1 ...8 9 10 12 13 14 ...17 Pero Gerard, con el ceño fruncido, no hace más que encogerse de hombros bajo el saco de tweed. Clare escucha que masculla algo como sí o eh . No cabe duda de que le molesta que lo distraigan del periódico doblado junto a su tazón de avena.
—Soy Clare. Tu… ¿sobrina? O sea, una de tus sobrinas…
¡Qué absurdo! Clare siente que le arde la cara de vergüenza. Cuando eres niña, te sientes vulnerable ante individuos como Gerard, chicos un poco más mayores que te intimidan con su comportamiento aparentemente hostil, inescrutable; se nota que sienten desdén o desprecio por ti, aunque sea imposible imaginar el motivo, porque no has hecho nada para perjudicarlos. Sin saber por qué, insistes, sonríes hasta que te duele la cara, con la esperanza de despertar una sonrisa fría en el otro, aunque sepas que es inútil intentarlo.
Pero Clare ya no es una niña. Clare Seidel tiene treinta años. Además, es mucho más atractiva que el tal Gerard Donegal de piel plomiza, a quien en otro contexto ni siquiera se habría detenido a mirar. Clare debería haber superado hace mucho esa zona de riesgo infantil de la que no puedes escapar porque tus agresores son tus compañeros de escuela y no tienes más remedio que compartir el espacio con ellos, como en un círculo del infierno especialmente congestionado, producto de las maquinaciones de adultos con buenas intenciones.
Las tías abuelas insisten, provocadoras.
—Clare es tu sobrina, Gerard. Te hablamos de ella ayer. ¿No te acuerdas? Es hija de…
—…sí que te acuerdas. De Conor.
Gerard frunce el ceño y hace una mueca. Niega con la cabeza, no .
Clare no sabe bien cómo interpretarlo. ¿Gerard no recuerda a su difunto hermano, Conor, o prefiere no recordarlo? O quizá no está convencido de que la joven a la que acaban de presentarle, que no deja de sonreírle con gesto esperanzado, es en verdad su sobrina.
—Clare es la hija menor de Conor, Gerard…
— Sí te acuerdas , no tengo dudas.
Clare se distrae al escuchar el nombre de Conor mencionado con tanta frecuencia y de forma tan casual.
Es la primera vez que escucha el nombre «Conor» en voz alta, o eso cree. A menos que Lucius Fischer lo haya mencionado por teléfono. Pero Clare no se acuerda.
El nombre suena mágico, la hace querer llorar y sonreír de felicidad. Mi padre .
Así como su madre era una mujer llamada Kathryn. Mi madre .
A Clare la abruma el misterio que no tiene idea de cómo resolver, la realidad de que los tres desconocidos que están con ella en esa habitación no solo son sus parientes consanguíneos, sino que alguna vez conocieron a su padre y pueden hablar de él de forma casual si lo desean… Conor.
Y es que, durante toda su vida consciente, Clare ha aceptado sus circunstancias: es huérfana . No tiene parientes. Y ahora…
Clare ha estado examinando el acta de nacimiento que su madre Hannah le envió por correo prioritario. Un documento oficial que seguramente había visto antes, pero al que le dio tan poca importancia que lo olvidó por completo.
¿Por qué habría de importarme quién fui? Me dieron en adopción; no les importaba nada.
A Clare no le había parecido que los nombres de sus progenitores (biológicos) fueran de personas reales, tal como los nombres de lugares remotos no parecen del todo reales. Se acostumbró a pensar que esos desconocidos habían fallecido cuando ella nació, como si el nacimiento de Clare hubiera desencadenado la(s) muerte(s) de ellos; aunque no había tenido motivos reales para pensar algo tan extraño. Siempre supo, o debió saber, que la habían dado en adopción a los dos años, casi tres. No recién nacida.
—¡Clare es nuestra huésped, Gerard! También la tuya.
—Clare vino a visitar al señor Fischer, Gerard. Nuestro abogado.
—Que también es tu abogado.
—Vino en auto desde Filadelfia, ¿no es increíble? En su auto, sola.
—Por lo del testamento… el testamento de tu querida madre. Te acuerdas…
— Ella también es heredera. Clare, tu sobrina.
