También era la única persona que había rechazado a los primeros de la liga, la Universidad Edgar Allan. Kevin y Riko en persona habían organizado una reunión para darle la bienvenida al equipo, pero Andrew se negó y en su lugar se unió al último equipo del campeonato: los Zorros. Nunca había dado explicaciones, aunque todo el mundo asumía que lo había hecho porque Wymack estaba dispuesto a fichar también a su familia. Aaron, el gemelo de Andrew, y Nicholas Hemmick, su primo, se unieron al equipo el mismo año. Fuera cual fuera la razón, era a Andrew a quien la gente culpaba por el reciente traslado de Kevin.
Kevin jugaba para los Cuervos de Edgar Allan hasta que se rompió la mano dominante en un accidente de esquí el diciembre anterior. Una lesión como esa le había costado su beca universitaria, pero debería haberse recuperado allí donde tenía el apoyo de sus antiguos compañeros de equipo. En su lugar, se mudó a Palmetto para convertirse en una especie de entrenador asistente de Wymack. Hacía tres semanas le habían fichado de forma oficial para jugar en el equipo al año siguiente.
Lo único que un equipo lamentable como los Zorros podía ofrecerle a Kevin era el mismo portero que le había rechazado. Neil se había pasado la primavera averiguando todo lo que podía sobre Andrew, intentando entender al hombre que había captado la atención de Kevin. Encontrarse cara a cara con él era tan desconcertante como doloroso.
Andrew sonrió a Neil desde arriba y se llevó dos dedos a la sien en una especie de saludo militar.
—Más suerte la próxima vez.
—Que te den —dijo Neil—. ¿A quién le has robado la raqueta?
—La he tomado prestada. —Andrew se la tiró—. Aquí tienes.
—Neil —dijo Hernández, agarrándole el brazo para ayudarle a levantarse—. Dios santo, ¿estás bien?
—Los modales de Andrew están un poco oxidados —se disculpó Wymack.
Rodeó a Neil para colocarse entre él y Andrew. Este comprendió aquella advertencia silenciosa. Alzó las manos, encogiéndose de hombros exageradamente, y se apartó. Wymack le observó alejarse un poco antes de inspeccionar a Neil.
—¿Te ha roto algo?
Neil se tocó las costillas con cuidado e inspiró, sintiendo cómo los músculos protestaban. Se había roto suficientes huesos en la vida como para saber que aquella vez había tenido suerte.
—Estoy bien. Entrenador, me voy. Deje que me marche.
—No hemos terminado —dijo Wymack.
—Entrenador Wymack… —empezó a decir Hernández.
—Denos un minuto —le interrumpió este.
La mirada de Hernández volvió a Neil antes de soltarlo.
—Estaré ahí fuera.
Neil oyó cómo sus pasos se alejaban. La puerta se desencajó de una patada con un ruido metálico y se cerró en medio de un crujido agonizante. Esperó al clic que indicaba que estaba cerrada del todo antes de hablar.
—Ya le he dado una respuesta. No jugaré para usted.
—Todavía no has escuchado la oferta completa —dijo Wymack—. Ya que he pagado tres billetes de avión para venir hasta aquí, lo mínimo que puedes hacer es dedicarme cinco minutos, ¿no te parece?
La sangre se drenó de su rostro tan rápido que el mundo pareció ladearse. Se tambaleó ligeramente hacia atrás, retrocediendo en busca de aire y de su equilibrio. La bolsa de deporte le rebotó en la cadera y apretó una mano alrededor del asa. Necesitaba algo a lo que aferrarse.
—No le habrá traído.
—¿Hay algún problema con eso? —Wymack le observó con detenimiento.
No podía contarle la verdad.
—No soy lo bastante bueno para jugar en la misma cancha que un campeón —dijo en su lugar.
—Eso es cierto, pero irrelevante —dijo una voz nueva, y a Neil se le cortó la respiración.
Sabía que no debía girarse, pero ya se estaba dando la vuelta.
Aunque debería haberlo imaginado cuando vio a Andrew, no había querido creerlo. Un portero no tenía ningún motivo para conocer a un posible delantero. Andrew solamente estaba allí porque Kevin Day no iba a ninguna parte solo.
