Tres hombres murieron esta noche de escorbuto: el marinero Joris, el artillero Reiss y el segundo piloto Haan. Después de encomendar sus almas a Dios, y como el capitán general sigue enfermo, los arrojé al mar sin sudario, pues no había nadie para confeccionarlos. Hoy ha muerto el bosun Rijckloff.
Hoy no he podido tomar la declinación del sol al mediodía, debido a las nubes, pero calculo que seguimos nuestro rumbo y que pronto llegaremos al Japón…
— Pero, ¿cuándo? — preguntó mirando la linterna que pendía sobre su cabeza y oscilaba con el vaivén del barco—. ¿Cómo hacer una carta? Debe de haber una manera. ¿Cómo establecer la longitud? Debe de haber una manera. ¿Cómo conservar frescas las verduras? ¿Qué es el escorbuto…?
— Dicen que es un flujo que viene del mar, muchacho — le había dicho Alban Caradoc, que era un hombre panzudo, de gran corazón y barba enmarañada.
— Pero, ¿no se pueden hervir las verduras y conservar el caldo?
— Se echa a perder, muchacho. Nadie ha descubierto la manera de conservarlo.
— Dicen que Francis Drake se hace pronto a la mar.
— No, no puedes ir, muchacho.
— Tengo casi catorce años. Usted dejó que Tim y Watt se enrolasen con él, y necesita aprendices.
— Ellos tienen dieciséis. Y tú, sólo trece.
— Dicen que intentará pasar por el estrecho de Magallanes y remontará la costa hacia la región inexplorada, las Californias, para encontrar los estrechos de Anian que unen el Pacífico con el Atlántico. Desde las Californias hasta Terranova por el Paso del Noroeste…
— El supuesto Paso del Noroeste, muchacho. Nadie ha demostrado aún que sea cierta esta leyenda.
— El lo hará. Ahora es almirante y su buque será la primera embarcación inglesa que cruce el estrecho de Magallanes, la primera en navegar por el Pacífico, la primera… Nunca volveré a tener una oportunidad como ésta.
—¡Oh, sí la tendrás! Y él no descubrirá el camino secreto de Magallanes, a menos que pueda robar un libro de ruta o capturar un piloto portugués que le guíe. ¿Cuántas veces tengo que decirte que un marino ha de tener paciencia? Aprende a tenerla, muchacho. Te sobra tiempo para…
¡Por favor! — No.
¿Por qué?
— Porque estará ausente dos o tres años, tal vez más. Los jóvenes y los débiles serán los que tendrán menos comida y beberán menos agua. Y de los cinco barcos que zarparán, sólo volverá uno. Nunca sobrevivirías, muchacho.
— Pues yo sólo me enrolaré en su barco. Soy fuerte. ¡Me aceptará!
— Escucha, muchacho, yo estuve con Drake en el Judith, su barco de cincuenta toneladas, en San Juan de Ulúa, cuando nosotros y el almirante Hawkins, que iba en el Minian, nos abrimos paso y salimos del puerto entre los malditos españoles. Habíamos estado llevando esclavos de Guinea a las tierras españolas, pero no teníamos licencia española para el comercio y ellos engañaron a Hawkins y atraparon a nuestra flota. Ellos tenían trece grandes barcos y nosotros seis. Hundimos tres de los suyos y ellos nos hundieron el Swallow, el Ángel, el Caravelle y el Jesús of Lubeck. ¡Oh, sí! Drake nos sacó de la trampa y nos llevó a casa. Con once hombres a bordo para contar la hazaña. A Hawkins le quedaron quince. De un total de cuatrocientos ocho gallardos marinos. Drake es despiadado, muchacho. Quiere gloria y oro, pero sólo para él, y son demasiados los que han muerto para demostrarlo…
«Pero yo habría sobrevivido — se decía Blackthorne—. Y mi parte en el tesoro me habría bastado para…»
— Rotz vooruiiiiiiit! ¡Escollo al frente!
Sintió más que oyó aquel grito. Después volvió a oír el gemebundo alarido, mezclado con el viento.
