– Espera, ya lo verás.
Caminaron juntos hasta el oscuro hueco de la escalera interior del edificio. La luz entraba por unas ventanas altas situadas en la parte más alta de cada una de las paredes, iluminando el polvo que Claire y Will levantaban a su paso. Al parecer, no había mucho que ver, sólo un edificio viejo y polvoriento con un espacio abierto en el segundo piso.
– ¿Qué le parece? -preguntó Will.
– ¿El qué?
– Este lugar.
– Está hecho un desastre. ¿Por qué querías que viniera?
– Porque quería saber tu opinión. ¿Crees que servirá?
– ¿Para qué tiene que servir?
– Para nosotros. Necesito un local en los Estados Unidos. Y tú necesitas un espacio para pintar. Además, necesitaremos una casa. Y podemos convertir la parte de arriba en un piso y utilizar la de abajo para trabajar.
– ¿Vamos a quedarnos en Chicago?
– Sólo si tú quieres. Sé lo mucho que echas de menos a tu familia, Claire, y no hay ninguna razón por la que no podamos pasar más tiempo aquí. Puedo vivir en cualquier parte, siempre y cuando tengamos un aeropuerto cerca. Y creo que aquí podré ser muy feliz.
Parecía desesperado por contar con su aprobación.
– Y ya lo has comprado -dijo Claire con una sonrisa.
– He firmado los papeles esta misma mañana. Había otro comprador, de modo que no me quedaba otra opción. Así que, por favor, dime que te gusta.
Claire le rodeó el cuello con los brazos y le besó.
– Me encanta, es perfecto. Y si tenemos una casa aquí, podremos ir y venir cuando queramos. Y podremos olvidarnos de los hoteles.
– Sí, tendremos un hogar -dijo Will.
Un hogar, pensó Claire. Llevaban juntos un año y medio y cualquier lugar en el que dormían era para ellos su hogar. No sabían nunca dónde iban a estar de una semana para otra. Pero a lo mejor había llegado el momento de dar un giro en su relación.
– Me gusta nuestra vida. Es perfecta en todos los sentidos.
– Pero podría ser más perfecta todavía -dijo Will, dándole un beso en la frente.
Claire se echó a reír y le dio un beso en la barbilla.
– ¿Cómo podría ser más perfecta?
Will la miró a los ojos.
– Podrías casarte conmigo -sugirió.
¿Cómo era posible que supiera siempre lo que estaba pensando, a veces incluso antes que ella? Claire llevaba tiempo esperando a que Will volviera a pedirle que se casara con él. De vez en cuando. Will dejaba caer la pregunta, pero hasta entonces, ella siempre le había pedido que esperara.
– ¿Y bien? ¿Vas a darme una respuesta?
– Sí -contestó Claire.
– ¿Sí vas a darme una respuesta, o la respuesta es sí?
– Las dos cosas. Sí, me casaré contigo. Will Donovan. Y sí voy a responder.
Una enorme sonrisa cruzó el rostro de Will mientras parpadeaba con incredulidad.
– De acuerdo entonces. Vamos a casarnos, ese es el plan.
– Sí -contestó Claire-. Creo que ahora podemos decir que tenemos un plan sin que eso suponga ningún peligro.
Will la agarró por la cintura, la levantó del suelo y la abrazó con fuerza.
Claire apoyó las manos en sus hombros y lo miró a los ojos, a aquellos ojos tan llenos de deseo y amor.
– Y ahora, tengo una sorpresa para ti -anunció Claire.
– ¿Qué sorpresa puede ser?
– Busca en el bolsillo de atrás de mis vaqueros.
Will la dejó en el suelo, hizo lo que le pedía y sacó dos entradas del bolsillo.
– ¿Los Chicago Cubs?
– Es un partido de béisbol. Creo que ya va siendo hora de que vayas familiarizándote con el juego.
Will examinó las entradas con detenimiento.
– Cariño, conozco el juego perfectamente. He estado haciendo home runs desde la primera vez que nos metimos en la cama.
– Éste es un juego perfectamente diferente. Y si vas a casarte con una chica de Chicago, tendrás que elegir. O eres de los Cubs o eres de los Sax. Los perritos calientes, con mostaza o con ketchup. Y si pretendes hacerme feliz durante el resto de nuestras vidas, tendrás que saber de esas cosas.
– ¿Y los Bulls?
– Los Bulls son un equipo de baloncesto.
– Pues estaba pensando que, ahora que ya soy un as del béisbol, quizá podría comenzar con un deporte diferente -miró a su alrededor-, uno en el que haya que driblar, meterla en un agujero y gritar.
– Nunca dejas de pensar en el sexo, ¿verdad?
– Claro que sí. Durante al menos unos minutos al día procuro pensar en el trabajo -miró a su alrededor-. Y hablando de sexo, ahora somos dueños de este lugar. ¿Qué te parece si lo estrenamos?
Claire se llevó la mano a los botones de la blusa y comenzó a desabrochárselos lentamente.
– De acuerdo. Pero si quieres que te explique cómo se juega al baloncesto, tendremos que empezar con el tiro libre.
Will gruñó mientras la ayudaba a desabrocharse la blusa.
– Cariño, me encantan los deportes estadounidenses.
***