Neil estuvo a punto de decir que todavía no había accedido a nada, pero las palabras se le quedaron en la garganta conforme se dio cuenta de que sí iba a aceptar.
—Quédate el contrato esta noche —ofreció Wymack y volvió a empujar la carpeta hacia Neil. Esta vez la aceptó—. Tu entrenador puede mandarme la copia firmada el lunes. Bienvenido al equipo.
Un «gracias» parecía lo más apropiado, pero Neil no fue capaz de decirlo. Mantuvo la mirada fija en el suelo. Wymack no aguardó una respuesta durante mucho tiempo antes de ir a buscar a Hernández.
La puerta trasera se cerró tras él con un portazo, y Neil se desmoronó. Corrió hacia el baño y llegó justo a tiempo para vomitar bilis en el retrete.
Podía imaginarse la ira de su madre si supiera lo que estaba haciendo. Recordaba perfectamente los tirones de pelo. Todos esos años haciendo lo posible por no detenerse y permanecer ocultos, y él iba a destrozar lo que habían conseguido con tanto esfuerzo. Sabía que nunca se lo perdonaría y ese pensamiento no alivió la sensación que se apoderaba de su estómago.
—Lo siento —jadeó mientras tosía—. Lo siento. Lo siento.
Caminó hasta el lavabo, trastabillando, para aclararse la boca y se quedó observando su reflejo en el espejo que había colgado encima. Con el pelo negro y los ojos marrones, su aspecto era corriente y ordinario: nadie repararía en él en una multitud, nadie le recordaría. Eso era lo que quería, pero se preguntaba si su fachada iba a aguantar ante las cámaras de los periodistas. Torció el gesto ante su imagen y se acercó al espejo, tirándose de algunos mechones de pelo para comprobar el color de la raíz. Estaba lo bastante oscura como para permitirle relajarse y volver a echarse hacia atrás.
—La universidad —susurró. Sonaba a sueño; sabía a perdición.
Abrió la bolsa de deporte lo suficiente como para meter los papeles de Wymack. Cuando regresó al vestuario, los dos entrenadores lo estaban esperando. Neil no dijo nada, pero pasó por su lado de camino a la salida.
Andrew abrió la puerta trasera del todoterreno de Wymack cuando Neil pasó junto a él y le dedicó una sonrisa satisfecha y burlona.
—¿Demasiado bueno para jugar con nosotros y demasiado bueno para ir en coche con nosotros?
Neil le dedicó una mirada fría y aceleró el paso hasta ponerse a trotar. Para cuando llegó al límite del aparcamiento, estaba corriendo. Dejó atrás el estadio y a los Zorros y las promesas que eran demasiado buenas para ser ciertas, pero el contrato aún sin firmar le pesaba en la bolsa como un ancla alrededor del cuello.
CAPÍTULO DOS

Hacía tiempo que Neil había perdido la cuenta de los aeropuertos en los que había estado. Fuera cual fuera el número, seguramente desorbitado, nunca había llegado a sentirse cómodo en ellos. Había demasiada gente de la que estar pendiente y volar con pasaportes falsos siempre suponía un riesgo. Tras la muerte de su madre, había heredado los contactos de esta. Sabía que el producto era de calidad, pero el corazón se le aceleraba cada vez que alguien le pedía ver sus papeles.
Nunca había pasado por el Sky Harbor o el Upstate Regional, pero la actividad frenética le resultaba familiar. Se quedó junto a la puerta de embarque en Upstate durante casi un minuto después de que todos los demás pasajeros de su vuelo hubieran salido corriendo hacia la zona de llegadas o hacia sus conexiones. La multitud a su alrededor parecía estar compuesta de los viajeros habituales: turistas, hombres de negocios y estudiantes de vuelta a casa tras terminar el semestre. No esperaba reconocer a nadie, ya que nunca antes había estado en Carolina del Sur, pero nunca estaba de más asegurarse.
Al fin, siguió las indicaciones de los carteles a lo largo de un pasillo y subiendo unas escaleras hasta la zona de llegadas. Al ser viernes por la tarde había una aglomeración razonable en el vestíbulo, pero, aun así, localizar al chófer que el entrenador Wymack le había prometido fue más fácil de lo que esperaba.
Fue el peso de la mirada fija de su compañero de equipo lo que le permitió encontrarlo casi de inmediato. Era uno de los gemelos. A juzgar por la serenidad de su rostro, Neil apostaría a que no se trataba de Andrew. A Aaron Minyard se le conocía habitualmente como «el normal» de los dos, aunque a aquella afirmación a menudo le seguía un debate sobre si era posible que estuviera cuerdo teniendo en cuenta que compartía genes con Andrew.
Neil atravesó la sala hasta él. En la alineación de los Dingos de Millport, Neil había sido el jugador más bajo, pero a Aaron le sacaba casi ocho centímetros. Tampoco lo ayudaba a parecer más alto que vistiera todo de negro y Neil se preguntó cómo podía soportar llevar manga larga en mayo. Le daba calor con solo verlo.
—Neil —dijo Aaron a modo de saludo y señaló con el dedo—. Equipaje.
—Esto es todo. —Tocó el asa de la bolsa que llevaba colgada al hombro. Era lo bastante pequeña como para ser equipaje de mano y lo bastante grande como para contener todas sus pertenencias.
Aaron lo aceptó sin decir nada y echó a andar. Neil lo siguió a través de las puertas de cristal hasta una húmeda tarde de verano. Había una pequeña multitud en el paso de peatones, aguardando el semáforo, pero Aaron se abrió paso entre ellos hasta la carretera. Los frenos de un taxi chirriaron cuando se detuvo en seco a apenas unos centímetros del cuerpo diminuto de Aaron. Este ni siquiera pareció reparar en ello, más interesado en encender un cigarro y ponérselo entre los labios. Hizo aún menos caso a los improperios del conductor. Neil le dedicó un gesto de disculpa al taxista y se apresuró a alcanzarlo.
Un elegante coche negro estaba estacionado en la sexta fila del aparcamiento de corta estancia. Neil no sabía mucho de coches, pero sabía reconocer el lujo cuando lo veía. Por un segundo, pensó que debía de haber un coche más pequeño escondido detrás de aquel, pero Aaron lo abrió con un botón de su llavero.
—La bolsa al maletero —dijo mientras abría la puerta del conductor. Se sentó de lado a fumarse el cigarro.
Neil, obediente, metió la bolsa en el maletero antes de colocarse en el asiento del copiloto. Aaron no se movió hasta haber consumido la mitad del cigarro. Tiró la colilla al asfalto a sus pies y cerró la puerta. El giro de la llave en el contacto encendió el murmullo del motor y le dedicó otra mirada de reojo a Neil. El espectro de una sonrisa le tiró de la comisura de la boca, pero era una expresión definitivamente hostil.
—Neil Josten —dijo, de nuevo, como si estuviera comprobando cómo sonaba—. Así que has venido a pasar el verano, ¿eh?
—Sí.
Aaron subió el aire acondicionado a tope y puso la marcha atrás.
—Pues ya somos cinco, pero dicen por ahí que tú te vas a quedar con el entrenador.
El entrenador Wymack le había advertido de que los primos (Andrew, Aaron y Nicholas) estarían allí, pero seguían sin salirle las cuentas. Neil sabía quién tenía que ser la quinta persona. No quería creerlo, a pesar de que debía haberlo imaginado. Kevin había estado pegado a Andrew desde su traslado. Aun así, tenía que asegurarse.
—¿Kevin se queda en el campus?
—Donde esté la cancha, allí está Kevin. No es capaz de existir sin ella —se burló Aaron.
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