Uriel Quesada - Vivir el cuento

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¿Cuántos mundos se pueden crear en más de dos décadas de carrera como cuentista? ¿Cuántos personajes? ¿Cuántas historias? Vivir el cuento no solamente procura contestar esas preguntas, sino que nos muestra a Uriel Quesada como artista y como persona de su tiempo. Dice el autor que una antología es a la vez una biografía. «Vivir el cuento» nos permite recorrer la evolución literaria, ética y vivencial de uno de nuestros grandes escritores.

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Como una última ilusión, me encantaría ver el mar. Durante el sueño entró en mí ese anhelo, ese imposible, esa burla, porque cualquiera, menos yo, puede llegar al mar con solo dos horas de viaje. Es como un impulso por romper alguno de los muros de estos años. Le rogué a mamá que me llevara hasta que nos separamos llorando. Porque, ¿cómo llegaré al mar? ¿Quién estaría dispuesto a la aventura de llevar a un moribundo desde aquí hasta la costa? ¿De dónde sacarían ellos la plata para llevarme?

Llegó el mediodía sin que mamá dejara de sollozar. No arregló la casa ni preparó el almuerzo. Los tíos llegaron con papá y los primos. Al otro lado de la pared los oí discutir antes de que entraran los mayores a intentar convencerme, a decirme que pidiera otra cosa. No es solamente cuestión de dinero, dijo papá, no aguantarías un viaje tan pesado.

Insistí hasta creer que los conmovía. Se fueron en busca de un carro, y todos colaboraron con algo de dinero. Pero cuando vino el sopor de la una no se sentía la más remota posibilidad de viaje. Antes de dormirme, los primos pequeños se acercaron para preguntarme si en realidad quería ver el mar. Yo les respondí soñoliento que sí, que era lo más anhelado.

Estoy nuevamente despierto. Mamá ha entrado en el cuarto. Tiene el rostro pálido y una línea amoratada alrededor de los ojos. Tiembla.

He vivido lo suficiente para escuchar a mi madre decir un no rotundo: no hay automóvil, no hay plata, usted no puede viajar en tren, no habrá viaje hoy, pero tal vez mañana…

—¿Y si mañana es muy tarde?

Mamá se ha ido a llorar de nuevo a la sala, y la casa está silenciosa porque los tíos no quieren entristecerse con su llanto.

—¡Quiero ver el mar! –repito a voces–. ¡Quiero ver el mar!

Entonces entran los primos de nuevo. Uno se ha quedado en la puerta, vigilando. Otro ha abierto la ventana y junto con las niñas arrastra el camastro para que vea el cielo limpio, descubriéndome porque la brisa va entrando. Otros han tomado una sábana hasta tensarla, produciendo un sonido acompasado que conocemos todos los primos. He sentido en mi boca el gusto salado del agua mientras los niños imitan gaviotas o las sirenas de los barcos. La más pequeña de las primas se me ha acercado con una concha, que encierro en mis manos, y un caracol para poner junto a mi oído. En nombre de todos ha dicho:

—Te trajimos el mar. Ahora, si querés verlo, solamente hay que cerrar los ojos.

El atardecer de los niños

Hoy, muy temprano, se llevaron a Silvia para el hospital. Está enferma. Mamá creyó que hasta ese momento se sintió mal, pero yo sabía que desde mucho antes andaba molesta. Mamá no reconoce a la gente preocupada. Yo sí. Mamá, por ejemplo, acostumbra morderse los dedos hasta arrancar ese pellejito de los uñeros y comérselo. Papá se enoja por cualquier motivo y se queda inútil: no encuentra el periódico, ni su radio a la hora de las noticias, nada. A Raúl le da por caminar con las manos entre las bolsas del pantalón y se va por la finca pateando piedras.

Raúl es mi hermano y algo le preocupa. Yo no tengo más hermanos, pero Silvia, hija de otra Silvia, mi tía, vive con nosotros desde hace tiempo. Silvia, la tía, se fue para Estados Unidos y dejó a la prima a nuestro cuidado. Ella ya está grande. El año pasado cumplió quince años y vinieron sus amigas del colegio a celebrar porque nosotros tenemos un gran comedor, muy bueno para hacer fiestas. Sin embargo, se fueron por la finca más largo de donde está el maíz, en la parte de los pastos, y montaron a caballo y se metieron al río, aunque en la parte menos profunda y no se quitaron la ropa.

A Raú1 no le celebraron cuando cumplió quince años. Supe de su cumpleaños porque mamá lo mencionó, pero lo único especial fue que comimos arroz con pollo el domingo siguiente. Ni siquiera hubo queque. Raúl tiene ahora diecisiete años, y está preocupado. Me asomo a la puerta y lo veo poner ropa en un maletín, como si fuera de viaje. Eso me da miedo. No quiero que me deje solo aquí en la casa. Papá y mamá salieron. Los trabajadores no llegan en estos días porque papá no está. Anda lejos, donde mi abuela. El otro día lo llamaron porque abuela se puso muy grave. No quiso que fuera con él. Yo le dije y me respondió que no le parecía bien que perdiera clases.

