—Y una mierda. Nadie viene a Millport a hacer fichajes. Nadie sabe ni dónde está esto.
—¿Sabes lo que es un mapa? —preguntó el desconocido.
Hernández le lanzó a Neil una mirada de advertencia y se levantó.
—Ha venido porque le mandé tu expediente. Publicó un anuncio diciendo que necesitaba un delantero y pensé que valía la pena intentarlo. No te lo dije porque no sabía si se iba a quedar en nada y no quería que te hicieras ilusiones.
Neil se lo quedó mirando.
—¿Que hizo qué?
—Intenté ponerme en contacto con tus padres cuando solicitó una entrevista en persona para esta noche, pero no me devolvieron las llamadas. Dijiste que intentarían venir.
—Lo intentaron —dijo Neil—. No ha podido ser.
—No puedo esperarlos —intervino el desconocido, acercándose hasta colocarse junto a Hernández—. Ya sé que la temporada está casi finiquitada, pero he tenido problemas técnicos con mi último fichaje. El entrenador Hernández me ha dicho que todavía no has escogido a qué universidad irás el curso que viene. Los dos salimos ganando, ¿no te parece? Yo necesito un delantero suplente y tú necesitas un equipo. Solo tienes que firmar en la línea de puntos y serás mío durante los próximos cinco años.
Neil intentó hablar dos veces hasta que le salió la voz.
—Tiene que estar de broma.
—Yo no bromeo, ni me queda tiempo para hacerlo —dijo el hombre.
Tiró la carpeta sobre las gradas donde Neil había estado sentado hasta hacía unos instantes. Su nombre estaba escrito con rotulador negro en la parte delantera. Pensó en abrirla, pero ¿para qué? La persona que aquel entrenador se había molestado en investigar en profundidad no era real y no existiría durante mucho más tiempo. Faltaban cinco semanas para que Neil se graduara y seis para que él fuera alguien diferente en otro lugar muy lejos de allí. Daba igual lo mucho que le gustara ser Neil Josten. Ya se había quedado allí demasiado tiempo.
Debería estar acostumbrado. Se había pasado los últimos ocho años huyendo, tejiendo mentira tras mentira hasta dejar un retorcido rastro por donde pasaba. Había veintidós nombres entre él y la verdad, y sabía lo que ocurriría si alguien acababa descubriéndolo todo. Firmar un contrato con un equipo universitario era peor que estarse quieto. Era exponerse a los focos, ser el centro de atención. La cárcel no detendría a su padre durante mucho tiempo y Neil no sobreviviría a otro enfrentamiento con él.
Era muy simple, pero eso no lo hacía más fácil. Aquel contrato era un billete de ida al futuro, algo que Neil no podría tener nunca, aunque lo deseaba con tanta fuerza que le dolía. Durante un segundo se odió a sí mismo por presentarse a las pruebas para el equipo de Millport. Sabía que no era buena idea pisar una cancha. Su madre le había dicho que nunca volvería a jugar. Le advirtió que debía obsesionarse desde lejos y él la había desobedecido. Pero ¿qué otra cosa podría haber hecho? Tras su muerte, había deambulado por Millport porque no sabía cómo seguir adelante sin ella. Jugar era lo único real que le quedaba. Ahora que había vuelto a hacerlo, no sabía cómo dejarlo atrás.
—Váyase, por favor.
—Sé que es todo muy repentino, pero necesito una respuesta hoy. El comité me ha estado presionando desde que encerraron a Janie.
A Neil se le cayó el alma a los pies. Su mirada saltó de la carpeta a la cara del entrenador.
—Los Zorros —dijo—. Universidad Estatal de Palmetto.
El hombre —ahora sabía que debía de ser el entrenador David Wymack— pareció sorprenderse de lo rápido que había atado cabos.
—Supongo que has visto las noticias.
Había dicho que tuvo problemas técnicos. Era una manera muy suave de decir que su último fichaje, Janie Smalls, había intentado suicidarse. Su mejor amiga la había encontrado desangrándose en la bañera y había conseguido llevarla al hospital justo a tiempo. Lo último que había oído Neil era que estaba bajo vigilancia en el pabellón psiquiátrico. «Típico de un Zorro», había dicho el reportero con sorna, y no estaba exagerando.
