Uriel Quesada - Vivir el cuento

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¿Cuántos mundos se pueden crear en más de dos décadas de carrera como cuentista? ¿Cuántos personajes? ¿Cuántas historias? Vivir el cuento no solamente procura contestar esas preguntas, sino que nos muestra a Uriel Quesada como artista y como persona de su tiempo. Dice el autor que una antología es a la vez una biografía. «Vivir el cuento» nos permite recorrer la evolución literaria, ética y vivencial de uno de nuestros grandes escritores.

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—Desde hace rato estoy esperando que te volvás, güevón.

***

Los que aquella noche venían por la callejuela de las diversiones carnales se dieron cuenta de que Fernando hablaba con una aparición. Como ocurre siempre, hubo quien dijera que eso no era posible, y desterró al ángel de su memoria. Hubo también quien pensara que ese ángel era un exhibicionista, porque se puso para que todos los vieran. Hubo quien simplemente lo creyera un hombre (o una mujer) envuelto en luz. También lo ignoraron o dijeron: ¡Mirá, un ángel!, y se quedaron curioseando.

Sucede que cuenta la leyenda que el ángel se levantó de la roca, se acercó al río con pasos lentos y, volviéndose de pronto hacia el camino, les lanzó una piedra a los curiosos.

—Váyanse, miserables. Parece que en su vida han visto a un ángel –gritó indignado–. ¡Mierda!

Luego trató de sonreírle a Fernando, pero casi no pudo:

—Bueno, aquí estamos. ¿Podríamos terminar esto de una vez? Quiero irme a descansar.

Fernando, dice la leyenda, ahora sí miraba con abierta sorpresa, y su rostro iluminado parecía tan inocente que al ángel le chocó.

—¿Qué te pasa, Fernando? ¿Nunca has visto un ángel sin alas? Poné atención –con gran esfuerzo, el ángel levantó los brazos y dio una torpe vuelta sobre su pie izquierdo–. Ya sabía que te ibas a sorprender, pero te recomiendo que nunca mostrés lo de adentro, no te hagás vulnerable ante los demás. Te cuento algo: los ángeles también envejecemos, ¿sabés? Se nos marchitan las alas y nos ponemos negros y hediondos por dentro, pero generalmente no morimos, no porque seamos eternos, sino porque no tenemos dónde ir. ¿Vos sabés lo terrible que es morirse sin tener dónde ir? No, no lo sabés. Yo sí porque allá arriba soy lo que para ustedes es alguien mentalmente muerto: ya no se le toma en cuenta, ya no sirve de nada y lo que se discute es si se le quita o no la vida artificial –su rostro sobrehumano se llenó de algo parecido a la furia; luego se acercó a Fernando, que se había sentado en la piedra, y con su índice celestial de dio empujoncitos al muchacho–. Pero yo estoy más fregado que uno de esos humanos vegetales. ¿Por qué? Porque ustedes, malditos, decidieron no declararme muerto, sino inexistente. ¡Mierda! ¿Cómo es posible que una partida de seres humanos te arruine tu eternidad? ¿De qué valió todo lo que hice en la guerra entre el Cielo y el Infierno, si al final llegan los hombres a decir que el libro donde se describen los hechos, mis hechos, es falso, que nada de lo que ahí dice ocurrió?¿Sabés lo que se siente que te declaren nada? Y es que allá arriba todas las voces de los hombres se escuchan e influyen, y yo caí, dejé de existir también para ellos, y después de todo lo que luché me dejaron de lado y ahora debo agradecer cuando no me ignoran completamente o cuando se dignan a enviarme a algún recado insignificante. Allá nadie quiere hablar conmigo y me he hecho viejo cuidando beatas enloquecidas por la soledad… –suspiró profundamente– y hoy que me han elegido, que me envían con tres dones, encuentro que el lugar es frío y huele mal y está lleno de bichos y… ¡es un barrio podrido! Y resulta que quien viene por los dones es un chiquillo. ¡Dios mío!

El ángel tomó otra piedra y la arrojó con fuerza a la calle para advertir a los curiosos que no se acercaran.

Dicen que Fernando, durante muchas noches, había soñado con todo tipo de apariciones. Por eso, en cierta forma, ya estaba preparado para su encuentro con el ángel, aunque no esperó que este fuera un ser cansado y gruñón... Y unos días antes, andando por la ciudad, uno de sus amigos lo llevó a la casa de la mujer que lo sabe todo para que le leyera la mano. La intención era divertirse, pero la mujer se horrorizó y le dijo solemne que la fatalidad estaba escrita en su dedo medio, y que su extraña inocencia desentrañaría todos los seres ocultos y los secretos del mundo. Una luz bajaría del cielo a entregarlos, y hasta que su vida se extinguiera no comprendería por qué fue elegido de los dioses, porque está escrito que el hombre lo último que conoce es su propio ser, el último desconocido es él mismo.

