Uriel Quesada - Vivir el cuento

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¿Cuántos mundos se pueden crear en más de dos décadas de carrera como cuentista? ¿Cuántos personajes? ¿Cuántas historias? Vivir el cuento no solamente procura contestar esas preguntas, sino que nos muestra a Uriel Quesada como artista y como persona de su tiempo. Dice el autor que una antología es a la vez una biografía. «Vivir el cuento» nos permite recorrer la evolución literaria, ética y vivencial de uno de nuestros grandes escritores.

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***

A Fernando tampoco le fue muy bien. Casi todos sus últimos días lo pasó encerrado en casa, pero muy pocos saben por qué. Dicen que cuando se levantó, luego de unas pocas horas de sueño ansioso y poblado de fantasmas, toda la ciudad cargaba del peso de saber –de un modo u otro, agregando, eliminando o inventando detalles– lo que había sucedido la otra noche, y lo esperaba mucha gente. Su madre había revolcado su cuarto en busca de tesoros y de poder, de varitas mágicas y genios, pero nada pudo hallar, y entonces la casa encerró mil reproches. Su madre estaba convencida que nada había logrado del ángel.

—Tu abuela siempre decía que, de todos los hijos, el menor es el más tonto –dijo sentenciosa.

Dicen que como Fernando no hablaba de su encuentro con el ángel, ni había resultados concretos y palpables, la gente supuso que había obtenido poderes curativos. Los enfermos, decepcionados por la hostilidad del ángel, se tiraron en el jardín y la acera de la casa de Fernando, en espera de curas milagrosas, de ojos que tuvieran nuevamente luz, de quemados a quienes volviera el rostro de antes de la tragedia… Y les costó mucho creerlo cuando el muchacho salió y, tropezando él con los cuerpos tirados y su voz con los lamentos, les dijo que no podía curar. Pasaron los días, y como Fernando se encerró en su casa, temeroso, las especulaciones no terminaron. Pronto llegó a decir la gente que el ángel no era realmente un ser celestial, y que Fernando había tratado con el diablo todas almas de la ciudad. Dijeron que Fernando leía el futuro; que no. Que hablaba con los muertos; que no. Que guardaba el misterio de la pasión y del fin del mundo, que le había pedido al ángel que la desgracia cayera sobre la ciudad. Así y así hasta que, cansados de tanto especular sin éxito, se corrió la voz de que nada había obtenido el idiota de Fernando del ángel o que el ángel estaba tan viejo y decrépito que no se le podía sacar ningún provecho. Y lentamente empezaron a odiarlos, luego los ignoraron –aunque el odio no se fue por completo porque una herida en tanta gente cuesta mucho que cure–.

Lo cierto es que Fernando estaba algo deprimido por su suerte. Creyó haber pedido algo bueno, algo que de un modo u otro ayudara a todos, y ahora se sentía amargado y herido por el inevitable fracaso. Miraba a su madre, a su padre y al resto de la gente, y le parecían desnudos en su sinceridad. Sabía lo que se ocultaba detrás de las palabras, las miradas y los gestos. Cuando la gente lo dejó de acosar y pudo de nuevo salir a la calle, supo que su novia dudaba de él en lo más profundo de su ser, supo que nadie es completamente bueno ni malo, que nadie carece completamente de culpa ni nadie es solo perversidad. Y supo que había traicionado la esperanza del panadero pobre y del albañil enfermo, que muchos de sus conocidos se mofaban a sus espaldas, y encontró tanta infelicidad y odio en la gente que, desorientado, decidió regresar en busca del ángel.

Es falso lo que dicen de que alcanzó fama como lector de pensamientos, y que los contratos con los centros nocturnos y la televisión lo pudrieron tanto moralmente que al final perdió la memoria por completo, o el cuento aún más increíble de que la capacidad de leer la mente hace envejecer a la persona en días. ¡Jamás! Dice la leyenda, la verdadera leyenda, que el muchacho encontró tan viejo al ángel, que ya se marcaban claramente en su rostro la línea del dolor y el pliegue de la desesperanza, y no supo cómo explicar lo que ya sabía el ser celestial. El ángel no esperó a que Fernando hablara, se sentía tan agotado que deseaba estar solo y descansar.

—¿Qué decidiste, hijo? Si querés puedo hacer que perdás tus poderes como segundo deseo, y que la gente olvide como tercero.

Fernando estaba tan confuso que bajaba la cabeza intentando no llorar.

—Tu destino está escrito con lápiz. Podés borrarlo en cualquier momento.

