Uriel Quesada - Vivir el cuento
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De repente la luz apareció frente a mis ojos. Me di cuenta de la magnitud de mi falta. Había descubierto un secreto. Guardé la revista rápidamente y me acerqué a la puerta. Mamá les decía, muy brava, nunca más, ¿oyeron?, nunca más, si no hacen caso enviaremos a Silvia donde mi hermana.
Cuando los oí subir, rápido me quité la ropa y me acosté. Raúl tiró la puerta y abrió la cómoda buscando la piyama. Yo me volví hacia la pared para hacerme el dormido. Mi hermano hablaba bajito, como para él mismo. Apenas apagar la luz, me gritó:
—Sos un chismoso del carajo, un maricón.
Yo me senté en mi cama y lo vi tirarse en la suya y llorar.
Desde ese día se volvió imposible. A nadie hacía caso. Se iba los sábados a la ciudad y a veces volvía hasta el lunes. Mamá se preocupó, pero papá, cansado de la majadería, no le dio mucha bola.
—Vas a ver cuando terminen las vacaciones y entre a clase. Con el trabajo no va a tener ganas de irse por allí.
También seguía viendo a Silvia. Se topaban en el maizal, en los establos, se tocaban las rodillas por debajo de la mesa.
Yo los espié. Sin embargo, me guardaba la imagen de sus manos, de sus miradas, porque no quería seguir siendo un chismoso del carajo, un maricón. Hasta que un día en que mamá no estaba y papá tuvo que salir de emergencia porque la abuela se había caído y la tenían toda quebrada en el hospital, Raúl y Silvia se miraron con complicidad y me dejaron cuidando la casa. Se fueron, Raúl nervioso un poco adelante, Silvia como que se iba y regresaba.
Luego empezó a enfermar. Le decía cosas en secreto a mamá, pero ella la tranquilizaba: debe ser un pequeño sangrado, algo pasajero. Raúl se ponía más nervioso.
Y se la llevaron. Mamá llamó y dijo que no volvería esa noche. Yo contesté, pero ella quiso hablar con Raúl y le preguntó muchas cosas, casi a gritos: qué había hecho, si habían cometido alguna tontera con los curanderos de por ahí cerca, esperá, verás cuando llegue a casa. Raúl lloraba, aunque apretando los dientes y el gesto para que ella no se diera cuenta al otro lado de la línea. Lo oí prometer que sí, no cometería más estupideces, aguardaría tranquilo.
Pero no va a hacer caso. Yo quiero molestarlo porque tiene miedo de mamá, pero la cosa es muy seria: parece que me deja solo. Yo también temo.
Lo acompaño hasta la puerta. Me toma por los hombros.
—Tía vendrá dentro de un rato. Sos un hombre, podés quedarte solo, nada te va a pasar.
Me da la mano y se hunde en la noche. Sé que miente. Tía no vendrá, pero no importa. Al menos puedo probar que soy hombre. He visto cómo se forman y puedo llorar tranquilo, temer sin pena, porque el miedo también es un paso inevitable de este camino.
El ángel
Prueba la leyenda que es mentira que los sucesos insólitos ocurrieron solamente en épocas remotas, que las cosas extrañas e incomprensibles necesitan un paisaje campestre y gente sencilla que solamente acepte los hechos sin cuestionárselos. No, aún en nuestro tiempo se materializan los sueños y seres más grandes que nosotros esparcen sobre las ciudades sus rencores y bendiciones. Aún en nuestro mundo deambulan espíritus, acaso en peores condiciones que antes, porque las calles de asfalto y los pisos de terrazo ahogan sus intentos por hacerse oír, las paredes de concreto son muy frías y duras para resguardar sus penas, y ya casi nadie reza por las almas que no pueden abandonar la tierra.
Lo que cuenta la leyenda le pasó a alguien de este mundo, quien usaba pantalones de mezclilla y zapatos tenis y camisetas con rótulos, conocía algo de cultura y mucho de deporte, y masticaba alguna especulación sobre el sexo. Le pasó a alguien que, como en las viejas leyendas, deseó más de lo que al hombre le han permitido los dioses.
