Margaret Weis - El Orbe de los Dragones

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Después de El Mazo de Kharas llega la esperadísima segunda parte de Las Crónicas Perdidas de la Dragonlance.
La temida Dama Azul, Kitiara, pone en marcha un complot que conducirá a los caballeros solámnicos hasta el límite del glaciar en busca del Orbe de los Dragones, y su rival Laurana inicia un viaje hacia su destino cuando Sturm, Flint, Tasslehoff y ella se unen a los caballeros en su peligrosa misión.
Pero es Kitiara la que afronta un reto crucial. Jura pasar la noche en el lugar más temido de Krynn: el alcázar de Dardaard. Nadie que se haya aventurado en ese sitio pavoroso ha vuelto para contarlo, pero Kit tiene que enfrentarse a Soth o afrontar la muerte a manos de su reina.

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El Código y la Medida. Una cita secreta

A sir Derek Crownguard no le gustaba ser un invitado en el castillo Wistan, pero el caballero no podía hacer mucho al respecto. Su feudo —un castillo fronterizo al norte de Solanthus— lo habían invadido las fuerzas de la Reina de la Oscuridad y, según le habían contado, lo habían reconstruido y ocupado tropas enemigas que ahora controlaban todo el este de Solamnia. El hermano menor de Derek había perecido en el ataque. Cuando se hizo evidente que el castillo iba a caer, Derek se había enfrentado a la elección de morir por una causa perdida o seguir vivo para volver algún día y reclamar las posesiones y el honor de su familia. Había huido junto con los amigos y tropas que habían sobrevivido. Envió a su esposa y a sus hijos a Palanthas a vivir con sus parientes mientras él viajaba a la isla de Sancrist, donde había pasado semanas discutiendo con sus compañeros de la caballería cuál sería la mejor forma de reclutar y organizar las fuerzas que expulsaran al enemigo de su tierra natal.

Derek había vuelto a Palanthas hacía poco, frustrado y contrariado porque sus planes los hubieran desbaratado reiteradamente hombres a los que, en su opinión, les faltaba valor, convicción y visión de futuro. En particular, Derek Crownguard despreciaba a su anfitrión.

—Gunthar se ha convertido en una vieja matrona, Brian —dijo Derek con gesto severo—. Cuando oye que el enemigo se ha puesto en marcha, grita «¡Oh, infausto día!» y se mete debajo de la cama.

Brian Donner sabía que era una acusación ridícula, pero también sabía que Derek, como algunos artefactos gnomos, tenía que soltar vapor para bajar la presión o de lo contrario reventaría y haría daño a los que hubiera a su alrededor.

Los dos caballeros eran de constitución y aspecto semejantes, de ahí que en ocasiones, quienes no los conocían, los tomaban por hermanos, relación que Derek se apresuraba a refutar porque los Crownguard pertenecían a una familia noble de rancio linaje mientras que los Donner venían de un tronco con menos raigambre. Los dos eran rubios y tenían ojos azules, como muchos solámnicos. El cabello de Derek, de un tono rubio un poco más oscuro, ya empezaba a encanecer, al igual que el bigote —el tradicional bigote largo y caído de un Caballero de Solamnia— ya que estaba más cerca de los cuarenta que de los treinta. La diferencia principal radicaba en los ojos. Los de Brian sonreían, en tanto que los de Derek destellaban.

—No coincido con los criterios de Gunthar, pero no es un cobarde, Derek —comentó Brian con tono apacible—. Es cauteloso. Tal vez demasiado...

—¡Su «cautela» me ha costado el castillo de Crownguard! —replicó Derek, furibundo—. Si Gunthar hubiera enviado los refuerzos que le pedí, habríamos resistido la acometida.

Brian tampoco estaba tan seguro de eso, pero era amigo de Derek y compañero de caballería, así que dio por buena aquella afirmación. Los dos revivieron la batalla por centésima vez, con Derek detallando lo que habría hecho si las tropas solicitadas hubiesen llegado. Brian escuchaba, paciente, y asentía a todo lo que Derek decía, como siempre.

