—Si se te ocurre repetir lo del año pasado…
—Bee estará allí para recoger los trocitos —interrumpió Andrew, haciendo su reaparición en la puerta junto a Neil. Había hecho desaparecer el whisky en algún momento y mostró las manos vacías en un gesto apaciguador—. Lo hizo genial con Matt, ¿no? Neil será algo anecdótico para ella. La habéis invitado, ¿verdad?
—Sí, pero ha dicho que no. Pensó que podría resultar incómodo.
—Todo resulta incómodo con Andrew y Nicky de por medio —dijo el entrenador.
Andrew ni siquiera intentó defender su honor. En su lugar, se volvió hacia Neil.
—Bee es loquera. Solía trabajar en reformatorios, pero ahora trabaja aquí. Se encarga de los casos más serios del campus: vigilar suicidas, psicópatas en ciernes, esas cosas. Eso nos convierte en su responsabilidad. Ya la conocerás en agosto.
—¿Tengo que hacerlo? —preguntó Neil.
—Es obligatorio para todos los atletas una vez por semestre —confirmó Abby—. La primera vez es solo una reunión casual para que os conozcáis y sepas dónde está su despacho. La segunda sesión es en primavera. Por supuesto, eres libre de visitarla siempre que quieras y ella ya te comentará cómo pedir cita cuando vayas. Las sesiones de orientación están incluidas en la matrícula, así que aprovéchalas.
—Betsy es genial —dijo Nicky—. Te va a encantar.
Neil lo dudaba, pero lo dejó pasar por el momento.
—¿Comemos? —preguntó Abby, haciéndoles un gesto a Andrew y a Neil para que entraran en la sala.
Había perdido el apetito casi por completo, pero se sentó a la mesa tan lejos de Andrew y de Kevin como pudo. La conversación decayó a medida que los demás se sentaron y empezaron a servirse la comida, pero volvió a empezar cuando atacaron sus trozos de lasaña humeante. Hizo lo que pudo por quedarse al margen, más interesado en observar cómo interactuaban los demás.
De vez en cuando, la mesa se dividía cuando Kevin y Wymack se embarcaban en una conversación sobre los entrenamientos de primavera, fichajes y otras universidades, y Nicky regalaba los oídos de la otra mitad con cotilleos sobre películas y famosos que Neil no conocía. Andrew observaba tanto a Kevin como a Wymack, pero no tenía nada que aportar a la conversación. En lugar de eso, tarareaba para sí mismo y empujaba la comida de un lado a otro en el plato.
Eran pasadas las diez cuando Wymack decidió que era hora de irse y Neil se marchó con él. Montarse en el coche a solas con el entrenador fue una de las cosas más duras que tuvo que hacer en todo el día. Andrew estaba loco, pero Neil sentía una desconfianza arraigada hacia todo hombre lo bastante mayor como para ser su padre. Se pasó todo el camino congelado y en silencio en el asiento del copiloto. Puede que Wymack se percatara de su postura rígida, porque no dijo nada hasta estar de vuelta en el apartamento.
Cuando Wymack cerró la puerta tras ellos y echó la llave, preguntó:
—¿Van a suponer un problema?
Neil sacudió la cabeza y aumentó la distancia entre ellos con discreción.
—Me las arreglaré.
—No entienden de límites —dijo Wymack—. Si se pasan de la raya y no eres capaz de hacerlos retroceder, me lo dices. ¿Comprendes? No tengo un control sin fisuras sobre Andrew, pero Kevin nos debe la vida y puedo llegar hasta Andrew a través de él.
Neil asintió y cruzó el pasillo para sacar su bolsa del escritorio de Wymack. Llevaba todo el día bajo llave, pero la vació sobre el sofá de todas maneras para revisar el contenido. En el instante en que cerró la mano alrededor del archivador en el fondo de la bolsa, el corazón se le aceleró. Quería repasarlo para asegurarse de que estaba todo, pero Wymack estaba observando desde la puerta.
—¿Tienes pensado ponerte las mismas seis mudas durante todo el año? —preguntó Wymack.
—Ocho —dijo Neil—, y sí.
Wymack arqueó una ceja, pero no insistió.
—La lavandería está en el sótano. El detergente, en el armario del baño, debajo del lavabo. Usa lo que necesites y toma lo que quieras de la cocina. Me cabrearé más si te comportas como un gato callejero asustadizo que si te comes el último cuenco de cereales.
—Sí, entrenador.
—Tengo que repasar unos papeles. ¿Todo bien?
—Puede que salga a correr —dijo Neil.
Wymack asintió y se marchó. Neil dejó a un lado sus pantalones de correr y metió los pantalones y la camiseta de dormir bajo el sofá para después. Se cambió en el baño y rodeó a Wymack para volver a guardar la bolsa. Este ni siquiera levantó la mirada de los papeles que estaba ojeando, pero gruñó lo que podría interpretarse como un «adiós» cuando Neil salió otra vez. Echó la llave al salir, se guardó el llavero en el bolsillo y bajó las escaleras hasta la planta baja.
No sabía dónde estaba o adónde iba, pero no importaba. Si les daba una dirección, sus pies correrían hasta llevarlo más allá de sus pensamientos y él se lo permitiría encantado.
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