Kevin estaba sentado sobre el mueble junto a la pared del fondo. Había apartado la televisión hacia un lado para tener más espacio y estaba rodeado de papeles. Había visto todo el espectáculo y, por la expresión fría de su rostro, no le impresionaba la reacción de Neil.
Hacía años que no estaba en la misma habitación que Kevin, años desde que habían visto al padre de Neil cortar a un hombre en pedazos sanguinolentos entre alaridos de dolor. Neil conocía el rostro de Kevin tan bien como el suyo propio como consecuencia de haberle visto crecer bajo la atención mediática, a miles de kilómetros de distancia. Estaba totalmente cambiado. Estaba completamente igual. Desde el pelo oscuro a los ojos verdes y el número dos tatuado en el pómulo izquierdo. Neil sintió náuseas al ver el número.
Kevin ya había tenido aquel «dos» años atrás, pero había sido demasiado joven como para tatuárselo de manera permanente. En su lugar, su hermano adoptivo, Riko Moriyama, y él se dibujaban los números uno y dos en la cara con rotulador, y los repasaban cada vez que empezaban a borrarse. En aquel momento Neil no lo había comprendido, pero Kevin y Riko estaban apuntando alto. Le juraron que iban a ser famosos.
Tenían razón. Estaban en equipos profesionales y jugaban para los Cuervos. El año pasado los habían seleccionado para el equipo nacional, la Cancha de EE. UU. Ellos eran campeones y Neil no era más que un enredo de mentiras y callejones sin salida.
Sabía que era imposible que Kevin le reconociera. Había pasado demasiado tiempo; habían crecido con un mundo entero de por medio. Además, Neil había cambiado aún más su apariencia con un tinte de pelo oscuro y unas lentillas marrones. Pero ¿qué otra razón podía haber para que Kevin Day le estuviera buscando? Ninguna universidad de primera división se rebajaría tanto, ni siquiera los Zorros. El expediente de Neil indicaba que solo había empezado a jugar al exy hacía un año. Durante el curso había tomado la precaución de actuar como si no tuviera ni idea de nada, yendo de un lado a otro cargado de manuales y libros para principiantes durante todo el otoño. Al principio le había resultado fácil fingir, ya que hacía ocho años que no tomaba una raqueta. El hecho de que ahora jugara en una posición diferente a la que había tenido en las ligas infantiles era útil, ya que se vio obligado a aprender a jugar desde una perspectiva totalmente nueva. Su curva de aprendizaje era envidiable e inexorable, pero había hecho todo lo posible por no destacar.
¿Se le había escapado algo? ¿Fue demasiado obvio que tenía experiencia previa que no había mencionado? ¿Cómo había podido llamar la atención de Kevin a pesar de sus intentos por permanecer escondido? Si había sido tan fácil para Kevin, ¿qué clase de señal luminosa estaba mandando a los secuaces de su padre?
—¿Qué haces aquí? —preguntó entre labios entumecidos.
—¿Por qué te marchas? —preguntó Kevin.
—Yo he preguntado primero.
—El entrenador ya te ha contestado a esa pregunta —respondió Kevin con un ligero tono de impaciencia—. Estamos esperando a que firmes el contrato. Deja ya de hacernos perder el tiempo.
—No —dijo Neil—. Hay miles de delanteros que matarían por jugar contigo. ¿Por qué no vas a darles la lata a ellos?
—Hemos visto sus expedientes —intervino Wymack—. Te hemos elegido a ti.
—No jugaré con Kevin.
—Lo harás —dijo este.
—Igual no te ha entrado todavía en la cabeza, pero no nos vamos a marchar hasta que digas que sí. —Wymack se encogió de hombros—. Kevin dice que tenemos que ficharte y tiene razón.
—Deberíamos haber tirado la carta de tu entrenador en cuanto la abrimos —dijo Kevin—. Tu expediente es lamentable y no quiero tener a alguien tan inexperto como tú en nuestra cancha. Va en contra de todo lo que estamos intentando hacer con los Zorros este año. Por suerte para ti, tu entrenador fue lo bastante listo como para no enviarnos tus estadísticas. En su lugar, nos envió una cinta para que pudiéramos verte jugar. Lo haces como si te lo jugaras todo sobre la cancha.
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