—Bueno, te puedes imaginar que a los diecinueve era muy joven …
—A los diecinueve ya no eres tan joven . Sobre todo para un seminarista de primer año…
—A los diecinueve, Gerard era un muchachito muy joven. Hasta ingenuo, según algunas personas. Demasiado devoto.
—El esfuerzo de trabajar tanto, de aprender latín, la presión de ser digno del sacerdocio…
—…de ser tan bueno …
—…un mediador de Dios…
—…de Jesús…
—…fue demasiado para el pobre Gerard, creemos…
—Y luego, la tragedia de nuestra familia…
—¡Pobre Gerard! Todo terminó de forma tan… abrupta…
—¿Qué dices? ¿No sería más bien pobre Conor ?
— Conor , Gerard … ¡nuestros queridos sobrinos! Que Dios se compadezca de nosotros.
Clare ha estado prestando mucha atención. Se siente como una niña en presencia de adultos maliciosos que hablan rápido y con un código secreto. No logra absorber el significado de lo que dicen. Tiene que atender con todos los átomos de su ser. ¿Qué están insinuando las tías abuelas?
Clare se escucha decir con timidez:
—Supongo… que… entonces… no… no están… ¿ vivos ? Mis padres, digo.
Sobresalto y silencio. Elspeth y Morag intercambian la mirada más breve posible, pero no contestan, como si su pariente joven e ingenua hubiera enunciado una obscenidad.
Claro que tus padres están muertos. Nadie se atreve a hablar de ellos.
¿Qué pensaste, que habían estado vivos todos estos años… a la espera de que llegaras?
Clare no quiere mirar a las tías abuelas y descubrir cómo la miran ellas a su vez: ¿con compasión?, ¿empatía?, ¿indignación?
Les agradece el desayuno y se ofrece a recoger la larga mesa cubierta por el mantel de plástico color mostaza, pero Elspeth la frena con un siseo.
—¡Por favor! De ninguna manera, Clare. Eres una invitada en la casa de Maude Donegal.
Morag la secunda con fervor.
—Exacto, sí. Yo me encargo de la mesa. Creo que me toca a mí. —Se levanta con esfuerzo sobre las piernas morrudas y larga una risa nasal, como si hubiera recordado un chiste privado.
Al parecer, las tías abuelas se turnan las tareas del hogar. Le dicen a Clare que, hasta que llegue el día del juicio sucesorio y se defina la voluntad de su hermana, no tienen más remedio que prescindir del personal doméstico.
—¿Turnos? ¡Mírala nada más! Yo hago casi todas las tareas de la casa.
Morag se ríe de forma cordial.
—¡Claro que no! ¡Calumnias!
—¿Calumnias? ¿En serio?
— Yo me encargo de las finanzas y del trabajo mental, que es mucho más pesado…
Mientras las hermanas discuten, Clare se acerca a una ventana para echar un vistazo al exterior. ¿Adónde habrá ido Gerard? Solo alcanza a ver un cerco de ligustro descuidado que se extiende bajo la lluvia por un sendero de adoquines rotos. Gerard se fue en esa dirección, pero no se lo ve por ningún lado.
—¿Gerard vive en esta casa con ustedes? —pregunta Clare.
—Gerard vive en la casa de su madre, al igual que nosotras —contesta Elspeth.
— Nosotras no somos Donegal, Morag y yo, ¿sabes? El apellido de nuestra familia es Lacey.
Elspeth se expresa con orgullo, como si el apellido Lacey fuera a impresionar a Clare. Morag aclara el asunto.
—Es nuestro apellido de solteras: Lacey.
—¡No seas ridícula! Lacey es el apellido de nuestra familia, no nuestro apellido de solteras… porque no estamos casadas.
—¡Pero claro que no estamos casadas! Yo al menos no lo estoy —contesta Morag entre risas enérgicas.
—Entonces no podemos tener un apellido «de solteras», si no estamos casadas. Solo tenemos el apellido que tenemos. A veces siento que hablo con una bruta obstinada que no entiende ni las cosas más básicas.
Elspeth suelta una risa amarga y pone los ojos en blanco.
Pero Morag está decidida a atraer la atención de su sobrina.