Los Zorros de la Universidad Estatal de Palmetto eran un equipo de marginados y yonquis con talento porque Wymack solo fichaba atletas que provenían de hogares rotos. Su decisión de convertir la Madriguera en una especie de centro de rehabilitación para jóvenes problemáticos era una buena idea en teoría, pero en la práctica significaba que los jugadores eran aislacionistas incapaces de ponerse de acuerdo el tiempo suficiente para jugar un partido. Eran famosos en la NCAA, la Asociación Nacional Deportiva Universitaria, tanto por ser un equipo diminuto como por quedar los últimos durante tres años consecutivos. Aquel año habían mejorado bastante gracias a la perseverancia de su capitana y a la fuerza de su nueva línea defensiva, pero los críticos seguían sin tomarlos en serio. Incluso el CRRE, el Comité de Reglas y Regulaciones del Exy, empezaba a perder la paciencia con sus pésimos resultados.
Y entonces el excampeón nacional Kevin Day se unió al equipo. Había sido lo mejor que podría haberles pasado a los Zorros y significaba que Neil nunca podría aceptar la oferta de Wymack. Llevaba casi ocho años sin ver a Kevin y nunca se sentiría preparado para volver a hacerlo. Había puertas que debían permanecer cerradas; la vida de Neil dependía de ello.
—No puede estar aquí —dijo Neil.
—Pero aquí estoy —replicó Wymack—. ¿Necesitas un boli?
—No —respondió Neil—. No. No voy a jugar para usted.
—Creo que te he entendido mal.
—Fichó a Kevin.
—Y Kevin te está fichando a ti, así que…
Neil no se quedó a escuchar el resto.
Salió disparado por las gradas y corrió hacia el vestuario. El metal resonaba bajo sus pies, pero no lo bastante fuerte como para ahogar la exclamación de sorpresa de Hernández. Neil no se giró para ver si lo seguían. Lo único que sabía, lo único que importaba, era que tenía que alejarse de allí tanto como fuera posible. A la mierda la graduación. A la mierda «Neil Josten». Se marcharía aquella noche y correría hasta olvidar las palabras de Wymack.
No fue lo bastante rápido.
Iba por la mitad del vestuario cuando se dio cuenta de que no estaba solo. Había alguien esperando en los sillones que se interponían entre él y la salida. La luz se reflejó en una raqueta amarilla cuando el desconocido la levantó para golpearlo, y Neil iba demasiado rápido como para parar. La madera impactó contra su abdomen con fuerza suficiente como para aplastarle los pulmones contra la columna. Para cuando se quiso dar cuenta, ya estaba de rodillas en el suelo, arañándolo con desesperación mientras intentaba volver a respirar. Habría vomitado si tan siquiera hubiera podido conseguir esa primera bocanada, pero su cuerpo se negaba a colaborar.
El zumbido en sus oídos era la voz enfurecida de Wymack, pero parecía estar a miles de kilómetros.
—Joder, Minyard. Por esto mismo no podemos tener nunca nada agradable.
—Ay, entrenador —dijo alguien por encima de Neil—, si este fuera agradable no nos serviría de mucho, ¿no crees?
—No nos sirve de mucho si lo rompes.
—¿Preferirías que lo hubiera dejado largarse? Ahora le pones una tirita y como nuevo.
El mundo se volvió negro y luego se enfocó de golpe con demasiada claridad cuando una bocanada de aire entró por fin en los pulmones torturados de Neil. Inhaló con tanta fuerza que se atragantó y la tos lo sacudió con tanta fuerza que parecía que iba a romperse en mil pedazos. Se abrazó el abdomen para mantenerse de una pieza y le dedicó una mirada feroz a su atacante.
Wymack ya había dicho su nombre, pero a Neil no le había hecho falta. Había visto aquella cara en tantos recortes de periódico que habría sido imposible no reconocerlo de inmediato. Andrew Minyard parecía poca cosa en persona, con su pelo rubio y su metro cincuenta de altura, pero Neil no lo subestimaba. Andrew era un estudiante de primer año, el portero de los Zorros y su apuesta más letal. La mayoría de los Zorros eran autodestructivos, mientras que a Andrew parecían apasionarle los daños colaterales. Había pasado tres años en un correccional de menores y evitado un segundo internamiento por los pelos.
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