Джеймс Клавелл - Shogun

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Shogun is one of those rare books that you wish would go on forever. Indeed, I know people who re-read it every year. The story follows the adventures of marooned English sailor John Blackthorne in late medieval Japan during the tumultuous years when Tokugawa Ieyasu (here called Toranaga) was uniting all of Japan under his rule by any means necessary. It's truly an epic tale of war, honor, trechery, masterful manipulations, tragic heroism, and star-crossed love.

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Los ingleses, los holandeses y los franceses tenían libros de ruta de sus propias aguas, pero las aguas del resto del mundo sólo habían sido surcadas por marinos de Portugal y de España y estos dos países consideraban secretos todos los libros de ruta.

Pero la bondad de estos libros dependía del capitán que los había escrito, del escribiente que los había copiado, del raro impresor que los había impreso o del erudito que los había traducido. Por consiguiente, podían contener errores. Incluso errores deliberados. Un capitán nunca podía estar seguro de ellos hasta haber estado allí él mismo. Al menos una vez.

En el mar, el capitán era el jefe, el único guía, el arbitro inapelable del barco y de su tripulación. Sólo él mandaba en el alcázar.

«Un vino embriagador — se dijo Blackthorne—. Una vez catado, ya no se olvida nunca, se busca siempre, es una necesidad. Es una de las cosas que le mantiene a uno con vida mientras los demás mueren.»

Se levantó y orinó en el imbornal. Al cabo de un rato se agotó la arena del reloj de la bitácora y Blackthorne se volvió y tocó la campana.

—¿Podrás permanecer despierto, Hendrik? — Sí, sí. Creo que sí.

— Enviaré a alguien que releve al vigía de proa. Cuida que esté de cara al viento y no a sotavento. Así se mantendrá despierto y alerta.

Bajó la escalera que conducía a la cámara. Esta ocupaba toda la anchura del barco y tenía literas y hamacas para ciento veinte hombres. Ninguno de los veinte y pico que estaban allí se movió de su litera.

— Arriba, Maetsukker — dijo, en holandés, lengua que hablaba perfectamente, además del portugués, el español y el latín.

— Me estoy muriendo — dijo el hombrecillo de duras facciones acurrucándose más en la litera—. Estoy enfermo. El escorbuto se ha llevado todos mis dientes. Si Dios no nos ayuda, pereceremos todos. A no ser por vos, estaríamos todos en casa, sanos y salvos. Yo soy un mercader, no un marinero. No formo parte de la tripulación. Elegid a otro. A Johann, por ejemplo…

Blackthorne lo arrancó de la litera y lo lanzó contra la puerta. El hombre gritó, escupió sangre y se quedó como atontado. Un puntapié brutal en el costado lo sacó de su estupor.

— Sube y no te muevas de allí hasta que te mueras o hasta que toquemos tierra.

El hombre abrió la puerta y huyó aterrorizado.

Blackthorne se volvió hacia los otros, y todos lo miraron fijamente.

—¿Cómo te encuentras, Johann? — Bastante bien, capitán. Tal vez no moriré.

Johann Vinck tenía cuarenta y tres años, era el jefe de los artilleros y el más viejo de a bordo. Era calvo y desdentado y tenía el color y casi la fortaleza de un viejo roble. Hacía seis años que navegaba con Blackthorne en la desdichada busca del Paso del Nordeste, y los dos se conocían bien.

— A tu edad, la mayoría de los hombres están muertos. Todo esto nos llevas de ventaja. (Blackthorne tenía treinta y seis años.) Vinck sonrió sin ganas.

— Es el coñac, capitán, y la santa vida que he llevado. Nadie rió. Entonces, alguien señaló una litera.

Capitán, el bosun ha muerto.

¡ Llevad arriba el cadáver! Lavadlo y cerradle los ojos. Tú, y tú, y tú. Esta vez, los hombres saltaron en seguida de sus literas y entre todos sacaron medio a rastras de la cámara el cadáver.

— Toma el relevo de la aurora, Vinck. Tú, Ginsel, serás el vigia de proa.

— Sí, señor.

Blackthorne volvió a cubierta.

Vio que Hendrik seguía despierto y que el barco estaba en orden. El vigía relevado, Salamon, pasó por su lado tambaleándose, más muerto que vivo, con los ojos hinchados y enrojecidos por el viento. Blackthorne se dirigió a la otra puerta y bajó la escalera que conducía al gran camarote de popa donde estaba el capitán general. Su propio camarote estaba a estribor y el de babor era generalmente ocupado por los tres pilotos. Ahora lo compartían Baccus van Nekk, jefe de los mercaderes, el tercer piloto Hendrik y el grumete Croocq. Todos estaban muy enfermos.

