—¡Accionad las bombas! — gritó Blackthorne.
La lluvia lo azotaba y volvió a cerrar los ojos a causa del dolor. La luz de la bitácora y la de popa se habían apagado hacía rato. Entonces, otra ráfaga desvió a la nave de su curso. El marinero resbaló, y de nuevo la rueda del timón se escapó de sus manos. El hombre se derrumbó al darle una cabilla de la rueda en la cabeza y quedó tendido en el suelo a merced del mar. Blackthorne lo levantó y lo sostuvo hasta que hubo pasado la gélida oleada. Entonces vio que estaba muerto y lo dejó caer en la silla. La ola siguiente se lo llevó del alcázar.
El hueco entre los arrecifes estaba tres puntos a barlovento y por mucho que se esforzase Blackthorne no podía avanzar hacia allá. Buscó desesperadamente otro canal, pero sabía que no había ninguno. Por ello dejó un momento el barco a merced del viento para que adquiriese velocidad y entonces viró de nuevo bruscamente a barlovento. Con esto ganó un poco de distancia.
Después hubo una terrible sacudida al rozar la quilla las afiladas aristas de unas rocas sumergidas y todos los que estaban a bordo se imaginaron que el casco se abría y lo invadían las aguas. La nave avanzaba sin el menor control.
Blackthorne gritó pidiendo ayuda, pero nadie le oyó y se aferró a la rueda luchando él solo contra el mar.
En la angostura del paso, el mar se convirtió en un torbellino empujado por la tempestad y ceñido por las rocas. Enormes olas golpeaban los escollos, retrocedían y caían sobre el recién llegado, y después luchaban entre sí, atacando desde todas las direcciones de la brújula. El barco se sumió en la vorágine, de costado e indefenso.
— ¡Maldita tormenta! — rugió Blackthorne—. ¡Quita tus puercas garras de mi barco!
La rueda giró de nuevo y lo despidió y la cubierta giró vertiginosamente. El bauprés chocó con una roca y se desprendió, arrastrando una parte del aparejo y la nave se enderezó de nuevo. El palo de trinquete se dobló como un arco y se partió. Los hombres de cubierta se lanzaron sobre el cordaje para cortarlo con sus hachas mientras el barco se deslizaba por el furioso canal. Después cortaron el mástil y éste cayó de lado llevándose a uno de los hombres enredado en las cuerdas. El hombre gritó al sentirse atrapado, pero nada podían hacer por él. Únicamente pudieron ver cómo el mástil y él aparecían y desaparecían junto al barco hasta perderse de vista definitivamente.
El estrecho se ensanchó momentáneamente y el barco redujo su velocidad, pero más allá aquél se estrechaba de nuevo, amenazador, y las rocas parecían crecer y cernerse sobre ellos. La corriente rebotó sobre uno de los lados del estrecho arrastrando el barco, poniéndolo de nuevo de través y lanzándolo a su destino.
Blackthorne dejó de maldecir la tempestad, hizo girar la rueda a babor y la mantuvo con firmeza con los músculos agarrotados por el esfuerzo. Pero ni el barco ni el mar obedecían al timón.
— ¡Vira de una vez, ramera del infierno! — jadeó sintiendo agotarse rápidamente sus fuerzas—. ¡Socorro!
La carrera del mar se aceleró aún más y él sintió que iba a estallarle el corazón, pero siguió luchando contra la furia del mar. El barco estaba ahora en el cuello del estrecho, abandonado a sí mismo, pero precisamente en aquel momento la quilla rozó un banco fangoso. El golpe enderezó el rumbo de la nave. El gobernalle mordió el agua. Y entonces el viento y el mar juntaron su esfuerzo y empujaron la nave hacia delante, a través del paso y hacia su salvación. Hacia la bahía que estaba más allá.
