—No creía que la cancha fuera la razón de Kevin para quedarse —dijo Neil.
Aaron no respondió. El camino hasta la salida del aparcamiento era corto, y tenía el dinero preparado para la mujer de la cabina. En cuanto la barra se elevó para dejarlos pasar, pisó a fondo el acelerador. Alguien hizo sonar un claxon a modo de advertencia al meterse de golpe en mitad del tráfico y Neil se apretó discretamente el cinturón. Aaron no pareció darse cuenta o le dio igual. Una vez en la carretera, miró de reojo a Neil.
—Me han dicho que no congeniaste mucho con Kevin el mes pasado.
—Nadie me advirtió de que estaría allí —respondió Neil, observando el paisaje por la ventana—. Podrás perdonarme por no reaccionar bien.
—O podría no hacerlo. Yo no creo en el perdón y no fue a mí a quien ofendiste. Es la segunda vez que un fichaje le manda a la mierda. Si fuera posible mellar esa arrogancia suya, su orgullo estaría hecho trizas. En vez de eso, ha perdido la fe en la inteligencia de los atletas de instituto.
—Estoy seguro de que Andrew tenía sus motivos para rechazarlo, igual que yo.
—Dijiste que no eras lo bastante bueno y, sin embargo, aquí estás. ¿Crees que un verano de entrenamientos cambia eso?
—No —dijo Neil—. No fui capaz de rechazarlo.
—El entrenador siempre sabe qué decir, ¿eh? Pero eso solo nos complica las cosas a los demás. Ni siquiera el Millport debería haberse arriesgado fichándote.
Neil se encogió de hombros.
—El Millport es demasiado pequeño como para preocuparse por la experiencia. Yo no tenía nada que perder presentándome a las pruebas y ellos no ganaban nada rechazándome. Supongo que fue cuestión de estar en el lugar adecuado en el momento adecuado.
—¿Crees en el destino?
Neil oyó el ligero desprecio en la voz del otro.
—No. ¿Tú?
—En la suerte, entonces —dijo Aaron, ignorando la pregunta.
—Solo en la mala.
—Obviamente, nos halaga mucho que nos tengas en tan alta estima.
Aaron giró el volante, cambiando de un carril a otro sin molestarse en observar el tráfico a su alrededor. Un coro de cláxones estalló tras ellos. Neil contempló en el espejo retrovisor cómo los coches se desviaban bruscamente para evitar chocar con ellos.
—Este coche es demasiado caro como para estrellarlo —señaló.
—No le tengas tanto miedo a morir —dijo Aaron, mientras el coche continuaba deslizándose por la calzada de cuatro carriles hacia la siguiente salida—. Si no, tu sitio no está en nuestra cancha.
—Hablamos de un deporte, no de un duelo a muerte.
—Lo mismo da —dijo Aaron—. Ahora juegas en primera al lado de Kevin. La gente siempre está dispuesta a dejarse la piel por él. Supongo que has visto las noticias.
—Lo he visto.
Aaron chasqueó los dedos como si acabara de darle la razón. Neil no podía decir que estuviera equivocado, así que lo dejó pasar.
Kevin Day y su hermano adoptivo, Riko Moriyama, eran aclamados como los hijos del exy. La madre de Kevin, Kayleigh Day, y el tío de Riko, Tetsuji Moriyama, crearon el deporte hacía más o menos treinta años mientras Kayleigh estaba estudiando en Japón, en Fukui. Lo que empezó como un experimento se extendió por el campus hasta formar equipos callejeros locales y después a través del océano hasta el resto del mundo.
Kayleigh lo llevó consigo de vuelta a Irlanda tras terminar la carrera y los Estados Unidos lo descubrieron poco después.
A Kevin y a Riko los criaron rodeados de exy. Aun cuando el gigantesco estadio de Edgar Allan, el Castillo Evermore (el primer estadio de exy de la NCAA en Estados Unidos), no era más que unos dibujos en un plano, Kevin y Riko ya tenían raquetas hechas a medida. Tras el accidente mortal de Kayleigh, Tetsuji acogió a Kevin, pero el nuevo entrenador de los Cuervos no tenía tiempo para criar niños. En vez de eso, Riko y Kevin pasaron su infancia en Evermore con los Cuervos y la gente los consideraba las mascotas no oficiales del equipo. Cuando no estaban entrenando bajo las órdenes de Tetsuji, entrenaban con el equipo, y una serie de tutores acudían al estadio para que no tuvieran que ir al colegio.