Salió del camarote y subió la escalera hasta el alcázar, palpitándole el corazón, seca la garganta. Era noche cerrada y estaba lloviendo a cántaros. Sintió un alivio momentáneo porque sabía que los depósitos de lona, confeccionados hacía muchas semanas, se llenarían pronto hasta rebosar. Abrió la boca y paladeó la dulzura de la lluvia casi horizontal. Después volvió la espalda al viento.
Vio que Hendrik estaba paralizado de terror. Maetsukker, el vigía, agazapado en la proa, lanzaba gritos incoherentes y señalaba al frente. Y él miró también más allá del barco.
Los escollos estaban apenas a doscientas yardas delante del buque y eran como grandes garras negras de un mar hambriento. La línea de olas espumosas se estiraba a babor y a estribor y se rompía de un modo intermitente. El ventarrón levantaba enormes masas de espuma en la negrura de la noche. Se rompió una driza, el mástil se estremeció pero aguantó y el mar siguió empujando inexorablemente el barco hacia la muerte.
—¡Todos a cubierta! — gritó Blackthorne tocando violentamente la campana.
El ruido sacó a Hendrick de su estupor.
¡Estamos perdidos! — gritó en holandés—. ¡Sálvanos, Señor Jesús!
¡Haz que toda la tripulación suba a cubierta, bastardo! ¡Estabas durmiendo! ¡Los dos estabais durmiendo! — dijo Blackthorne empujándolo hacia la escalera, agarrando el timón y girando con fuerza a babor.
Tuvo que emplear toda su energía al morder el gobernalle la corriente. Todo el barco se estremeció. Entonces, la proa empezó a girar con creciente velocidad al impulso del viento y pronto estuvieron de costado a éste y al mar. La tempestad rugía y trataba de vencer el peso del barco y todas las cuerdas vibraron a su empuje. El mar se alzaba amenazador sobre ellos y el barco avanzaba paralelamente a los arrecifes cuando Blackthorne vio la enorme ola. Dio un grito para avisar a los hombres que subían la escalera y se agarró con fuerza para salvar la vida.
La ola cayó sobre el barco y éste escoró, y Blackthorne pensó que se hundían, pero la nave se enderezó y se sacudió como un perro mojado saliendo del abismo. El agua fluyó en los imbornales y Blackthorne jadeó, falto de aire. Vio que el cadáver del bosun había desaparecido de la cubierta donde lo había dejado para lanzarlo al día siguiente al agua, y que venía otra ola aún más imponente. Esta pilló a Hendrick y lo levantó, jadeante y debatiéndose, lanzándolo por encima de la borda. Otra ola barrió la cubierta. Blackthorne sujetó uno de sus brazos en la rueda del timón, y la ola pasó. Hendrick estaba a cincuenta yardas a babor. La resaca lo arrastró y después, una ola gigantesca lo levantó sobre el barco, lo sustuvo allí un momento y, por último, lo lanzó contra una roca y se lo tragó.
El barco cabeceaba tratando de avanzar. Cedió otra driza y la polea con aparejo saltó locamente y se enredó con el aparejo.
Vmck y otro hombre corrieron hasta el alcázar y se arrojaron sobre la rueda del timón para ayudar. Blackthorne vio los terribles escollos a estribor, todavía más cerca. Había más rocas al frente y a babor, pero vio algunos huecos entre ellas.
El mar llenó de espuma la cubierta y se llevó a otro hombre mientras devolvía al barco el cadáver del bosun. La proa salió del agua y se hundió una vez más.
—¡Un escollo! ¡Un escollo a proa! — chilló Vinck. Blackthorne y el otro hombre hicieron girar la rueda a estribor. El barco vaciló, giró y chirrió al rozar las rocas su costado. Pero fue un golpe oblicuo y la punta de la roca se rompió. La madera del barco resistió y los hombres de a bordo volvieron a respirar.
Blackthorne vio un hueco entre los arrecifes a proa y dirigió la nave hacia allá. El viento había arreciado y el mar estaba aún más furioso. El barco giró impulsado por una ráfaga y la rueda del timón se escapó de las manos de los hombres. Estos la agarraron, todos a la vez, y restablecieron el rumbo, pero la nave cabeceó y bailó como un hombre ebrio. El mar invadió la cubierta e irrumpió en el castillo de proa aplastando a un hombre contra el mamparo.
Читать дальше