Denise le dio una palmadita en el brazo a su amiga.
– Bella, creo que tenemos que ser más delicadas. Puede que Raúl no esté enamorado de Pia. Puede que tengamos que explicar algunas cosas.
– Lo entiende -dijo otra mujer-. ¿Cómo no iba a hacerlo? Es maravillosa. Si no la ama, no la merece.
– Estoy de acuerdo -dijo alguien-, pero ya lo he dicho antes. Si esperamos al hombre que merecemos, jamás nos casaremos.
– Por lo menos es guapo.
– Y rico.
– Tiene un pelo muy bonito -les dijo Bella.
– Y un trasero fantástico.
El último comentario colmó la paciencia de Raúl.
– Chicas, agradezco vuestra intervención y sé que Pia estará muy agradecida cuando se entere de vuestro apoyo -«humillada», pensó mientras sonreía por primera vez en horas. Humillada, pero agradecida-. Pero esto es entre Pia y yo. Ahora, si me disculpáis, tengo que ir a hablar con ella.
Denise lo agarró del brazo con sorprendente fuerza.
– No tan rápido. ¿Qué vas a decir?
Las miró a todas. Aunque podía decirles tranquilamente que no era asunto suyo, no había cambiado de opinión en lo que concernía a quedarse allí. Fool’s Gold sería su hogar durante mucho tiempo y esas mujeres serían sus vecinas.
– La verdad es que estoy desesperadamente enamorado de ella y voy a suplicarle que me dé una segunda oportunidad.
Algunas de las mujeres suspiraron.
Denise le dio un empujón.
– No te quedes ahí. Ve a buscarla.
Él echó a correr mientras pensaba adonde ir primero. Era media tarde. Empezaría por su oficina.
Subió las escaleras de dos en dos y, cuando llegó, su puerta estaba parcialmente abierta. Corrió hacia ella consciente de las voces que se oían en la primera planta. Ignorándolas, empujó la puerta y la encontró sola.
Estaba prácticamente como la primera vez que la había visto: preciosa con su melena castaña ondulada y luminosa, sus ojos color avellana que mostraban toda emoción. Ahora la diferencia era que él sabía que era divertida, amable, encantadora e inteligente; que era racional y compasiva, incluso cuando le entraba el pánico, que era capaz de entregar su corazón y que no encontraría a nadie como ella en todo el mundo.
Alzó la mirada impactada.
– Raúl. ¿Estás bien? Me he enterado de la visita que te ha hecho Marsha y quiero decirte que no he tenido nada que ver con esto.
– Lo sé.
– Está disgustada, pero nadie quiere que te marches del pueblo.
– Bien, porque no me iré.
– ¿En serio? Bueno, eso es genial. Quiero decir, está claro que puedes vivir donde quieras, es un país libre.
Él se acercó a la mesa y la puso en pie. La mirada de Pia titilaba como si temiera mirarlo directamente a los ojos.
– ¿Pia?
– Sí.
– Mírame.
Ella suspiró y después hizo lo que él le pidió.
Raúl conocía su rostro, lo había visto cientos de veces, pero jamás se cansaría de verla y de acariciarla. «Solo ella», pensó. Se arriesgaría con ella porque no tenía elección. Sin ella, le parecía que no estaba vivo del todo.
– Te ofrecí un matrimonio de conveniencia -comenzó a decir-, porque no estaba preparado a comprometerme otra vez. Mi primer matrimonio terminó muy mal. Había cometido un error y no sabía en qué me había equivocado. En lugar de descubrirlo, decidí no volver a arriesgarme jamás.
Los dedos de ella resultaban cálidos contra los suyos. Sintió cómo temblaban. Mientras que quería reconfortarla, sabía que primero tenía que contarle la verdad.
– Lo que Caro hizo estuvo mal, pero no creo que pretendiera traicionarme. Su carrera le importaba más que ninguna otra cosa. Yo lo había sabido, pero no pensé en lo que ello suponía. Quería una mujer y una familia. Ella pronunció las palabras adecuadas y yo las creí porque me dijeron lo que era importante para mí.