—Maude fue la hermana Lacey que se atrevió a casarse. Tuvo la valentía que no tuvieron otras… de «reproducir la especie». Para algunas personas, es un desafío insuperable.
—Y se casó muy bien. Un caballero maduro…
—…Le-land…
—Pero jamás nos dio la espalda… no por mucho tiempo.
—¿De qué hablas? ¿Cómo que no por mucho tiempo? Maude fue siempre generosa con su familia.
—…casi siempre…
—…y cuando la tragedia le arruinó la vida, necesitó que sus hermanas estuviéramos a su lado…
¿Tragedia? Deben referirse al accidente automovilístico , piensa Clare. Pero no se atreve a indagar más sobre ese tema tan sensible.
Las tías abuelas le cuentan a Clare que Gerard tuvo que abandonar el seminario pocos meses antes de que lo ordenaran. Una tragedia terrible para el joven, que llevaba esforzándose mucho unos cinco, seis años.
—El tiempo que se requiera para volverse jesuita. Es mucho tiempo. Y él había sido tan devoto, tan espiritual, nada que ver con quien es ahora. De hecho, Gerard fue quien descubrió… el accidente.
Clare se queda muy quieta, muy atenta. ¿El accidente?
—La escena fue muy traumática para Gerard. Nunca se recuperó. Tuvo lo que se conoce como una «crisis nerviosa». Y nunca se recuperó.
—¡Y qué tragedia terrible para la Iglesia perder un sacerdote tan devoto! Todos los que lo conocían decían que el destino de Gerard era ser sacerdote… se le veía la santidad en el rostro cuando era un jovencito.
—Cantaba en el coro… el soprano más puro…
—No como Conor. Él no era de los que podía renunciar al mundo por Dios, como Gerard…
—¡Ay, Conor! Y pagó un precio altísimo también… por amar al mundo demasiado.
—Por amarla a ella demasiado.
—¡Ay! Que Dios bendiga su alma.
—Que Dios bendiga las almas de todos.
Clare escucha con ansias, agradecida. ¿Amarla? ¿Hablaban de su madre, Kathryn? Clare cree que, de una forma enloquecedoramente indirecta, las tías abuelas le están revelando información crucial.
—El accidente… —dice Clare—, ¿es el accidente en el que murieron mis padres? ¿Un accidente automovilístico? —Elspeth mira de reojo a Morag con gesto amenazante: No digas una sola palabra. Pero lo hace muy abiertamente. Clare supone que se espera que ella lo note y que siga indagando—. Dijeron que Gerard «descubrió» el accidente. O sea, ¿en la calle? ¿En una autopista? ¿Fue a buscarlos en su auto? ¿A eso se refieren?
Clare siente que está dando manotazos, como una nadadora exhausta a punto de ahogarse. Pero las tías abuelas solo la miran como espectadoras en la costa, con curiosidad, sin una pizca de bondad.
Elspeth suspira de nuevo, fastidiada. Morag aprieta los labios cuasi inexistentes, en un intento por contener la risa.
—¿Quién dijo que Gerard descubrió a alguien en una autopista? Para nada. Gerard fue quien… (nunca hemos sabido los detalles, porque nunca nos los contaron)… fue quien descubrió los…
—…los cuerpos…
—…los restos , iba a decir. Creo que el término preciso es «restos».
—¡ Restos es una palabra horrible! Ya cállate.
—Cállate tú . Eres una ridícula.
Clare se siente mareada, desorientada. Le cuesta seguir sonriéndoles con dulzura a las viejitas que se miran la una a la otra y la ignoran, como si no fuera la persona con quien hablan.
Han disparado una ráfaga de flechitas directo a su corazón. No tiene idea de cuán malherida está, por el momento.
—¡Lo siento! No puedo más —dice antes de retirarse a su habitación, en el piso de arriba. Una vez ahí, en el baño vetusto, sucumbe a un ataque de arcadas, asomada por encima del inodoro ancestral, sudorosa y abatida; logra al fin vomitar un liquidito rancio. Pero lo que la tiene mal ya formó una bolita pegajosa y dura en el estómago que parece imposible de expulsar.
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