Creo que no tuvo nombre o nadie lo conoció a ciencia cierta. Para algunos se llamó Antonio o Guillermo; otros los llamaban con nombres un poco más extraños como Yosef o Maiquel; unos pocos argumentan que tenía de esos nombres tan comunes en los personajes, esos nombres que ya nadie cree, como Juan o José. Lo conozco como Fernando. Es un nombre muy común, vulgar y silvestre, pero se pierde en la historia de la humanidad igual que Arturo y otros, y me parece que es entre todos el que más se ajusta al actor de la leyenda. Además, cuando me contaron la leyenda por primera vez, ese fue el nombre que oí.
Dicen que la verdad es que Fernando no fue alguien perfecto, y algunos opinan que ni siquiera digno de lo que ocurrió: nunca fue un buen cristiano, faltaba mucho a misa, disfrutaba de pecados capitales como la gula y la lujuria. Aunque no a menudo y de forma continua, sí pecó, y parece que jamás se arrepintió de ello. Al contrario, siempre se mostró muy satisfecho de sus cosas.
Los más dicen que fue un juego del azar, que pasó por el lugar adecuado en el momento preciso; otros lo atribuyen a los caprichos de la divinidad o a alguno de esos errores que tienen los dioses. Pero no lo creo así. Para mí los dioses no se equivocan: Fernando fue elegido porque lo encontraron generoso y bueno dentro de sus humanas imperfecciones, y le dieron la oportunidad de morir noble y sabio.
Sucedió que Fernando tenía algo de lo que carecía y aún carece mucha gente: la capacidad de creer, de entender las cosas y perdonar. Creo que Fernando, con su obsesión por las putas y las borracheras, fue como un niño inocente que, con su modesta ignorancia y su sonrisa amplia, guardaba páginas blancas al saber. Si no fueran así las cosas, ¿de qué otro modo se explica lo que Fernando pidió? Porque no fue un instrumento de los dioses: todos sabemos que al ser humano le queda como mínimo cierta luz para elegir, un grado muy pequeño de libertad para decir sí o decir no.
La verdad es que Fernando venía de no sé dónde un día de madrugada. De dónde regresaba en ese momento es algo que a mí no me ha interesado mucho, aunque sí sé que era de un lugar al sur de la ciudad, no porque ahí estén los mejores burdeles sino porque los ríos que la rodean y abrazan vienen del este y la cercan hacia el sur, en los barrios pobres y prostituidos. Pues bien, Fernando andaba por allí, por una calle oscura y silenciosa a aquella hora y vio la luz sobre el río: era una luz azul, de un tono extraño que no tienen los fantasmas ni otros seres inmateriales. Los primeros que se dieron cuenta de la luz pensaron que se trataba de algún terrible espanto, o los más materialistas dijeron que era un cuerpo que se descomponía porque a los fantasmas los había enterrado el siglo XX. Pero ninguno se atrevió a acercarse, y solo fueron los testigos del inicio de Fernando. Él venía solo, algo extraño porque siempre lo acompañaban otros buenos muchachos. ¿Acaso así estaba previsto?
Lo importante es que Fernando supo que tenía que acercarse al río, y así lo hizo. Llegó a la orilla y deseó que la luz detuviera la corriente y elevara las aguas en una aparición milagrosa. Nada de esto pasó. Esperó buen rato, con tanta fe que decidió al fin ayudar y metió sus manos en el río para detener la corriente como en una represa y tirarla hacia la luz para que se transformara en algo, al fin y al cabo no importaba qué, pues el azul solamente cosas buenas puede traer. Pues Fernando lo intentó sin que nada absolutamente pasara y, es extraño, no dijo ninguna palabra soez de las que acostumbraba. Por el contrario: ni siquiera sintió desazón ni tristeza. Lo volvió a intentar hasta darse cuenta de que una luz muy blanca lo rodeaba. Entonces, lentamente, sonriendo mucho y conteniendo su corazón frenético por la alegría y la emoción, fue dándole vuelta a su cabeza hasta que, en el punto más brillante de la luz, vio al ángel sentado en una gran piedra, cruzado de piernas y apoyando en la rodilla más alta el brazo sobre el que descansaba su rostro aburrido e indiferente. Fernando lo miró con admiración, sin miedo; el ángel con pereza y una sombra de decepción. Sin esperar mucho le dijo a Fernando:
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