Con un gesto largo de cansancio, el ángel miró al muchacho. Luego intentó sonreír un poco, no mucho, pero lo intentó.

—De verdad que ustedes, los seres humanos, son lo más maravilloso de la creación. Incluso nosotros, a quienes nos han contado el futuro y casi sabemos lo que nos dirán, siempre contenemos el aliento en ese instante que separa nuestras preguntas de sus respuestas y decisiones. ¿Sabés una cosa?, pero esto es un secreto, ¿de acuerdo? El punto débil de los dioses es ese, que el ser humano, con lo pequeño e insignificante que parece, es impredecible, es una caja de sorpresas y basta una palabra o una actitud para alterar completamente cualquier rumbo previsto.

—Pero creo que debo seguir, ¿no? Me parece que, entre todos, fui el llamado a comprender –dijo Fernando–. No puedo continuar de esta manera: o entro más o me voy de una vez. Así que, ángel, preparate para mi segundo deseo.

El ángel asintió comprensivo. Fernando no tuvo que decir una sola palabra para comunicar el deseo.

—Vas a ser más grande que el resto de los seres humanos –objetó el ángel–. Querés llegar al límite del conocimiento, y eso es muy peligroso. Una vez allí no hay retorno, una vez llegado al límite solo hay un paso adelante.

—Decímelo.

El ángel se lo dijo, y Fernando pensó en el paso siguiente y en un posible paso intermedio. Cuando lo encontró, sostuvo un poco la respiración para suspirar con profundidad y pidió el último deseo.

***

Y dicen los viejos, quienes se sabe son y serán siempre más sabios, que las cosas empeoraron para Fernando y el ángel. El primero se confundía cada vez más. Leía en una persona una idea que se iba ramificando en mil explicaciones, que se llenaba de laberintos y escaleras, de pasado negro y rosa, de oscuridad, sombra, luz, viento, risas, madre, padre, abuelos, hermanos, amor u odio para desembocar en un solo gesto o palabra. Fernando empezó a padecer de jaqueca y a perder el equilibrio. ¿Tampoco podría llevar esta vez un proyecto hasta el final? El muchacho era incapaz de evitar que su enorme capacidad de percepción invadiera el misterio de cuanto le rodeaba y hasta en sueños entendía las miserias de toda su gente, y un poco a su pesar empezó a querer a los rostros agrios y a las viejas gruñonas, a los hipócritas y a los majaderos, a los que se equivocaban sin admitirlo, a los codiciosos, a los malos… Pero no sentía cansancio. Iba a enloquecer, pero no se agotaba. Caía en enigmas que lo llevaban a otros mayores, pero aún tenía fuerza. Flotaba en el mundo confuso de su casa, de la ciudad entera. Sus seres queridos eran solamente entes desnudos desbordándose en historias y en justificaciones de sus actos. Y lo que a veces desesperaba a Fernando era que el tercer deseo parecía no llegar nunca. En su locura, pensó por un momento que el ángel lo había engañado y que el cansancio jamás llegaría. Su condena parecía ser para siempre: si ya sabía todo lo referente a su querida ciudad y comprendía por qué la gente cometía el error de dividir el mundo en culpables e inocentes, en buenos y malos, en limpio y sucio, en puro y corrupto… si a pesar de eso sentía un poco más de amor por los que le dieron la espalda cuando lo del ángel, ¿por qué no llegaba el cansancio?

Y dice la leyenda que Fernando había decidido no regresar donde el ángel hasta estar seguro de que había traicionado el pacto entre ellos. Sin embargo, tuvo que romper su promesa cuando uno de los pocos amigos que aún le quedaban le dijo que el ángel estaba tirado de bruces junto al río, que se había inclinado a tomar agua y no había podido levantarse de nuevo.

Fernando corrió al río y lo encontró inmóvil. Se apresuró a levantarlo, pero cuando sostuvo entre sus manos el rostro descarnado y moribundo del mensajero divino, se vio a sí mismo reflejado en sus ojos. Se dio cuenta, con sorpresa, de lo que le faltaba por conocer y alcanzar, y poco a poco fue llenándose de un dulce agotamiento. Soltó al ángel porque supo que se le hacía tarde, y con las pocas fuerzas que le restaban corrió a su casa. Su rostro se veía claro y limpio en cada ventana, en el reflejo del agua en las aceras, en trocitos de vidrio esparcidos por la calle, incluso en lo turbio de los caños. Su rostro aparecía por todas partes, y todos los enigmas ajenos cayeron bajo el peso del suyo propio, y su corazón fue llenándose de ternura y esperanza mientras el agotamiento lo empujaba más y más.

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