—Ambos —respondió Ser Jorah—. Nos han estado siguiendo desde que salimos de la Mercurio .
Las ondulaciones del bronce distorsionaban las figuras de los desconocidos, con lo que uno parecía muy alto y enjuto, y el otro espantosamente bajo y gordo.
—Un bronce de primera calidad, gran señora —exclamó el comerciante—. ¡Reluce como el sol! Y por ser para la Madre de Dragones, sólo os costará treinta honores.
La bandeja no valía más de tres.
—¿Dónde están mis guardias? —exclamó Dany—. ¡Este hombre está intentando robarme! —Bajó la voz para hablar con Jorah en la lengua común—. Puede que no tengan malas intenciones. Los hombres han mirado a las mujeres desde el principio de los tiempos, tal vez no sea más que eso.
—¿Treinta? —dijo el vendedor de bronce haciendo caso omiso de sus susurros—. ¿He dicho treinta? Tonto de mí. El precio es de veinte honores.
—Todos los objetos que tienes en este tenderete no valen juntos veinte honores —le replicó Dany mientras examinaba la imagen reflejada.
El anciano tenía aspecto de ser de Poniente, y el de piel oscura debía de pesar más de ciento treinta kilos. «El Usurpador ofreció un título de señor al hombre que me matara, y estos dos están muy lejos de sus hogares. ¿O serán tal vez enviados de los brujos, que intentan cogerme desprevenida?»
—Diez, khaleesi , y sólo porque sois así de hermosa. Utilizadlo como espejo, sólo un bronce de tanta calidad como éste puede reflejar vuestra belleza.
—Más bien me serviría como orinal para las noches. Si lo tiráis tal vez lo recoja, mientras no tenga que agacharme para ello. Pero ni en sueños pagaría por esto. —Dany le volvió a poner la bandeja en las manos—. Si pensáis que pagaré, es que los gusanos se os han metido por la nariz y os han devorado el cerebro.
—Ocho honores —gritó—. Mis esposas me darán una paliza y me llamarán idiota, pero en vuestras manos no soy más que un niño indefenso. Vamos, ocho, es menos de lo que vale.
—¿Para qué quiero yo una bandeja de bronce, cuando Xaro Xhoan Daxos me da de comer en platos de oro?
Se dio la vuelta como si fuera a alejarse, y aprovechó para lanzar una mirada de hurtadillas a los desconocidos. El hombre de piel oscura era casi tan grueso como había parecido en la bandeja, tenía la cabeza calva y brillante, y las mejillas pulidas de los eunucos. Se ceñía el amplio vientre con una tira de seda amarilla manchada de sudor, de la que le colgaba un largo arakh curvo. Por encima de la seda iba desnudo, a excepción de un chaleco con tachonaduras de hierro que de tan pequeño resultaba absurdo. Los antebrazos, gruesos como troncos de árbol, el pecho ancho y el vientre redondo aparecían cubiertos de cicatrices antiguas, muy blancas en comparación con la piel oscura como una avellana.
El otro hombre vestía una capa de viajero de lana sin teñir, con la capucha echada hacia atrás. Tenía una cabellera larga y blanca que le caía sobre los hombros, y una barba sedosa, blanca también, que le cubría la mitad inferior del rostro. Se apoyaba en un cayado de madera dura casi tan alto como él.
«Si quisieran hacerme algún daño, tendrían que ser muy idiotas para vigilarme de manera tan abierta.» De todos modos, lo más prudente sería regresar adonde estaban Jhogo y Aggo.
—El anciano no lleva espada —dijo a Jorah en la lengua común, mientras se alejaba con él.
—Cinco honores —insistió el vendedor corriendo tras ellos—, por cinco honores es todo vuestro, fue hecho para vos.
—Un cayado de madera dura puede romper un cráneo tan bien como cualquier maza —replicó Ser Jorah.
—¡Cuatro! ¡Sé que lo estáis deseando! —No paraba de saltar ante ellos, retrocediendo, sin dejar de ponerles la bandeja ante los rostros.
—¿Todavía nos siguen?