Blackthorne se despertó de pronto. De momento, pensó que estaba soñando porque estaba en tierra y en una habitación inverosímil. Era pequeña y muy limpia, cubierta de suaves esterillas. Yacía sobre una gruesa colcha y estaba cubierto con otra. El techo era de cedro pulido y las paredes estaban formadas por unos marcos de cedro entre los que se extendía un papel opaco que tamizaba agradablemente la luz. A su lado, había una bandeja escarlata con unos tazones pequeños. Uno de ellos contenía verduras cocidas y frías, que él devoró sin advertir apenas su sabor picante. Otro contenía una sopa de pescado, que engulló también. Otro estaba lleno de unas espesas gachas de trigo o de cebada, que despachó rápidamente. El agua de una cantimplora de forma antigua estaba tibia y tenía un sabor extraño, ligeramente amargo, pero delicioso al paladar.
Entonces advirtió el crucifijo en su hornacina.
«Esta casa es española o portuguesa — se dijo, alarmado—. ¿Será esto el Japón? ¿Será Catay?»
Se deslizó un panel de la pared. Una mujer de edad mediana, robusta y de cara redonda, estaba arrodillada junto a la puerta. Le hizo una reverencia y sonrió. Su piel era dorada y sus ojos negros y sesgados, y llevaba los largos cabellos negros recogidos pulcramente sobre la cabeza. Vestía una túnica de seda gris y llevaba unos calcetines cortos y blancos, de planta gruesa, y un ancho cinturón purpúreo.
— Goshujinsama, gokibun wa ikaga desu ka? — dijo.
Esperó mientras él la miraba sin comprender. Después repitió la pregunta.
—¿Es esto el Japón? — preguntó él—. ¿Es el Japón o Catay?
Ella lo miró, también sin entenderlo, y dijo algo que él tampoco comprendió. Entonces se dio cuenta de que estaba desnudo. Su ropa no se veía en ningún sitio. Valiéndose de señas, indicó su deseo de vestirse y después señaló los tazones. Ella comprendió que aún estaba hambriento.
Sonrió, saludó y cerró la puerta.
El trató de recordar. «Recuerdo que eché el ancla. Con Vinck. Estábamos en una bahía, y el barco había chocado con un bajío y se había detenido. Había luces en la costa. Yo estaba de nuevo en mi camarote, y allí reinaba la oscuridad. Después, hubo también luces en la oscuridad, y voces extrañas. Yo hablé en inglés y después en portugués. Uno de los indígenas hablaba un poco el portugués. No recuerdo si le pregunté dónde estábamos. Entonces debieron traerme aquí.»
Se durmió otra vez y cuando se despertó había más comida en las tazas de loza y su ropa estaba a su lado en un limpio montón. La habían lavado y planchado y remendado con menudas y exquisitas puntadas.
Pero su cuchillo había desaparecido, y también sus llaves.
«Debo conseguir un cuchillo lo antes posible — pensó—. O una pistola.»
Miró el crucifijo. A pesar de sus temores, se sintió excitado. Toda su vida había oído contar leyendas a los pilotos y a los marineros sobre las increíbles riquezas del imperio secreto de Portugal en Oriente, donde el oro era tan barato como el hierro, y las esmeraldas, los rubíes, los diamantes y los zafiros tan abundantes como la arena de una playa.
«Tal vez es verdad — se dijo—. Pero cuanto antes esté armado y en el Erasmus, detrás de su cañón, tanto mejor.»
Comió, se vistió y se puso de pie, tambaleándose, sintiéndose fuera de su elemento, como siempre que estaba en tierra. No vio sus botas en ninguna parte. Se dirigió a la puerta, oscilando ligeramente, y alargó una mano para recobrar el equilibrio, pero los frágiles marcos de madera no pudieron aguantar su peso y se rompieron, rasgando el papel. Se irguió. La asombrada mujer del pasillo lo miraba fijamente.
— Lo siento — dijo, extrañamente incomodado por su torpeza—. ¿Dónde están mis botas?
La mujer lo miraba, inexpresiva. Armándose de paciencia, él repitió su pregunta con señas y la mujer corrió por el pasillo, se arrodilló, abrió otra puerta y lo llamó con un ademán. El cruzó la puerta y se encontró en otra habitación, también casi desnuda. Esta daba a una galería, en la que unas escaleras conducían a un pequeño jardín rodeado de un alto muro. Junto a esta entrada principal, había dos ancianas, tres niños vestidos con túnicas escarlata y un viejo, sin duda un jardinero, con un rastrillo en la mano. Todos se inclinaron gravemente y mantuvieron bajas las cabezas.
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