—De la antigua granja en Post Road, cariño. Me temo que… sí…
—¿Sabes qué? Deberías llevar a Clare cuanto antes a que conozca la propiedad que acaba de heredar…
—…una oportunidad para que Clare y tú se conozcan…
—…a menos que…
—…a menos que, claro…
—…prefieras no hacerlo.
Las palabras permanecen un momento en el aire, provocadoras. Prefieras no hacerlo.
En ese momento, Gerard se levanta de golpe de la mesa. Arrastra la silla por el piso de madera.
Emite un gruñido, como de desdén, de escarnio. Muestra los dientes amarillentos, con una mueca irritada. Los ojos le bailan en las cuencas, pero no mira a Clare; no la ha mirado ni una sola vez. Con la mano izquierda, la buena, agarra su gorra y el periódico doblado, y sale de la habitación de forma aparatosa, por la puerta trasera.
A su paso deja un olor a ceniza, a cuerpo y cabello de hombre sin lavar. Ni siquiera una mirada por encima del hombro.
Las tías abuelas quedan desconcertadas; abren los ojos como platos, con algo de avestruces alarmadas. Chasquean la lengua. Clare se pregunta si no estarán complacidas de que su parloteo inquisitivo haya logrado correr al ceñudo sobrino de su vista.
—¡Ay, querida! Lo lamentamos mucho, muchísimo, Clare…
—Nuestro sobrino Gerard no suele ser tan…
—…grosero…
—… tímido . No se siente cómodo con gente que no conoce…
—…ni aunque sean sus parientes…
—…retraído, poco sociable…
—…obstinado, testarudo…
—…una conmoción muy fuerte, el trauma…
—…era brillante …
—…tan brillante como Conor…
—…¡no! No tanto…
—…es cierto. Cuando entró al seminario…
—… no tan brillante como Conor , no…
—…más diligente que Conor, a decir verdad…
—…devoto. Obediente.
—Bueno, Dios lo guarde…
—…¡ Debería ! Después de lo que hizo Dios…
—…¡shhhh! ¿Crees que Dios no nos escucha?
Las tías abuelas le confiesan a Clare que el «tío soltero», Gerard Donegal, alguna vez tuvo la intención de ser jesuita. Fue seminarista en el Seminario de Saint Joseph, en Portland, Maine, hasta que tuvo que dejarlo por «razones personales, familiares», y volver a casa, a Cardiff, a vivir con sus padres.
Desde la muerte de su padre, quedó encargado de llevar en auto a su madre viuda adonde ella necesitara ir; en el último tiempo principalmente a sus turnos médicos y a misa en la iglesia de St. Cuthbert. Todo el mundo estaba de acuerdo: Gerard había sido un hijo devoto. Contribuía con el mantenimiento de la casa y el terreno, y ahora se ganaba la vida haciendo trabajos ocasionales en el barrio.
No obstante, hasta la fecha seguía en una especie de peregrinaje religioso propio.
¿En serio? Clare no lo podía creer. La mueca dolida, la dentadura amarillenta, la mirada distante no le habían dado indicios de lo que llamamos vocación religiosa.
—¡Oh, claro que sí! Gerard no es un alma muy sociable, ¡como habrás visto! Pero es un trabajador muy confiable. Corta el césped, poda árboles, barre las hojas secas con un rastrillo de verdad y no con uno de esos malditos sopladores de hojas… esos rastrillos grandes, enormes , que ya no se consiguen en ningún lado. Es capaz de cavar, y cavar, y cavar, donde sea que se lo pidas. Limpia la nieve de las cocheras. Trabaja bajo la lluvia, bajo la nieve . Quita la maleza. Sabe reparar techos, chimeneas. Y también ventanas rotas. Sabe pintar , tan bien como cualquier profesional, pero por menos dinero. Claro que sabe usar armas, rifles, revólveres. Se lo puede contratar para que mate a las marmotas, los mapaches, cualquier peste que destruya jardines. (Gerard jamás mataría a un venado, aunque Cardiff está repleto de venados de cola blanca. Es ilegal cazar venados dentro de los límites de la ciudad, pero Gerard los ahuyenta cuando se lo piden). Hay montones de damas en toda la avenida Acton que dependen de él: «¿Qué haríamos sin Gerard Donegal?», dicen. Entró al seminario a los diecinueve porque quería servir a Dios y ser sacerdote, y durante una temporada fue feliz ahí. Su mamá estaba orgullosísima de él, todos estábamos orgullosos, pero luego…
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