—Levanta eso un poco más —dijo el caballero al vendedor—. Sí. El anciano finge que está examinando las mercancías que hay en un tenderete de vasijas, pero el de piel oscura no os quita la vista de encima.
—¡Dos honores! ¡Dos! ¡Dos! —El vendedor sudaba copiosamente por el esfuerzo de correr de espaldas.
—Pagadle antes de que se nos muera aquí mismo —dijo Dany a Ser Jorah, mientras se preguntaba qué iba a hacer con una bandeja de bronce tan grande.
Mientras el caballero buscaba las monedas, ella se dio media vuelta. Estaba decidida a poner fin a aquella farsa. La sangre del dragón no permitiría que un anciano y un eunuco gordo la siguieran por todo el bazar.
Un qarthiano se cruzó en su camino.
—Madre de Dragones, esto es para vos. —Se arrodilló y le puso ante el rostro un cofrecito enjoyado.
Dany lo cogió casi por puro reflejo. El cofre era de madera tallada, con la tapa de madreperla e incrustaciones de jaspe y calcedonia.
—Sois muy generoso. —Lo abrió. Dentro había un brillante escarabajo verde de ónice y esmeraldas.
«Es muy bonito —pensó—. Servirá para ayudarnos a pagar el pasaje.»
—Lo siento mucho —dijo el hombre cuando la vio meter la mano en el cofre, pero ella apenas lo oyó.
El escarabajo se desenroscó con un siseo. Por un instante Dany pudo ver una cara negra, malévola, casi humana, y una cola arqueada de la que goteaba veneno… y en aquel momento el cofre salió volando de su mano en pedazos. Un dolor repentino le atenazó los dedos. Lanzó un grito y se agarró la mano, mientras el vendedor de objetos de bronce empezaba a chillar, después gritó una mujer, y pronto todos los qarthianos estaban gritando y empujándose. Ser Jorah pasó junto a ella, y Dany cayó con una rodilla en tierra. Volvió a oír el siseo. El anciano golpeó el suelo con el extremo de su cayado, Aggo llegó al galope por en medio de un tenderete donde se vendían huevos y saltó de la silla, el látigo de Jhogo restalló en el aire, Ser Jorah golpeó al eunuco en la cabeza con la bandeja de bronce, marineros, prostitutas y mercaderes corrían o gritaban, o hacían ambas cosas…
—Mil perdones, Alteza. —El anciano se arrodilló—. Ya está muerta. ¿Os he roto la mano?
—Me parece que no. —Dany abrió y cerró los dedos, con una mueca.
—Tenía que quitároslo de la mano —empezó a explicar.
Pero en aquel momento sus jinetes de sangre cayeron sobre él. Aggo le arrebató el cayado de una patada, y Jhogo lo agarró por los hombros, lo tiró al suelo y le puso la daga en la garganta.
—Hemos visto cómo te golpeaba, khaleesi . ¿Quieres ver tú el color de su sangre?
—Soltadlo. —Dany se puso en pie—. Mira el extremo de su cayado, sangre de mi sangre. —El eunuco había conseguido derribar a Ser Jorah. Se interpuso entre ellos justo en el momento en que el arakh y la espada larga salían centelleantes de sus vainas—. ¡Guardad los aceros! ¡Basta!
—¿Qué decís, Alteza? —Mormont bajó la espada sólo unas pulgadas—. Estos hombres os estaban atacando.
—Me estaban defendiendo. —Dany sacudió la mano, le hormigueaban los dedos—. El que me atacó fue el otro, el qarthiano. —Miró a su alrededor, pero ya había desaparecido—. Era un Hombre Pesaroso, en ese cofre enjoyado que me dio había una manticora. Este hombre me la quitó de la mano. —El vendedor de bronce seguía rodando por el suelo. Dany se dirigió hacia él y lo ayudó a ponerse en pie—. ¿Os ha picado?
—No, buena señora —dijo, tembloroso—. Si me hubiera picado ya estaría muerto. Pero me rozó, agh , cuando salió volando de la caja me cayó en el brazo.
Se había ensuciado los calzones, y no era de extrañar. Le dio una moneda de plata a modo de compensación, y se despidió de él antes de volverse hacia el anciano de la barba blanca.
—¿A quién debo mi vida?
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