Uriel Quesada - Vivir el cuento

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¿Cuántos mundos se pueden crear en más de dos décadas de carrera como cuentista? ¿Cuántos personajes? ¿Cuántas historias? Vivir el cuento no solamente procura contestar esas preguntas, sino que nos muestra a Uriel Quesada como artista y como persona de su tiempo. Dice el autor que una antología es a la vez una biografía. «Vivir el cuento» nos permite recorrer la evolución literaria, ética y vivencial de uno de nuestros grandes escritores.

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Les rezaba a muchos santos, pues nunca quiso aburrir a uno solo con todos los milagros que necesitaba. A San Antonio, por ejemplo, le pedía únicamente la oportunidad de vernos a todos casados; a Santa Elena Mártir, que le dijera al oído el número premiado de la lotería; y al Santo Job que le diera paciencia para soportar a Santa Elena y sus malos consejos con la lotería.

Vivía en una casa grande y cansada con mi abuelo el viajero, que andaba siempre visitando amistades, comiendo en las ferias, rezos y turnos, o cargando el santo principal en las procesiones. Como mucho tiempo pasaba sola, mi abuela tenía por amiga a una lora sin nombre y sin edad conocida. La lora se paseaba por una percha que mi abuelo puso en la cocina, llamándonos a todos. Alrededor de las tres decía: Fina, café. Mi abuela preparaba dos tazas y remojaba pedazos de pan español, unos para la lora, otros para ella.

A veces hacía recuerdos de épocas alegres, riéndose sola en aquella casa donde ya no corrían niños. Entonces, la lora soltaba tales carcajadas que abría sus patas y dejaba caer el pan al suelo, perdiendo su merienda. A la abuela le conmovía el escándalo de la lora porque el pájaro había aprendido la forma de reír de todos, y como respuesta a sus cuentos la abuela escuchaba las carcajadas del abuelo viajero, de padrino, de papá, los primos, mis hermanos y yo. Era como si todos nos sentáramos a recordar con ella el tiempo de antes y nos hiciera mucha gracia.

De cuando en cuando, con su bolsa de mecate y su mantilla bordada, se iba a los mercados, a las iglesias y las tiendas. Compraba estampas con oraciones, imágenes de santos, melcochas, alguna tela para sus vestidos largos de siempre, y todo tipo de hierba que pudiera curarle sus males. Era feliz así.

Un día se le olvidó quién era mi abuelo. Se le quedó mirando largo rato antes de preguntarle si se conocían de algún lado. A mi abuelo viajero le dio un susto tan grande que llamó a los tíos y a papá para pedirles consejo. A ellos más bien les pareció muy cómico, podría ser una broma de la abuela, y decidieron no preocuparse.

Yo fui a verla y la encontré tan alegre como siempre. De pronto, interrumpiendo su charla, me dijo: vaya a buscar mi pupitre y mi pizarra porque ya debo irme a la escuela.

Yo no entendí qué ocurría, pero a mis tíos les hizo gracia y me dijeron que los viejitos, a veces, viajan al pasado. Debés estar listo, ellos simplemente hacen la valija y se marchan sin avisar. Parecía cierto. A ratos abuela era la de siempre, enseñándole palabras a la lora, horneando pan o tratando de mantener limpia la casa fatigada. A ratos era una muchacha que iba hacia la costa en carreta, o la señora que recibía visita de sus viejos amigos, gente que yo no podía ver pero ella sí.

La abuela viajaba a su pasado. Cuando yo le pedí el secreto, llevame con vos, abuela, enseñame esos paisajes y esos caminos, y presentame a tus amigos invisibles, se sorprendió y, muy triste, no supo qué decir. Le pregunté a mis papás. Ellos respondieron: eso es secreto de viejos. Cuando yo lloraba queriendo irme con ella dentro de una historia, el abuelo viajero me daba un abrazo gentil, me explicaba que ella no podía llevarse a nadie, y lloraba unas lágrimas conmigo.

¡Seguro era un mundo tan bello! Una tarde entró en él y no quiso regresar de nuevo al nuestro. Ella seguía allí de carne y hueso, pero su pensamiento ya no estaba ni en la sala, ni en la cocina, ni frente al horno de asar bizcochos. Conversaba con los amigos invisibles, se iba a lugares que ya no existían, trabajaba con una máquina de coser imaginaria, escribía en su pizarra, o llamaba al cochero para ir a pasear en un domingo inacabable.

