– ¿Bailamos? -preguntó tensó después de un rato.
– Está bien -Skye se sentía humillada porque él prácticamente se había visto obligado a pedirle que bailaran.
– No pareces muy entusiasmada -comentó cuando estaban en la pista.
– ¡No ha sido una invitación muy entusiasta!
– ¿Qué esperabas? -preguntó Lorimer irritado-. Te has convertido en un espectáculo toda la noche. No caeré víctima de esa sonrisa tuya como todos esos pobres tontos con los que has estado coqueteando. Sé muy bien que tú preferirías estar bailando con Charles Ferrars.
Vaciló antes de rodearla con su brazo, casi reacio. Se movían con rigidez, tratando de tocarse lo menos posible, pero las luces eran muy tenues y la pista estaba atestada, por lo que fue inevitable que fueran empujados hasta quedar juntos, a pesar de sus deseos.
Skye mantenía los ojos fijos en la garganta de Lorimer, hipnotizada por el pulso firme y la sensación de su mano contra su espalda. La urgencia de relajarse contra él era casi abrumadora. ¿Qué pasaría si ella se acurrucaba en sus brazos?
Despacio, muy despacio, sucumbió a la tentación y relajó su cuerpo hasta que el espacio entre sus cuerpos se cerró y pudo apoyar la mejilla contra la garganta de él, con un suspiro de satisfacción. Esperaba que Lorimer la empujara, pero la presión de su mano había aumentado de forma imperceptible, para acercarla más y su cabeza bajó, de modo que él puso su mejilla contra el cabello suave y brillante de ella.
Skye podía sentirse estremecida por el deseo. Parte de ella deseaba que ese momento continuara para siempre pero el resto ansiaba volver la cabeza y sentir sus labios sobre los suyos. Deseaba que la llevara arriba y le hiciera el amor. Deseaba saborear su piel y sentir la gloriosa dureza de su cuerpo bajo los dedos.
Ninguno de sus deseos le fue concedido. Demasiado pronto, la melodía terminó y la gente rompió a cantar en coro Auld Lang Syne . Skye estaba sola, parpadeando de forma estúpida ante los sonrientes rostros que la rodeaban mientras sus manos eran estrechadas con entusiasmo por perfectos extraños.
No podía creer que Lorimer actuara como si no hubiera pasado nada cuando se despidieron de los Buchanan. Debió sonreír y despedirse de forma automática aunque se sentía desorientada y todos sus sentidos todavía clamaban por el contacto de Lorimer. Era una noche muy fría, y Skye agradeció el aire helado que quemaba su piel y la hizo volver a la realidad.
Estaba parada junto a Lorimer sin hablar, sin tocarse mientras observaban a los Buchanan alejarse.
– Bueno… creo que me iré a la cama -dijo con torpeza.
Lorimer la miró con expresión sardónica, pero no dijo nada mientras regresaban al interior y subían la escalera. Abajo, podían escuchar sonidos alegres de las últimas despedidas pero en el sombrío corredor la atmósfera era silenciosa y rebosante de tensión.
Skye sujetó con fuerza la llave de su cuarto, como un talismán contra el salvaje calor del deseo, ansiando el contacto con Lorimer, pero aterrorizada de lo que pudiera revelar si él la tocaba.
– ¡Vaya exhibición la que has dado allá abajo! -Lorimer rompió el silencio cuando se detuvieron frente a su puerta.
– ¿Qué… quieres decir?
– Tengo que decírtelo, Skye -su expresión era dura y desdeñosa-. Tú sí sabes como jugar el papel de la mujer cálida y deseable, ¿o es que has tenido mucha práctica?
– No sé de qué estás hablando.
– ¿No? Te aferraste a mí con ese camisón seductor y me rogaste que me quedara toda la noche y ahora, te derrites en mis brazos, tan cálida y tan suave… y ¡tan decidida a conseguir a otro hombre! Menos mal que estoy enterado de tu obsesión por Charles Ferrars, si no habría tenido ideas equivocadas sobre ti, Skye. ¡Qué lástima que Charles no estuviera aquí esta noche para ser testigo de tu actuación! Has debido maldecir por la oportunidad desperdiciada cuando tuviste que pasar la noche en mis brazos en lugar de en los suyos.