Besó la mano de Pia.
– Me mudé aquí pensando que sería fácil -siguió él.
– Idiota…
– Y que lo digas. No fue fácil, pero éste es mi hogar. Sin embargo, está vacío sin ti -la miró a los ojos-. Te quiero, Pia O’Brian. Hasta ahora he sido demasiado testarudo y he estado demasiado asustado como para admitirlo, pero te quiero. Por favor, cásate conmigo. No porque sea conveniente y práctico, sino porque no podemos imaginar la vida sin el otro.
La esperanza iluminó el rostro de Pia y sus labios se curvaron en una sonrisa.
Todo dentro de él se relajó. Podían estar juntos, aunque…
– Pero no estaremos solos tú, yo y los gemelos. También estará Peter. No puedo abandonarlo. Quiero hablar con la señora Dawson para adoptarlo.
Ella se mordió el labio.
– ¿Y si te digo que no a eso?
Raúl volvió a tensarse.
– Los dos vamos incluidos en el mismo paquete.
Todo lo que había querido y necesitado pendía de lo que ella dijera a continuación. Quería decirle que la cuidaría para siempre, que siempre los amaría a ella y a sus hijos, pero no podía sobornarla para que aceptara. Ambos tenían que seguir el dictado de sus corazones.
– Buena respuesta -susurró ella-. Y sí.
La felicidad explotó dentro de él. La levantó en brazos y la besó con todo el amor y la pasión que tenía. Tras ellos oyó algo que parecieron vítores y sollozos: las mujeres que se había encontrado en la calle estaban allí, junto a la alcaldesa y a la señora Dawson.
– Cuánto me alegro -dijo la trabajadora social frotándose los ojos-. Entraste en el listado de padres adoptivos de emergencia cuando Peter se quedó contigo la primera vez. Puedes ir a buscarlo ahora.
Las otras mujeres asintieron y Marsha sonrió.
– Sabía que lo harías.
– Pues antes no has dicho lo mismo.
– No habría servido de nada.
Raúl volvió a besar a Pia y se recordó que no debía contrariar a la alcaldesa.
Pia lo rodeó con sus brazos y se apoyó contra él. Había rezado para que todo funcionara, pero también había estado asustada. Asustada de pasar el resto de su vida amando a un hombre que no la correspondía.
Ahora era muy agradable ver que había estado equivocada.
Volvió a besarla y ella se sintió como si se derritiera por dentro.
– Tenemos mucho que hacer -dijo él con la frente apoyada contra la suya-. Dar la aprobación de los planos de la casa, casamos y empezar con las clases de preparación al parto.
Ella se rio.
– No te preocupes, se me dan muy bien los detalles y ahora mismo solo hay una cosa que importa.
Él asintió.
– Peter.
– Sí. Ya debe de haber salido del colegio. Vamos a darle la buena noticia.
Raúl vaciló.
– ¿Estás segura? Tendremos tres hijos.
– Estoy segura.
Había otras cosas en qué pensar, como el hecho de que ser madre de los mellizos y de Peter significaba que necesitaría un asistente que la ayudara con todos los festivales. Y que hasta que estuviera construida su nueva casa, estarían un poco apretados. Y que deberían casarse enseguida para poder irse a vivir con Raúl y Peter. Pero eso podía esperar un poco más. Ahora tenían que partir para hacer realidad los sueños de un niño.
Peter estaba sentado en la estrecha cama que le habían asignado. Era el mismo hogar comunal en el que había estado antes, pero los niños eran otros. No tan mezquinos. Nadie se había metido con él por llorar cada noche hasta quedarse dormido.
Intentaba con todas sus fuerzas no estar asustado, se decía que ahora era un niño más grande, que no necesitaba a nadie, que era fuerte. Pero cada vez que pensaba así el pecho le dolía, se le hacía un nudo en la garganta y se echaba a llorar.
Sabía lo que pasaría después. Lo enviarían a una casa de acogida donde no conocería las normas y los otros niños lo mirarían. Intentaría hacerlo todo bien, pero no lo lograría y entonces le gritarían y lo golpearían. Y estaría solo.
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