en la calle. Miro y veo un tropel de gentes que acompañan a dos hombres. Estos dos hombres van a pasar por debajo del brazo del hombre del monumento… ¡Uno de estos hombres es mi padre!
Quiero gritar y no puedo. Muy solemnemente llegan todos al pie del monumento y mi padre se adelanta. ¡Él pasa solo y desaparece a la sombra! Ahora el otro… ¡El otro es el tío de mi madre en cuya casa mi padre se ganaba la vida!…
También va él a desaparecer… Entonces puedo gritar pidiendo auxilio pero alguien me dice:
—No…, este no entra ahora…, ¡hasta mayo!
Y me despierto.
Cuatro días después murió mi padre, el otro señor murió el día primero del mayo siguiente.
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Tenía diecinueve años e iba a casarme.
Faltaban sólo ocho días. Y soñé.
Soñé una voz. Nada veía, sólo oscuridad y angustia.
La voz dijo:
—No te cases. No sirves para casada.
Y yo pensé con terror: «¡Ya no tiene remedio! Tengo que casarme. ¡Es irremediable! Además estoy enamorada…».
La voz contestó a mis pensamientos:
—Dentro de diez años no lo estarás y seguirás casada.
Yo:
—¡Sí, lo estaré!
La voz:
—La pasión pasa, queda la amistad, la ternura, la confianza mutua, el cariño…, pero eso no te servirá para estar casada.
Me desperté y me casé a los ocho días.
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Tres años más: soñé que veía la caja de un muerto y su cabeza apoyada en una almohada. Entre la almohada y su cabeza, un libro abierto por la página de la dedicatoria.
Cuatro meses después murió [su padre] y me dijo E[usebio]:
—He puesto bajo su cabeza mi libro abierto por la página de la dedicatoria…
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Once años después. La voz, esa voz que a veces me habla:
—¡Va a morir!
—¿Quién?
La voz no contestó. Seis meses más tarde moría mi hijo.
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Habían pasado cinco meses. Era de noche. Por la ventana abierta llegaba el olor de las eras.
Él estaba muy enfermo, tal vez iba a morir. Mi otro hijo dormía en la habitación inmediata ardiendo de fiebre. Yo me eché un momento a descansar, sobre la cama y sin desnudarme. Estaba transida de dolor.
Sentí un leve ruido y entreabrí los ojos. ¡Era mi hijo muerto cinco meses antes que venía hacia mí!
Llevaba su delantal de dril del colegio. Llegó hasta mi cama y puso sus manitas sobre las mías… No oí su voz, pero me hablaba. Me decía que todo iba a pasar, que me tranquilizara, y que él se iba otra vez…
—¡Entonces creeré que es mentira que has estado aquí! ¡No te oigo siquiera!
Me dijo, sin voz, que ahora oiría el ruido que podía hacer…
Desapareció y un golpe terrible en el cerrojo de la puerta de la calle contestó a mis pensamientos…
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En el automóvil. Cierran la puerta y se me quedan tres dedos agarrados… Todo el mundo grita… No se atreven a abrir… Cuando abren ven que no me ha ocurrido nada, ¡ni siquiera una señal!
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Lo peor siempre son las preguntas sencillas… Porque siempre me creo que tienen un sentido que yo no conozco. Así sucedió cuando la profesora, que sabe y bien cómo me llamo, dijo, cogiendo el catecismo:
—Decid, niña, ¿cómo os llamáis?
—Pedro, Juan, Pablo…
¡Y dijo que soy una tonta! Todos los niños se reían.
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PARA CELIA. EL APOYO MORAL DE LA ESPOSA
El apoyo material del matrimonio es el hombre, y tú, mujer, debes ser el apoyo moral. Si no lo eres, recibirás tu castigo irremediablemente. Si él habla en público, ¿lo tomas en broma? ¿Te burlas de su trabajo? ¿Te burlas de su manera de vestir? Es muy posible que tu marido sea ridículo, «pues carga sobre tu espalda la mitad de su ridiculez: esta es tu cruz». No hay otro recurso a tu felicidad. Si no lo puedes sufrir, sepárate, antes que sea tarde. Pero si lo quieres, agarra la mitad de la cruz, que él lleva con trabajo sobre sus espaldas, y como el pobre Cirineo di: ¡Adelante!
EL COMPROMISO
Los cuatro artículos que componen este apartado fueron seleccionados de entre los publicados en el diario La Prensa de Santa Cruz de Tenerife, el medio donde se dio a conocer Encarnación Aragoneses bajo la firma de Elena Fortún, pseudónimo que la haría famosa. Encarnación tomó prestado el nombre de la protagonista de la novela Los mil años de Elena Fortún, escrita por su esposo Eusebio de Gorbea, novelista y dramaturgo por afición, y publicada en 1922. Terminó siendo el nombre con que la llamaban muchas de sus amigas —y su propio editor— y el que se ha elegido en este libro para referirse a ella. Elena se lamentaba de que le dirigiesen cartas —y cheques— a su pseudónimo, pero al final de sus días dejó dicho que en su lápida figurase el nombre de Elena Fortún y la fecha de su muerte, «nada más».
La autora escribe estas colaboraciones a su vuelta a Madrid (1926-1927), después de pasar dos años en Santa Cruz de Tenerife, donde había sido destinado su marido, militar de profesión. Elena Fortún elige, para sus primeras publicaciones, la cuestión feminista (que incluye el abolicionismo, el trabajo de la mujer y la moda), sumándose así al nutrido grupo de periodistas que impulsaron un clima favorable para la emancipación de la mujer. El conjunto de estos primeros artículos abarca también otros temas, como una serie de crónicas fruto de su primer viaje a Francia, el espiritualismo y la educación infantil.
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