Entró en el camarote grande. El capitán general, Paulus Spillbergen, yacía medio inconsciente en su litera. Era bajito, colorado, normalmente muy gordo y ahora muy flaco. Blackthorne sacó un frasco de agua de un cajón secreto y le ayudó a beber un poco.

— Gracias — dijo débilmente Spillbergen—. ¿Dónde está la tierra…? ¿Dónde está la tierra…?

— Delante de nosotros — respondió Blackthorne, y salió.

Hacía casi exactamente un año que habían llegado a Tierra del Fuego y los vientos eran favorables para intentar el paso por el desconocido estrecho de Magallanes. Pero el capitán general había ordenado que desembarcasen para buscar oro y tesoros.

¡Por Cristo Jesús, mirad la tierra, capitán general! No puede haber tesoros en ese erial.

La leyenda dice que es rico en oro y podremos reclamar el terreno para la gloriosa Holanda.

Los españoles estuvieron aquí en gran número durante cincuenta años.

— Tal vez. Pero quizá no llegaron tanto al Sur.

— Precisamente tanto al Sur se invierten las estaciones. En mayo, junio, julio y agosto es aquí pleno invierno. El libro de ruta dice que hay que calcular bien el tiempo para cruzar los estrechos… Los vientos cambian en unas semanas y tal vez tendríamos que quedarnos aquí todos los meses de invierno.

—¿Cuántas semanas, capitán?

— El libro dice ocho. Pero las estaciones varían…

— Entonces, exploraremos durante un par de semanas. Esto nos dejará tiempo sobrado y si fuese necesario podríamos volver hacia el Norte y saquear unas cuantas poblaciones más, ¿eh, caballeros?

— Tenemos que seguir adelante, capitán general. Los españoles tienen pocos barcos de guerra en el Pacífico. Aquí los hay en abundancia y nos están buscando. Tenemos que seguir.

Pero el capitán general se había salido con la suya al poner el asunto a votación entre los militares, no los marinos.

Los vientos habían cambiado pronto aquel año, y ellos habían tenido que invernar allí, pues el capitán general había tenido miedo de zarpar hacia el Norte a causa de los buques españoles. Pasaron cuatro meses antes de que pudiesen levar anclas. Entretanto, ciento cincuenta y seis hombres habían muerto de hambre y de disentería y de frío. Las terribles tormentas del Estrecho habían desperdigado la flota, y sólo el Erasmus llegó a Chile en el tiempo previsto. Allí habían esperado a los otros durante un mes, hasta que, acosados por los españoles, habían zarpado hacia lo desconocido. El libro de ruta secreto terminaba en Chile.

Blackthorne recorrió el pasillo, entró en su camarote y cerró la puerta por dentro. Abrió un cajón y desenvolvió la última manzana que guardaba cuidadosamente desde la isla de Santa María, frente a las costas de Chile. Cortó una cuarta parte. Había unos cuantos gusanos en su interior. Se los comió también, pues según una antigua leyenda los gusanos de las manzanas eran tan eficaces como éstas contra el escorbuto y frotando con ellos las encías evitaban que se cayeran los dientes. Después bebió un poco de agua de un pellejo. Tenía un sabor salobre.

Una rata se deslizó en la sombra proyectada por la lámpara de aceite que pendía del techo. Corrían cucarachas por el suelo.

— Estoy cansado. Muy cansado.

—¡Échate a dormir una hora! — dijo su mitad maligna—. Aunque sólo sean diez minutos… Sólo has dormido unas horas en muchos días, y la mayor parte, en cubierta.

— No, dormiré mañana — dijo en voz alta.

Y abriendo el arca, sacó su libro de ruta, cogió una pluma limpia y empezó a escribir:

21 de abril de 1600. Las cinco. 133 días desde la isla de Santa María, Chile, a. 32° de latitud Norte. El mar sigue encrespado y con viento fuerte y el barco sin novedad. El mar es de un color gris verdoso opaco y sin fondo. Seguimos navegando a favor del viento en un curso de 270 grados, virando al nornoroeste, a buena velocidad, unas dos leguas, de tres millas cada una. Avistamos unos grandes escollos en forma de triángulo, en dirección nordeste y a una distancia de media legua.

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