– El problema que tienes -dijo Josh- es que ella nunca ha estado sola. Le llevó algo de tiempo recordarlo, pero una vez que lo hizo, te interesó mucho menos.
Raúl se giró y lo miró.
– ¿Crees que por eso se marchó? Me quiere, cabeza de chorlito.
– Me preguntaba si te habrías dado cuenta de eso. Tienes razón. Te quiere. Y como la mayoría de las mujeres, lo quiere todo, no quiere conformarse sin más. Las mujeres se especializan en eso, en exigirnos nuestros corazones, nuestras almas y nuestras pelotas. Puedes luchar contra ello, amigo mío, pero he aprendido que es mucho más inteligente darlo todo sin rechistar. Al final van a salir ganando y, si te resistes, terminas suplicando más -dio otro trago-. A menos que no la ames.
«No la amo».
Raúl empezó a decir las palabras, pero no pudo. Sabía que ése era el verdadero problema. Si podía convencerse de que había estado haciendo lo correcto, nada más, algo noble e importante, el rechazo sería más sencillo. Así había empezado su problema. Debería haber sido sencillo olvidarla.
Pero no lo fue y eso le había preocupado porque significaba que existía la posibilidad de que Pia fuera más que un proyecto, más que un modo de obtener lo que quería sin tener que arriesgar nada.
Sin despedirse, soltó un billete de veinte dólares en la barra y se marchó. Una vez fuera, respiró hondo y comenzó a caminar, pero en lugar de dirigirse a su casa de alquiler, cruzó la calle y fue al apartamento de Pia.
La mayoría de las ventanas estaban a oscuras, excepto una en el piso de arriba. Una ventana estaba parcialmente abierta y oyó el sonido de voces y de risas.
No estaba sola y eso lo hizo sentirse mejor. No quería que sufriera. Había intentado cuidar de ella y aunque tal vez no lo había hecho del modo más convencional, no había tenido ninguna mala intención.
Y ella tampoco.
Se quedó allí un momento antes de darse la vuelta e ir hacia su casa. El eco de las carcajadas se quedó con él, haciéndolo sentirse más solo que nunca. La echaba de menos y aunque no pudiera estar con ella, seguro que sí podían hablar. Podía explicarse.
¿Explicar qué? La verdad era lo que más se merecía Pia y eso era lo que lo reconcomía por dentro. Había hecho bien al abandonarlo, al exigirle más. La respetaba, la admiraba, la deseaba…
Pero en cuanto al resto… ella necesitaba más de lo que él tenía para dar.
El carnaval del colegio era una fiesta ruidosa y divertida llena de niños y de sus padres. Raúl había ido a saludar a todos los niños que conocía y había terminado firmando autógrafos para los padres y hablando de deporte.
– Ah, el precio de la fama -dijo Dakota acercándose a él mientras él explicaba una famosa jugada que hizo en la Super Bowl.
Miró a la joven agradecido.
– Disculpadme -le dijo al grupo de hombres y la agarró del brazo-. Tengo que hablar con Dakota de un asunto.
– ¿Me estás utilizando como válvula de escape?
– Como lo que sea que funcione -la sacó de entre la multitud hacia el edificio principal-. Las madres están o menospreciándome o diciéndome que soy un cretino y los padres solo quieren hablar de jugadas concretas que he hecho en partidos que apenas recuerdo. No hay ningún plan elaborado en mitad de un partido. Tienes que reaccionar ante lo que está pasando. Si no estás preparado para confiar en tu instinto, jamás ganarás.
Se detuvo mientras ella lo miraba con gran atención.
– Oh, por favor. Cuéntame más. No te dejes ningún detalle.
– Muy graciosa -frunció el ceño-. Oye, estás hablando conmigo. ¿No deberías ignorarme?
– Trabajo para ti.
– Creía que estarías enfadada por lo de Pia -todo el mundo lo estaba.
Tal como había prometido, Pia había dicho que había sido ella la que había roto el compromiso, pero el problema era que no mucha gente lo creía, o que asumían que él había hecho algo tan terrible que se había visto obligada a ponerle fin a la relación.
