Eduardo Galeano - Vagamundo y otros relatos

Здесь есть возможность читать онлайн «Eduardo Galeano - Vagamundo y otros relatos» — ознакомительный отрывок электронной книги совершенно бесплатно, а после прочтения отрывка купить полную версию. В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: unrecognised, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.

Vagamundo y otros relatos: краткое содержание, описание и аннотация

Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «Vagamundo y otros relatos»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.

"Si algo caracteriza a Vagamundo es el presentarnos al Galeano cuentista. Los personajes de estos artículos y cuentos atraviesan las historias y temáticas que aborda el autor en su obra.
Estos relatos breves fundaron el estilo narrativo que haría inconfundible, en los libros siguientes, la obra de Eduardo Galeano."

Vagamundo y otros relatos — читать онлайн ознакомительный отрывок

Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «Vagamundo y otros relatos», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.

Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

El Mingo me dijo que pasando el horizonte está el mar y que yo nací para irme. Para irme, nací yo. Agarras el camión y te vas, me dijo. Y al que no le guste lo pisas con el camión. Así que me voy. Al mar, me voy. Y me llevo todas las cosas de mi hermano. Me monto en mi camión y hasta el mar no paro. Yo al mar sí que no le tengo miedo. El mar me estaba esperando y yo no sabía. ¿Cómo será? ¿Cómo será el mar?, le pregunté a mi hermano. ¿Cómo será mucha agua junta? ¿Y el mar respira? ¿Y contesta cuando le preguntan? ¡Tanta agua que tiene el mar! ¿Y no se le escapa?

El pequeño rey zaparrastroso

Tarde a tarde, lo veían. Lejos de los demás, el gurí se sentaba a la sombra de la enramada, con la espalda contra el tronco de un árbol y la cabeza gacha. Los dedos de su mano derecha le bailaban bajo el mentón, baila que te baila como si él estuviera rascándose el pecho con alevosa alegría, y al mismo tiempo su mano izquierda, suspendida en el aire, se abría y se cerraba en pulsaciones rápidas. Los demás le habían aceptado, sin preguntas, la costumbre.

El perro se sentaba, sobre las patas de atrás, a su lado. Ahí se quedaban hasta que caía la noche. El perro paraba las orejas y el gurí, con el ceño fruncido por detrás de la cortina del pelo sin color, les daba libertad a sus dedos para que se movieran en el aire. Los dedos estaban libres y vivos, vibrándole a la altura del pecho, y de las puntas de los dedos nacía el rumor del viento entre las ramas de los eucaliptos y el repiqueteo de la lluvia sobre los

techos, nacían las voces de las lavanderas en el río y el aleteo estrepitoso de los pájaros que se abalanzaban, al mediodía, con los picos abiertos por la sed. A veces a los dedos les brotaba, de puro entusiasmo, un galope de caballos: los caballos venían galopando por la tierra, el trueno de los cascos sobre las colinas, y los dedos se enloquecían para celebrarlo. El aire olía a hinojos y a cedrones.

Un día le regalaron, los demás, una guitarra. El gurí acarició la madera de la caja, lustrosa y linda de tocar, y las seis cuerdas a lo largo del diapasón. La probó, la guitarra sonaba bien.

Y él pensó: qué suerte. Pensó: ahora, tengo dos.

El deseo y el mundo

Son los últimos días de agosto. No muy lejos de aquí, se sabe que el invierno ha empezado a morir. El frío está impregnado por el olor de las flores amarillas de los aromos y se anuncia para pronto el estallido de las glicinas, las flores azules, las flores blancas; pronto el aire olerá a glicinas, no muy lejos de aquí, y olerá a manzanas y a diabluras. Se alargarán los días.

Si Gustavo pudiera, contaría que aquí los vidrios de las ventanas de las celdas han sido blanqueados con pintura para que los presos no vean el cielo. Contaría que eso es duro de sobrellevar, pero es duro solamente mientras dura el día. Durante la noche, no. A la noche, aquí, al fin y al cabo, es posible imaginarla, con la cruz del sur todavía alta y las tres marías todavía demoronas en mostrarse. Además, contaría Gustavo, a la noche es mejor no mirarla

desde aquí, no vale la pena. ¿Para qué? ¿Para ver los reflectores girando y girando desde las casamatas de las colinas? No. Si Gustavo pudiera, más que contar, preguntaría.

Y de todos modos pregunta. Pregunta otras cosas:

—¿Cómo te va en la escuela?

—¿Te lastimaste la frente? ¿Cómo fue?

—¿No trajiste ningún abrigo?

—¿Te cansaste? Son treinta cuadras...

Es difícil hacerse oír en medio del vocerío de todos los demás presos que, ávidos como él, aplastan sus rostros contra las alambradas.

