Lisa Jackson - El Destino Aguarda

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El Destino Aguarda: краткое содержание, описание и аннотация

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Cuando Thorne McCafferty regresó apresuradamente al rancho familiar, lo único en lo que pensaba era en si su hermana Randi sobreviviría al accidente por el que estaba en el hospital. En ningún momento se esperaba que la doctora de urgencias que la había atendido fuera un viejo amor.
Nicole Stevenson nunca había olvidado la pasión de juventud que había compartido con Thorne… ni el daño causado por un rechazo para el que no había habido la más mínima explicación. Ahora había madurado y, sin embargo, él seguía teniendo la habilidad de hacer que se sintiera como una torpe chiquilla. Aunque, de todos modos, ¿cómo podía encajar un ejecutivo millonario en su tranquila vida de madre soltera?

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– No dejes que llegue a tu corazón-se advirtió, pero tuvo la fatalista sensación de que ya era demasiado tarde. Eso ya lo había hecho mucho tiempo atrás.

Thorne aparcó fuera de lo que en una época había sido el almacén de la maquinaria y miró la casa donde había crecido, un lugar que una vez había jurado dejar y al que nunca volvería. Aunque estaba oscuro y llovía a cántaros, pudo ver la casa alzarse de manera imponente ante él, con unos cálidos parches de luz brillando desde las altas ventanas. En un momento había sido un refugio, más tarde una prisión.

Agarró su maletín y la bolsa de viaje y se preguntó qué le había pasado. ¿Por qué había ido a casa de Nikki? No se trataba sólo de una disculpa, y esa idea le perturbaba. Era como si volver a verla hubiera encendido una llama en lo más profundo de su interior, algo que pensaba que se había apagado años atrás, una brasa ardiente que no sabía que existiera.

Fuera lo que fuera, no tenía tiempo para pensar en ello y tampoco quería hacerlo.

Unas luces salían de los establos y reconoció el coche de Slade cerca del granero. Mientras corría bajo la lluvia, recordó la primera vez que había visto a Nicole: años atrás, en una celebración del Cuatro de Julio. Él había vuelto de la universidad y entraría en la Facultad de Derecho en el otoño, estaba ansioso por comenzar esa nueva vida. Ella sólo tenía diecisiete años por entonces; era una chica tímida con los ojos más increíbles que Thorne había visto nunca y estaba sobre una colina contemplando la ciudad y esperando a que llegara la oscuridad para ver los fuegos artificiales.

Era curioso, pero hacía mucho, mucho tiempo, que no pensaba en esa noche. Le parecía que hubiera pasado un millón de años y se encontraba rodeado por los otros recuerdos que habitaban en ese lugar en particular. Al ir hacia los escalones del porche delantero, recordó cómo había estado a punto de ahogarse en la alberca cuando tenía unos ocho años, recordó haber cazado faisanes con sus hermanos y fingir que el frío silencio que había entre sus padres en realidad no existía. Pero los recuerdos más claros, los más conmovedores, eran los de Nikki.

– No pienses en ella -se advirtió al abrir la puerta corredera. Entró y fue recibido por los olores de su juventud: hollín de la chimenea, cera de limón fresco de los suelos y el aroma a beicon que perduraba del almuerzo y que aún rondaba por los pasillos y habitaciones. Dejó el maletín y la bolsa junto a la puerta delantera y se secó el agua de la cara.

– ¿Thorne? -la voz de Matt se oyó con fuerza por la casa de un siglo de antigüedad. El sonido de las botas sobre las escaleras anunció su llegada al primer piso-. Me preguntaba cuándo ibas a aparecer -vestido como siempre, con vaqueros y una camisa de franela remangada, Matt le dio unas palmaditas en la espalda a su hermano-. ¿Cómo estás, granuja?

– Como siempre.

– ¿De mal genio y a punto de firmar tu próximo contrato millonario? -le preguntó Matt, como siempre hacía, aunque en aquella ocasión la pregunta le dio a Thorne que pensar.

– Eso espero -dijo mientras se desabrochaba el abrigo, aunque era mentira. Estaba harto de su vida. Aburrido. Quería más, pero no estaba seguro de qué.

– ¿Cómo está Randi? -preguntó Matt y su cara se cubrió con una máscara de preocupación.

– Igual que cuando la has visto. No hay nada nuevo desde que te he llamado desde el hospital.