– Oh, no lo sé -había frialdad en la voz de Skye. Los comentarios desdeñosos de Lorimer habían hecho que todos los pensamientos de deseo desaparecieran de su mente y la dejaran molesta, decidida a lastimarlo tanto como él la lastimaba-. Cualquiera lo habría hecho y sucede que tú estabas ahí de forma muy conveniente.
Los ojos de Lorimer se entrecerraron de forma peligrosa.
– Así que fui conveniente, ¿verdad? ¡Qué cómodo para ti tener a un hombre conveniente para practicar tus técnicas de seducción con él! ¿Quieres practicar algo más?
– ¡No! -la llave cayó al suelo.
– ¿No? -se burló-. ¡Ese no fue el mensaje que recibí en la pista de baile!
– ¡Suéltame!
– No, creo que no lo haré. A mí me gustaría practicar -con una mano le levantó la barbilla y volvió su rostro atormentado hacia arriba.
Al instante siguiente su boca bajó sobre la suya en un beso castigador. Skye golpeó con fuerza con las manos sobre el pecho de él, pero su única respuesta fue apretarla más y, de pronto, la calidad del beso cambió. La amargura y la ira se habían disuelto imperceptiblemente en una dulzura que los capturó a ambos y llevó el beso más allá de su control en una oleada de intoxicante delirio.
Las palabras rudas que se habían lanzado el uno al otro estaban olvidadas. Era como si sus cuerpos tuvieran voluntad propia y sucumbieran a una fuerza mucho más grande.
Los brazos de Skye se deslizaron en torno a su cuello y sus dedos se enredaron en su cabello, mientras las manos de Lorimer se movían con urgencia sobre su cuerpo bajo su vestido, duras y exigentes contra los senos henchidos, la calidez de su muslo y se deslizaban con tentadora seguridad sobre su sedosa piel. Skye se aferró a él, hambrienta, sus sentidos giraban y se abandonó al electrizante deleite del contacto, del sabor de Lorimer y la dura y emocionante promesa de su cuerpo.
Cuando su boca dejó la suya, gimió en protesta.
– Ahora sabes cómo se siente uno después de ser usado -murmuró contra su oreja.
A Skye le tomó varios segundos comprender lo que él había dicho. Se quedó absolutamente fría.
– Eso no ha sido justo -susurró.
– Ahora sabes cómo es -repitió Lorimer-. No es agradable, ¿verdad?
– ¡Yo no te he usado!
– ¡Oh, vamos Skye! No es un secreto lo que sientes por Charles. Al principio admiré tu sinceridad, pero eso fue antes de saber que yo estaba destinado a actuar como un pobre sustituto.
– ¿Tú un sustituto de Charles? -¿cómo podía besarla de esa forma en un momento y al siguiente mostrarse tan amargado?-. ¡No me hagas reír! -Skye estaba demasiado lastimada para darse cuenta de lo que decía-. ¡Tú no podrías ser un sustituto adecuado para él!
– ¿Si? -Lorimer estaba tan enfadado como ella-. ¿Cómo te besa Charles, Skye? ¿Así? -la atrajo de nuevo a sus brazos atormentándola con besos quemantes que dejaron a Skye temblorosa e indefensa-. ¿O así? -en esta ocasión sus labios fueron gentiles, persuasivos e indescriptiblemente tiernos. La besó como si la amara, como si ella fuera algo raro y precioso y Skye no tuvo defensas para resistir. Estaba embrujada, encantada y se apoyó en él con un suspiro.
La decepción cuando él la soltó fue agonizante, tanto que tuvo que sofocar un grito de dolor. Lo miró humillada, pues él debía saber que ella había sucumbido. Él debía saber que ella se había permitido creer que en esta ocasión el beso era real.
Pero la expresión de Lorimer era inescrutable.
– Quizá tengas razón -dijo-. No es exactamente lo mismo besar a alguien que uno ama, ¿verdad?
Skye respingó. ¿La había estado comparando con Moira todo el tiempo?
Sus palabras insensibles le rompieron el corazón, la destrozaron, y sus rodillas temblaban incontrolables cuando se inclinó a recoger la llave de la alfombra.
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