Sin embargo, hoy no fui a la escuela.

No quiero decirle a Raú1 que tengo miedo, me llamaría maricón. Pero tal vez me atreva. Puedo ver que Raúl también tiene miedo.

Cuando Silvia se puso mal, Raúl casi no salía de su cuarto. No fue a verla. Antes eran sonrisillas en la mesa y mamá torcía los ojos y papá se quedaba con el tenedor suspendido en el aire, observándolos. Por eso empezaron a hacer cosas a escondidas. Yo me di cuenta: Raúl buscaba las manos de Silvia por debajo de la mesa. Cuando lo conseguía nuevamente eran risa y risa.

Una tarde papá se lo llevó al maizal. Cuando yo me acerqué se volvió y dijo brusco: andate a los establos. No me fui. Tenía curiosidad, quise oír. Sin embargo, casi no pude. Papá hablaba con grandes gestos y Raúl revolvía la tierra con un pie. Solamente alcancé a comprender una frase que papá repitió varias veces en voz alta: tomá precauciones, sos un hombrecito.

Me sentí celoso, Raúl empezó a caerme mal. Él era un hombrecito, ¿acaso yo no?

Pasé varios días con el resentimiento, pero no notaron mis cambios como yo noto los de ellos. Una noche, cuando papá se sentó con los libros de columnas a hacer números, se lo pregunté. Me miró un poco extrañado, pero rápido reaccionó revolviéndome el pelo con cariño:

—Claro que sos un hombrecito.

Yo subí a nuestro cuarto orgulloso de estar otra vez al nivel de mi padre y mi hermano. En el cuarto, sin camisa, Raúl se observaba cuidadosamente en el espejo del armario.

—Ya soy un hombre también –le dije.

Raúl se volvió burlón.

—A los hombres se nos endurece la voz y nos sale barba y pelo por aquí.

Me señaló una pelusa rizada que le asomaba por debajo del ombligo y los brazos y unos pelillos aislados que tenía sobre el pecho. Se sentía muy seguro de ser hombre. Me hizo avergonzar, me humilló.

Esa noche empezó a salir. Se iba a la ciudad y regresaba en el último autobús. Aún así debía andar bastante por el camino a oscuras. Pero Raúl no le teme a la oscuridad.

Pronto llegó más y más tarde. Tenía llave y trataba de entrar en silencio, pero a veces tropezaba en los muebles. Entonces papá se levantaba y durante los días siguientes lo castigaba exigiéndole mucho trabajo.

Por eso me pidió ayuda. Cuando olvidaba la llave, o no podía abrir la puerta por borracho, tiraba piedrillas como aviso y yo bajaba para ayudarlo a subir y desvestirse. A veces no podía ponerle la piyama y se dormía así, en calzoncillo o con la ropa de calle puesta. En esas ocasiones los papás adivinaban la cosa y otra vez lo castigaban. Parece que cuando uno se vuelve hombre tiene que aguantar muchísimos castigos.

Raúl no dejaba de mirar a mi prima. Después de otra conversación con papá, Raúl dejó un poco las llegadas a deshoras. Se quedaba en casa jugando naipe o Nibanco con Silvia y conmigo, o la llevaba a la ciudad, pero volvían temprano. A veces yo iba con ellos al cine. Raúl pasaba su brazo sobre el hombro de la prima, y se decían cosas al oído, como en las películas.

—Te voy a acusar –le dije–. Te enamoraste de Silvia.

Él se encogió de hombros y se marchó.

En una ocasión fuimos los tres al río. Vi cómo le daba un beso en la boca y la abrazaba muy fuerte. Silvia trató de separarlo, pero no la soltó.

Entonces yo le conté a papá.

Por la noche no nos dejaron jugar después de la comida. Papá me señaló la escalera y mamá me dio una nalgada cariñosa, apurándome. No cerré la puerta. Sin embargo, tenía miedo de escuchar. Fui hasta la cómoda, recordando las miradas de Raúl y encontré la llave de su gaveta encima del mueble. Lleno de curiosidad abrí y empecé a registrar entre sus camisas. El miedo era de ese que se siente como un hueco en el estómago, pero me arriesgué. Tembloroso, encontré una revista. Traía montones de fotos de mujeres enseñando las partes de arriba y las de abajo. El asombro me hizo olvidar la discusión del primer piso. Miraba largo rato cada foto, hasta que me detuve en una donde también había un hombre sin ropa. Estaba encima de la muchacha y se abrazaba a ella como Raúl hizo con Silvia en el río. El trasero del hombre casi no se veía porque la mujer lo tapaba con sus piernas.

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