Sin embargo, Fernando, que siempre creía pero además deseaba comprender, no pudo contenerse y llenó su boca y los oídos del ángel de porqués.

Entonces, cuentan que el ángel apoyó su mano blanca sobre la frente del muchacho y lo obligó a mirar sus facciones iluminadas.

—¿Podés ver mis ojos?

—Sí.

—¿Podés ver tu rostro en mis ojos?

—Un poco, pero no con claridad.

—Entonces no comprenderás todavía por qué he venido o por qué vas a recibir estos dones, pero como sé que pensás y evolucionás, poco a poco se irán formando en vos todas las respuestas, y cuando me mirés a los ojos y distingás claramente tu rostro en ellos, será tan grande tu saber que no tendré que explicarte nada, pues ya conocerás el porqué de todas las cosas.

Fernando bajó su cabeza con cierta angustia, sabía, como todo el mundo, que los ángeles conocen parte del futuro porque siempre hay un dios que se los cuenta. También entendía que el ángel no contaba con poderes mágicos ni era capaz de alterar el rumbo que él mismo decidiría. Como bien se sabe, los ángeles son solamente mensajeros y, en algunos casos, protectores, aunque ya estén algo viejos y cansados. Por eso, lo que en ese momento dijera pesaría sobre él durante el resto de su vida, alteraría las líneas de sus manos y podría echar por tierra el futuro forjado desde niño en la escuela y el colegio, en su trabajo y sus sueños.

—Pues bien, Fernando, pensá mucho antes de decidir, que sos el único que puede desafiar lo que los dioses han trazado. Aquí traigo los dones, solo hay que desearlos. Son los tres deseos de siempre, y si te parece prudente no los pidás todos esta noche, pero al menos uno debés reclamar de inmediato.

—¿Y si no pido nada?

—No vas a dejar pasar la oportunidad, güevón. Al menos eso lo sé.

Fernando sonrió. Cogió una piedra y la tiró a un grupo de perros que se acercaban a husmear o a aprovecharse del calor que emitía el ángel. Los perros huyeron. Fernando miró con ternura al ángel y pidió el primer deseo. Entonces el ángel asintió con una profunda tristeza, que se acentuó más y más en ese instante hasta convertirse en un estigma.

***

Pasaron los días, nunca nadie ha dicho cuántos con exactitud. Lo cierto es que el ángel se quedó sentado a la orilla del río en una actitud terca de ayuno. Solo se levantaba de vez en cuando a tomar sorbos de agua de la corriente y luego se volvía a sentar. Tomó agua del río todo el tiempo que estuvo en la Tierra, aun después de que Fernando le dijera que los chiquillos orinaban corriente arriba para reírse de él, y los adultos cagaban y arrojaban basura para obligarlo a irse. Pero esa mala actitud no duró para siempre, fue cosa solamente de la primera impresión, porque cuando la gente vio que el ángel se había quedado allí después de hablar con Fernando, decidió acercársele en busca de favores y milagros, le llevaron enfermos en camillas, en muletas o alzados en brazos. También le trajeron pagarés vencidos y fotografías de moribundos. Le preguntaron cómo eliminar las maldiciones de los muñecos enterrados o cómo hacer para que volviera el esposo o el novio infiel. Pero el ángel no dejaba a los fieles siquiera acercarse: los despedía con una lluvia de piedras e improperios. Así empezó el río a convertirse en escusado público.

Por un tiempo las personas respondieron a la hostilidad del ángel, hasta que se cansaron de verlo alumbrar la calle por las noches y hacer insoportable la luz del día junto al río. Decidieron mejor ignorarlo, solamente los rencorosos de siempre hicieron hasta lo imposible por echarlo: lo apedrearon, le lanzaron panales para que se rompieran a sus pies en un bullicio aterrador de abejas enfurecidas, incluso intentaron que la policía lo arrestara por vagancia. Pero el comandante decidió consultar el extraño caso con el párroco, quien a su vez mandó a su diácono especialista en magia y exorcismos a hablar con la aparición. Luego del regreso del diácono, sudoroso por el calor que despedía el ser celestial, deliberaron su respuesta al comandante. Este les dijo a los quejosos que no era posible hacer un arresto, porque ese ángel había sido expulsado de la Iglesia católica no por mala conducta, sino porque su existencia nunca pudo probarse. Y, ¿cómo se les ocurría que la justicia iba a arrestar a algo o alguien que no existía? El caso quedó cerrado. Los vecinos dejaron de ver en el ángel una novedad o una respuesta a sus sufrimientos. Así se hizo parte del paisaje, y todos lo olvidaron.

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