Mi abuelo el viajero dejó de andar de sitio en sitio para estar con ella. Le dio de comer, arregló su cama, tuvo siempre a mano un espejo, un cepillo y colorete para peinarla y poner algo de rubor en sus mejillas. Al tiempo regaló la lora, pues había olvidado las risas de todos. La casa cansada se volvió triste. La abuela se acomodó en su cama para no salir nunca más. ¡Había tanto que soñar!

Una tarde me dijeron: no la vas a ver de nuevo, no es conveniente. Quise una explicación y papá dijo: es mejor recordar a la gente cuando está sana y feliz. Tu abuela se siente muy mal, no es justo verla así.

Entonces pusieron en mis manos una foto suya. Estaba sentada entre los maceteros de geranio, con su vestido de ir al mercado y la misa. La mano izquierda apretaba un pliegue de su vestido. La derecha estaba extendida frente a la cámara como diciendo adiós. Parecía mirarme con sus ojillos sonrientes. Parecía estar en paz, con ese gesto hermoso de las personas para quienes soñar significa vivir para siempre.

Te hemos traído el mar

Hace diez años que no voy al mar. Tengo tantos deseo de verlo que esta mañana le rogué a mamá hasta hacerla llorar. Lo recuerdo muy bien, a pesar del tiempo y de lo pequeño que era cuando lo conocí. Casi puedo sentir su movimiento acompasado, el sonido como si estuviera masticando la arena, los botes a lo lejos sube y baja sobre las olas.

Tenía seis años en aquel entonces. Fue la primera vez que lo vi, y papá me prometió regresar los veranos siguientes. Nunca cumplió. Luego vinieron los dolores, el día de octubre cuando por primera vez no pude sostenerme en pie, estos aburridos años en cama ocupados en inventar y creer promesas que, como la de regresar a la playa, nunca serán realidad. Recuerdo una a una las más importantes: primero curarme, después la maestra para completar mis estudios, la silla de ruedas para salir a la calle, el sillón para que no estuviera siempre en la cama, los libros con dibujos grandes, el radio portátil. Pronto me ofrecerán un sacerdote para ponerme en paz con Dios y sé que no lo traerán. ¿Alguien con tanto tiempo alejado del mundo, preso sin culpa, sin oportunidad de escapar de un cuarto viejo, qué daño o mal puede causar a nadie?

Sin embargo, no debo ser malagradecido, algo me han dado sacrificándose en su pobreza para hacer soportable mi invalidez. Convencidos de la ineficiencia de la Seguridad Social, pagaron un par de consultas privadas a un especialista con la esperanza de que el diagnóstico estuviera equivocado. Oí cuando el doctor les dijo que lo único por hacer era esperar y pedir un milagro al Señor. Respiré más tranquilo, el doctor se despidió diciendo que no regresaría. Así no tuvieron que admitir que no tenían plata para continuar el tratamiento.

También me han comprado algunos caprichos inservibles para mí: unos anteojos oscuros, una bola de baloncesto, un par de latas de melocotones y un turrón importado de España. A cambio les recibí una Biblia, los dejé que me llevaran a los actos de Semana Santa y a hacer una promesa a la Virgen.

Los santos no nos han escuchado, ni Dios. Mi familia se ha empobrecido más de lo que estaba y todos se han privado de muchas cosas por alegrar mi lenta agonía.

Sofi y Lalo trabajan, Cuyo quiere abandonar la escuela para seguirlos. Papá toma mucho más ahora, y en algunas ocasiones lo he escuchado decir que es por mí. Mamá ya no necesita llorar tanto como antes. Sus ojos se han hundido y hasta sus sonrisas tienen una amarga impaciencia y resignación: tal vez fue lo único que Dios nos concedió.

Ya no leo la Biblia, ni siquiera la parte de Lázaro ni la del ciego ni la del endemoniado. Solo quiero morirme. Sé que voy a morirme, ellos no me lo han dicho, pero lo sé. Se siente en la casa, se ve en sus gestos, en su hablar bajito. Llevo tantos años sufriendo que ya me acostumbré al dolor, no necesito las pastillas ni los jarabes. Hace meses que no los tomo, tiro los remedios por las hendiduras del piso para que crean que sigo los tratamientos. No me engaño, lo que deseo es morirme. Sonrío, no me quejo, los complazco con mi entusiasmo piadoso, pero ya no me queda ninguna esperanza, solo estoy seguro de morir y lo deseo pronto, hoy, ahora mismo.

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