– No has cambiado las normas -le dijo Dakota-. Ella sí. Pero eso no significa que no hayas sido un idiota. Si no estás dispuesto a arriesgar tu corazón por alguien como ella, eres un cobarde y un estúpido. Si no puedes ver que ya estás enamorado de ella, es que eres tonto.
¡Menos mal que se suponía que estaba de su lado!
– Dime lo que piensas.
Ella le dio una palmadita en el brazo.
– Lo solucionarás. Tengo fe.
A Raúl le gustaba su teoría, pero ella no lo sabía todo, no comprendía el pasado contra el que estaba luchando.
– ¿De verdad ese hombre te ha preguntado si estabas atontado durante aquella jugada?
– Han sido sus palabras exactas.
Ella se rio.
– Quiero decir que debe de ser agradable ver que la gente te habla como si fueras uno más, y no una celebridad de los deportes, pero ahora mismo creo que te habría gustado un poco de respeto.
– No me habría venido mal. ¿Quieres quedarte un rato conmigo y protegerme?
– La verdad es que no. Estarás bien. Anímate. Ellos también son personas.
– ¿Te pagan por el cliché?
Ella sonrió y se marchó.
Una vez solo, pensó en lo que le había dicho. En que era estúpido por no arriesgar su corazón por alguien como Pia.
Por mucho que quería darle a Pia todo lo que ella quisiera, no tenía dentro un interruptor que pudiera encender o apagar a su antojo. No estaba dispuesto a volver a arriesgarse. Punto. Y no había nada que nadie pudiera decir o hacer para hacerle cambiar de opinión. Si eso significaba perderla de manera permanente, que así fuera.
Se giró para volver al carnaval y se encontró a Peter dirigiéndose hacia él seguido por un hombre bajo y regordete.
– ¡Hola! Mira. Me han quitado la escayola. Y tienes razón, ahora mi brazo parece muy raro. Está muy huesudo. Pero la doctora dice que estoy muy bien.
– Me alegra oír eso -dijo Raúl y extendió el puño para hacer su elaborado saludo, el mismo que se habían inventado Pia y el niño.
Eso era lo malo de vivir en un pueblo; que no había donde escapar.
– Mi padrastro quiere conocerte -dijo Peter cuando terminaron-. Espero que no te importe.
– Claro que no.
Raúl se acercó y le estrechó la mano al hombre. Don Folio lo miró bajo unas oscuras y pobladas cejas.
– Ha pasado mucho tiempo con Peter.
– Es un gran chico. Es muy especial.
Había algo en ese hombre que a Raúl no le gustaba nada.
– Agradecemos que se ocupara de él cuando estuvimos fuera del pueblo.
– No fue nada -Raúl sonrió a Peter, que le devolvió una sonrisa.
Don se sacó un dólar del bolsillo y se lo dio a Peter.
– Raúl y yo tenemos que hablar, hijo. Ve a jugar o algo.
Peter vaciló y asintió antes de salir corriendo a la máquina de juegos. Don miró a Raúl.
– Veo que tiene debilidad por el chico.
– Claro. Me gusta pasar tiempo con él.
Don enarcó las cejas.
– ¿Cuánto le gusta?
Raúl sintió cierta alarma ante la naturaleza de la respuesta, pero prefirió esperar a ver adonde quería llegar Don.
– Si pudiera pasar más tiempo con Peter, sería -dijo lentamente.
Don asintió enérgicamente.
– Soy hombre de mundo y entiendo estas cosas, pero el sistema de cuidados tutelares tiene ciertas reglas.
Raúl ignoró la oleada de furia que surgió en su interior, pero mantuvo una expresión neutral.
– Creo que hay opciones. Quieres al niño y a mí no me importa, pero va a costarte dinero.
Por el rabillo del ojo, Raúl vio a la señorita Miller acercándose y como si nada, con naturalidad, dio un paso a la derecha para bloquearle el camino.
– ¿Dice que puedo tener a Peter a cambio de un precio? -preguntó lo suficientemente alto como para que la otra mujer lo oyera.
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