¿Pia llorando? Se había mostrado muy segura cuando se había marchado. ¿Cómo podía estar dolida?
La alcaldesa respiró hondo.
– Estoy segura de que tienes algo de culpa en todo esto, pero no temas, pasará. Cuidarán de Peter y también de Pia porque eso es lo que hacemos aquí. Protegemos a los nuestros -le puso una mano en el brazo-. Quiero creer que eres un buen hombre intentando ser mejor aún, pero por lo que puedo ver, cuando se trata de algo personal no te implicas -lo miró a los ojos-. Por tu propio bien, y por el de Pia y Peter, tal vez sea momento de arriesgar más que tu dinero.
Y con eso se dio la vuelta y se marchó. Raúl la vio marchar y sintió el peso de todo lo que había dicho. Nunca había sido lo que Hawk había querido que fuera. Todo estaba en la superficie.
Fue hacia la ventana y miró a la calle.
Había querido afincarse allí, había pensado que envejecería allí, pero eso no sucedería. No pertenecía a ese lugar. Nadie se lo diría a la cara, pero era la verdad. Se merecía que lo hicieran salir de allí con horcas y antorchas.
Maldijo al no saber qué era peor… si el hecho de haber perdido a Pia o haberle roto el corazón a un niño que había sido tan tonto de creer en él.
Siguió junto a la ventana esperando a que el día pasara. Necesitaba que oscureciera para poder volver a casa sin que lo vieran y poder decidir qué hacer a continuación.
– Al parecer, Marsha le ha soltado una de sus famosas charlas -dijo Charity mientras Pia y ella almorzaban en el Fox and Hound-. No me ha dado los detalles, pero seguro que se le ha metido dentro de la cabeza.
Pia se sentía fatal. No solo estaba hundida por echar de menos a Raúl, sino que se sentía fatal por la situación de Peter. Y mientras que sabía que era posible que le hubiera dado al niño la impresión de que se quedaría con él, sabía que el hombre al que amaba jamás le haría daño a nadie deliberadamente. Parecía que en esa situación nadie salía ganando.
– ¿Te ha dicho cómo estaba?
– No -Charity la miró-. Lo quieres, ¿verdad?
– Pareces sorprendida.
– Creía que esto te desilusionaría.
– No. Tiene un buen corazón y es un buen tipo. Nada de esto es fácil para él.
Pensó en su pasado, en cómo lo había traicionado Caro. En cómo tenía miedo a confiar en los demás.
– Hay que darle un respiro -dijo con firmeza.
Charity vaciló.
– Marsha cree que es posible que abandone el pueblo.
Pia se quedó sin aliento.
– ¿Se marcha? ¿Por qué? Tiene el campamento, que es lo que lo trajo aquí. Y tiene planes para cursos intensivos. Jamás renunciaría a ello.
Miró a su amiga.
– Es imposible que haya tomado esa decisión él solo. ¿Qué ha pasado? ¿Es que Marsha lo ha echado?
– No, pero le ha dejado claro que estaba decepcionada. ¿Cómo habrá asumido él eso?
– No lo sé -admitió Pia. ¿Se marcharía? Si no se sentía cómodo en el pueblo, tal vez lo hiciera. Odiaba imaginarse Fool’s Gold sin él.
– Lo siento -le dijo Charity.
– Yo también -añadió Pia-. Quiero que esté aquí. Quiero que se quede. Y ya que estoy, quiero que me ame.
– No puedes decidir nada de eso -le recordó su amiga.
«Ojalá las cosas fueran distintas», pensó Pia con tristeza. Pero no era así.
El plan de Raúl de esperar hasta que oscureciera duró como una hora. Caminó de un lado a otro del despacho, intentó trabajar, y después contuvo el deseo de tirar el maldito ordenador contra la pared.
Estaba furioso, avergonzado y decepcionado… y todo ello consigo mismo.
Había llegado allí con grandes ideas y con la intención de ser como Hawk y cambiar vidas. Todo lo que había visto en Fool’s Gold lo había atraído y se había sentido bien recibido. Pero entonces, ¿qué había hecho? Lo había echado todo a perder.