Kevin y Riko crecieron frente a las cámaras, pero siempre en el contexto del exy y siempre juntos. Hasta el traslado de Kevin a la Estatal de Palmetto, nunca los habían visto en habitaciones separadas. Aquella infancia poco convencional hizo que muchos se preocuparan por su bienestar psicológico, pero también alimentó una obsesión feroz por la pareja. Riko y Kevin eran el rostro de los Cuervos. Para muchos, eran el futuro del exy.
El diciembre pasado, ambos desaparecieron de la esfera pública durante semanas. Cuando el campeonato de primavera comenzó en enero, ninguno de los dos formaba parte de la alineación inicial del equipo. No fue hasta finales de ese mismo mes cuando Tetsuji Moriyama aclaró el asunto en una rueda de prensa y la noticia resultó en un duro golpe para los aficionados al exy de todas partes: Kevin Day se había roto la mano dominante esquiando. Según Tetsuji, tanto Kevin como Riko estaban tan desolados que no podían enfrentarse aún a los Cuervos o a sus afligidos fans.
Al día siguiente, el entrenador Wymack comunicó a la prensa que Kevin se estaba recuperando en Carolina del Sur. Saber que Kevin jamás volvería a jugar había sido un golpe duro; descubrir que había abandonado los Cuervos fue aún peor para sus fanáticos más obsesivos. Si tenía que verse relegado a la banda como asistente del entrenador, al menos debería poner su prestigio y sus conocimientos al servicio del equipo que había sido su hogar. Los aficionados se ofendieron en nombre de su equipo, pero la mayoría supuso que volvería a este en cuanto terminara de curarse. En su lugar, Kevin Day fichó con los Zorros en marzo y no como entrenador, sino como delantero.
Sus fans pasaron de sentirse desolados a traicionados. La Estatal de Palmetto había tenido que soportar lo peor de aquella furia desde entonces. La universidad y el estadio habían sufrido actos vandálicos más de una docena de veces y en el campus habían estallado un sinfín de peleas. La cosa solo podía empeorar cuando empezara la temporada y la gente viera a Kevin vestir los colores de los Zorros. A Neil no le hacía mucha ilusión meterse en medio de aquel follón.
El bloque de apartamentos donde vivía Wymack estaba a veinte minutos en coche del aeropuerto. El aparcamiento estaba prácticamente vacío, al ser un día entre semana por la tarde, pero había tres personas esperando en la acera. Aaron fue el primero en bajarse del coche y se hizo con las llaves que había en la parte trasera. Neil oyó el sonido de varias cerraduras mientras se bajaba del coche. Aaron fue al encuentro de los demás junto al bordillo mientras él recuperaba su bolsa del maletero. Se la colgó al hombro, relajándose un poco al sentir su peso, tan familiar, y cerró el maletero. Cuando levantó la vista, se había convertido en el centro de atención.
Los gemelos estaban a ambos lados de Kevin, vestidos exactamente igual, pero fáciles de distinguir por la expresión en sus rostros. Aaron tenía un aspecto aburrido ahora que había cumplido con su función trayendo a Neil hasta allí. Andrew sonreía, pero Neil era consciente de que su alegría no quería decir que pensara ser amable. También había sonreído mientras le estampaba una raqueta contra el abdomen.
Nicholas Hemmick era el único que parecía alegrarse de verdad de ver a Neil y dio un paso hacia él al verle llegar. Neil agradeció la distracción, ya que así evitaba tener que mirar a Kevin, y aceptó la mano que le tendía Nicholas de buena gana.
—Ey —dijo este, usando la mano que agarraba la de Neil para tirar de él hacia el bordillo—. Bienvenido a Carolina del Sur. ¿Qué tal el vuelo?
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