«Será una edad de oro. Ochiba y el Heredero tendrán su majestuosa Corte en Osaka, y de vez en cuando, les rendiremos pleitesía y seguiremos gobernando en su nombre, fuera del castillo de Osaka. Dentro de unos tres años, el Hijo del Cielo me invitará a disolver el Consejo y a convertirme en shogún durante el resto de la minoría de edad de mi sobrino. Aceptaré, y, al cabo de un par de años, renunciaré sin ceremonia alguna en favor de Sudara, y retendré el poder como de costumbre, sin perder de vista el castillo de Osaka. El día menos pensado, los dos usurpadores cometerán un error y desaparecerán, y desaparecerá el castillo de Osaka, como un sueño más dentro de un sueño, y al fin ganaré el verdadero premio del Gran Juego que empezó al morir el Taiko: el Shogunado.
«Esto es lo que he planeado y por lo que he luchado toda la vida. Soy el único heredero del Reino. Seré shogún. E iniciaré una dinastía.
«Todo es posible ahora, gracias a Mariko-san y al bárbaro extranjero que llegó de los mares de Oriente y cuyo karma es no abandonar nunca este país. Como el mío es ser shogún.»
Toranaga sonrió a Kogo, el azor. «Yo no escogí ser como soy. Es mi karma.»
AQUEL AÑO, al amanecer del día veintiuno del décimo mes, el Mes sin Dioses, chocaron los principales ejércitos. Fue en las montañas próximas a Sekigahara, sobre la carretera, del Norte, y con mal tiempo: niebla y, después, cellisca. A última hora de la tarde, Toranaga había triunfado y empezó la matanza. Rodaron cuarenta mil cabezas.
Tres días más tarde, Ishido fue capturado vivo, y Toranaga, en un rasgo de ingenio, le recordó la profecía y lo envió encadenado a Osaka, para su exhibición en público, ordenando a los eta que enterrasen de pie al general señor Ishido, de modo que sólo sobresaliese la cabeza, e invitasen a los transeúntes a aserrar el cuello más famoso del Reino con una sierra de bambú. Ishido resistió tres días y murió muy viejo.
El ri es una medida de longitud que equivale aproximadamente a una milla.
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