Años atrás, en la facultad, la había fastidiado bien y Hawk lo había sacado del mal camino. Desde entonces, él había aprendido a encontrar su camino solo. Hasta ahora.
No sabía qué había ido mal. En el caso de Pia suponía que había sucedido al pedirle que se casara con él para que él pudiera tener todo lo que quería sin poner nada de su parte ni arriesgar nada. Había optado por el camino más fácil y le había supuesto un infierno.
Debería haber sabido que no podía conseguirlo de un modo gratuito. Fue como pactar con el diablo. Si parecía demasiado bueno para ser verdad, lo era.
En cuanto a Peter, había olvidado que trataba con un niño de diez años. Se había hecho amigo suyo y había querido salvarlo, aunque finalmente había terminado haciéndole daño otra vez.
Sintiéndose como una bestia enjaulada en su despacho, fue hacia la puerta y la abrió. Casi se esperaba un recibimiento con antorchas y horquetas, pero el pueblo tenía el mismo aspecto de siempre. Las hojas flotaban con la suave brisa, el cielo era azul y el sol se encontraba un poco más bajo sobre el horizonte que un mes antes. El invierno estaba llegando.
Había querido ver el pueblo cubierto de nieve, experimentar el paso de las estaciones. Había querido esquiar en la pista, tumbarse con Pia junto al fuego, ver cómo iba engordando por los dos bebés. No le costó mucho añadir a Peter a la mezcla. Podía ver al niño jugando junto al fuego, o riéndose mientras jugaban a los videojuegos.
Cuando salió a la calle, encontró que la solución era obvia y simple. Podía tenerlos a los dos, si estaba dispuesto a entregar todo lo que él era. ¿Qué había dicho Josh? Corazón, alma y pelotas. Sin Pia, no podía darles ningún uso a ninguna de esas cosas. En cuanto a Peter, el chico se merecía lo mejor, pero él esperaba que estuviera dispuesto a aceptar lo que le ofrecía.
Medio se esperaba que los cielos se abrieran y los ángeles cantaran. Lo entendía. Por fin lo entendía. Después de todo ese tiempo y de evitar la única cosa que quería, lo había comprendido.
No se trataba de donar dinero o de cederle el campamento a una escuela, sino de dar todo lo que tenía, todo lo que era. Se trataba de arriesgar su corazón.
Pia, pensó frenéticamente. Tenía que hablar con Pia.
Giró hacia su oficina y al hacerlo se topó con una docena de mujeres de mediana edad. Estaban mirándolo y eso no era nada bueno.
– Hola -dijo la que iba delante-. Soy Denise Hendrix, la madre de Dakota. Nos conocimos en el Festival del Otoño.
– Sí. Encantado de volver a verte -asintió hacia las otras mujeres-. Señoras.
Las otras mujeres lo miraron sin responder. Se fijó en que Bella estaba entre la multitud, pero no parecía tan contenta como el día que había ayudado también a rescatarlo de las agresivas turistas.
– Tenemos que hablar contigo -le dijo Denise.
– No me viene bien en este momento.
– ¿Te parece que estamos rejuveneciendo? -dijo secamente la mayor del grupo-. Vas a escuchamos, jovencito, y vas a escuchamos bien. Podemos hacer que tu vida sea un infierno. ¿De verdad quieres que lo intentemos?
Como todo buen deportista, sabía cuándo tenía delante a un oponente superior.
– No.
– Eso me parecía. Adelante, Denise.
– Hemos estado hablando -dijo la madre de Dakota-. Te hemos investigado en Internet. No sé qué te pasó con tu primera mujer, pero no era alguien en quien nosotras confiaríamos.
Las otras mujeres asintieron.
– Llevas soltero varios años, así que está claro que lo has superado. Llegaste aquí en busca de un hogar, lo que demuestra que eres inteligente. Pareces un hombre muy simpático, además.
Estaba claro que esas mujeres no habían estado hablando con la alcaldesa Marsha.
– Pero te has quedado atorado.
Bella se abrió camino entre las mujeres y se situó frente a él.
– Pia te quiere y nosotros queremos que te tenga.
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