Hay dos alambradas separándolo de Tavito:

Son alambradas de gallinero.

—Yo no me canso nunca. Camino y camino y no me canso.

—Pero hace frío.

—Yo camino y no lo siento. ¿No es verdad, papá? Cuando uno camina, el frío se asusta y se va lejos.

Gustavo permanece en puntas de pie y Tavito, a medio metro, también: no hay otra manera de verse las caras o, por lo menos, adivinarlas a través de la rejilla: la cara de Tavito sobresale apenas por encima de la base de cemento de la alambrada.

Hay muchas cosas que escuchar y toda la gente habla y las voces se confunden. A veces, se abren unos pocos segundos de silencio, como si todas las mujeres y los hombres y los niños se hubieran puesto misteriosamente de acuerdo para tomar aliento al mismo tiempo, y entonces queda el jirón de alguna frase desprendida en el aire.

—¿Y los dibujos? ¿No me trajiste dibujos? --No tengo ninguno.

Tavito intenta meter un dedo por entre los alambres, el dedo queda prisionero: no se puede.

—¿Cómo que no? Y todos aquellos dibujos que...

—Los rompí.

—¿Qué?

—Estaba con rabia y los rompí.

Gustavo piensa que Tavito ha de tener frías las manos. Gustavo enciende un cigarrillo, se echa humo en las manos. Desearía que hubiera una manera de mandarle calor a Tavito a través de la malla de alambre. Los dibujos. Un ojo que camina con patas de pestañas. El doctor reloj usa las agujas de bigotes. Viene el león y se los come a todos. El león agarra la luna con la pata. Te voy a explicar. Estos tres payasos le pegan al león para que suelte a la luna y la luna se cae y... El perro le muerde la cola a una señora gorda. ¿Los escuchás? Oí. La gorda está gritando guau, guau, y el perro está diciendo ay, ay.

Ahora Tavito tiene las dos manos abiertas contra los alambres y se las está soplando con el aliento.

—A la tía Berta se la tengo jurada —dice.

Detrás, hay una puerta pesada de rejas de hierro. Los soldados apuntan con las metralletas y tienen cachiporras y también revólveres en las cananas. Tavito dice:

—Ella me pegó.

El aire huele a humedad y a encierro.

—Por algo habrá sido.

Tavito patea el murete con la punta del zapato. Luego alza la mirada. Esta manera peligrosa de mirar. Aquella manera. La cara de Carmen, cara de chiquilina ávida, quiero todo, quiero más, los ojos curiosos, hambrientos, devorándose al mundo.

—¿Me oís?

—Sí, sí.

Gustavo siente un malestar en la garganta.

Carmen alza la mirada, el techo es alto y gris.

Tavito dice:

—Escuchá.

—Sí, sí. ¿Qué?

—La barriga. Me está hablando.

Tavito les hace muecas a los soldados, les

saca la lengua.

—¿Por qué te pegó?

—¿Quién?

—Berta. Me dijiste que te pegó.

Tavito permanece en silencio con la cabeza baja. Por fin dice, y Gustavo apenas puede escucharlo:

—Ella se enoja porque me hago pichí en la cama.

—Y el Águila del Desierto, ¿sabe que vos te andás meando? A Tavito la sangre se le sube a la cara y le hace cosquillas hirvientes.

—Cuando yo sea grande, me las va a pagar.

—El Águila del Desierto no va a querer ser tu amigo.

—El Águila no sabe que me hago pichí.

—Ah, él se entera de todo.

—Pero no. No ves que él no vive en la misma vida que yo. Él vive en la vida de la guerra.

Mi vida es distinta. En mi vida hay una vieja con una cara de Berta.

Gustavo no había querido que Tavito viniera. Verlo, había pensado, será peor. Pero el último domingo le había pedido a su hermana que lo trajera y que ella lo esperara afuera.

—¿Y ese vendaje que tenés en la frente?

No puedo creer que... Pero... ¿y la nariz? ¡Si tenés la nariz hinchada!

—Vos peleaste contra diez. En el diario decía. Yo también voy a ser fuerte y voy a pelear contra todos.

—¿Cómo fue?

—En la escuela, fue.

—Yo no peleé contra diez ni contra ninguno. Te querés parecer a alguno de esos maricones de la televisión.

—Ellos estaban hablando mal de vos.

—Ellos, ¿quiénes?

Читать дальше
Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Похожие книги на «Vagamundo y otros relatos»

Представляем Вашему вниманию похожие книги на «Vagamundo y otros relatos» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.


Отзывы о книге «Vagamundo y otros relatos»

Обсуждение, отзывы о книге «Vagamundo y otros relatos» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.

x