– Supongo que llevará su tiempo -Matt señaló con la barbilla hacia el salón desde donde la luz de una lámpara se filtraba al pasillo-. Vamos, te invito a una copa. Tienes pinta de necesitar una.

– ¿Tan mal se me ve?

– Hoy a todos nos vendría bien una.

Thorne asintió.

– ¿Dónde está Slade?

– Dando de comer al ganado. No tardará mucho en venir. Iba a ayudarlo, pero como ya estás aquí, supongo que no pasará nada porque termine él solo -mostró una sonrisa malvada, ésa que había embaucado a más mujeres de las que Thorne podía contar.

Demasiadas chicas habían descrito a Matt como alto, moreno y guapo. El mediano de los tres chicos McCafferty tenía unos ojos tan marrones que parecían casi negros, su piel estaba bronceada por pasar tantas horas al aire libre y la sombra que cubría su mandíbula era tan oscura como había sido la de su padre.

Matt McCafferty podía doblar una herradura en una forja tan bien como podía marcar a un caballo o amarrar a un carnero. Era rudo, salvaje e increíblemente testarudo.

El sitio de Matt estaba allí.

No el de Thorne.

No desde que sus padres se habían divorciado.

– Mírate -Matt lanzó un agudo silbido y agachó una ceja casi negra mientras tocaba la lana del abrigo-. ¿Desde cuándo te has convertido en un seguidor de la moda?

Thorne resopló con desdén.

– No creas que lo soy, pero estaba en el trabajo cuando Slade me ha llamado -colgó el abrigo en un viejo perchero de bronce que había cerca de la puerta. El abrigo largo de lana parecía estar fuera de lugar entre el despliegue de chaquetas de tela vaquera y piel de borrego-. No he tenido tiempo de cambiarme -tiró del nudo de su corbata y deslizó la pieza de seda sobre sus hombros-. Dime qué está pasando.

– Buena pregunta -juntos entraron en el salón donde los sofás de cuero estaban desgastados, un piano estaba cubierto de polvo y las dos mecedoras que estaban colocadas formando ángulo cerca de las piedras ennegrecidas de la chimenea seguían quietas. El rifle de su bisabuelo estaba sobre la repisa, apoyado en las astas de un alce matado mucho tiempo atrás-. No hay mucho que contar.

Matt abrió el mueble bar que había bajo una librería llena de tomos encuadernados en piel que nadie había leído en años.

– ¿Qué quieres?

– Escocés.

– ¿Solo?

– Eso es… bueno, creo.

Matt miró en el mueble y con un sonido de aprobación sacó una botella cubierta de polvo.

– Parece que estás de suerte -metió la mano hasta el fondo del armario, sacó un par de vasos y después de quitarles el polvo con la camisa, sirvió dos copas-. Puedo ir a por hielo a la cocina.

– No pierdas el tiempo, a menos que tú quieras.

Matt mostró una lenta sonrisa.

– Creo que soy lo suficientemente hombre para resistir el alcohol caliente.

– No esperaba menos.

Thorne tomó el vaso que Matt le ofreció y brindaron.

– Por Randi.

– Sí.

Se tomó la copa y se relajó un poco cuando el licor añejo salpicó la parte trasera de su garganta para luego trazar un ardiente camino hasta su estómago. Giró el cuello intentando deshacerse de los nudos que tenía.

– Vale, dispara -dijo mientras Matt encendía unas astillas ya colocadas en la chimenea.

– Ojalá pudiera. Por lo que puede saber la policía, Randi tuvo un accidente en Glacier Park en el que sólo su coche se vio involucrado. Nadie sabe con seguridad que ocurrió y los polis aún están investigándolo, pero por lo que parece, estaba sola y había hielo en la carretera o dio un volantazo… ¿quién sabe? Tal vez un ciervo, no sé… El resultado es que perdió el control y se salió de la carretera. La camioneta rodó por un terraplén y… -observó el fondo de su vaso- el bebé y ella tienen suerte de estar vivos.

– ¿Quién la encontró?

– Alguien que pasaba por allí, unos buenos samaritanos que llamaron a la oficina del sheriff.

– ¿Tienes sus nombres?

Matt se metió la mano en el bolsillo y sacó un pedazo de papel que entregó a Thorne.

– Jen y Bill Swanson, unos hermanos que volvían a casa después de una jornada de caza. El nombre del ayudante del sheriff también está ahí.

Leyó la lista de nombres y los números y se detuvo un momento cuando llegó a la doctora Nicole Stevenson.

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