Los dos hombres ejercitaban a sus caballos en las praderas y los bosques que había fuera de las murallas de Palanthas. Estaban solos o, en caso contrario, Derek no habría hablado así; podía despreciar a lord Gunthar, pero la Medida exigía que un caballero apoyara a un superior de palabra y obra, y Derek, que dirigía cada momento de su vida según la Medida, nunca hablaba mal de Gunthar en público. Sin embargo, la Medida no decía nada sobre respetar y apoyar a un superior en la intimidad de los pensamientos de cada uno, de modo que Derek desfogaba su ira si estaba solo con un amigo, sin ser culpable de romper el código de conducta que debía gobernar las vidas de los Caballeros de Solamnia.

Derek y su amigo habían salido a galopar y se había alejado de la ciudad. Los dos habían regresado el día anterior de la reunión del Consejo de Caballeros en la isla de Sancrist, una junta que había devenido en una disputa a voces. Derek y sus simpatizantes abogaban por el envío de tropas a la guerra contra los ejércitos de los dragones de inmediato, en tanto que Gunthar y su facción proponían esperar hasta que las tropas estuvieran más entrenadas y mejor equipadas, además de sugerir que quizá deberían plantearse la posibilidad de fraguar una alianza con los elfos.

Ninguno de los dos bandos resultó tener peso suficiente para imponer su criterio; no se pudo decidir nada ni se emprendió acción alguna. Derek creía que lord Gunthar quería que la caballería estuviera dividida, ya que eso significaba que no se haría nada, y había abandonado la reunión furioso, tragándose palabras que un caballero jamás debía decirle a otro caballero. Aunque Brian no estaba completamente de acuerdo con Derek, había apoyado a su amigo y habían tomado el primer barco que zarpaba para cruzar el canal desde Sancrist a Palanthas.

—Si fuera Gran Maestre... —empezó Derek.

—... que no lo eres —señaló Brian.

—¡Pero debería serlo! —declaró Derek con vehemencia—. Lord Alfred es de esa opinión, así como los lores Peterkin y Malborough...

—Pero sólo uno de esos caballeros es miembro del Consejo Plenario y con derecho a voto... Eso, en el caso de que pudiera convocarse un Consejo Plenario, cosa imposible porque no hay suficientes miembros.

—La Medida simplifica los requisitos estipulados para formar un Consejo Plenario en circunstancias tan extremas como en la que nos hallamos ahora. Gunthar está obstaculizando deliberadamente su constitución porque sabe que si hoy se convocara el Consejo Plenario, se me elegiría Gran Maestre.

Brian tampoco estaba convencido de que ocurriera tal cosa. Su amigo contaba con partidarios, sí, pero incluso ellos tenían dudas sobre Derek igual que las tenían sobre Gunthar. El caballero de mayor edad no habría podido impedir la constitución de un Consejo Plenario si otros caballeros no hubieran estado de acuerdo en que se pusieran trabas. ¿La razón? Cautela. Todo el mundo era precavido en los tiempos que corrían. Pero Brian se preguntaba si la cautela no sería en realidad un sinónimo de «miedo» para enmascararlo.

Miedo... El hedor que soltaba olía a rancio en la sala del consejo. Miedo de que Solamnia cayera ante las fuerzas del ejército de los dragones. Miedo de que dejaran de ser los caballeros los que dirigieran Solamnia como lo venían haciendo desde tiempos de su fundador, Vinas Solamnus. Miedo del hombre que se hacía llamar «emperador de Ansalon». Y más que nada, miedo a los dragones.

Los ejércitos del enemigo tenían una clara y terrible ventaja sobre los caballeros: los dragones. Dos dragones rojos podían acabar con una fuerza de mil soldados en un visto y no visto. Brian sabía que el castillo de Crownguard habría caído aunque lord Gunthar hubiera enviado refuerzos. Probablemente Derek también lo sabía, pero tenía que seguir negándolo o no le quedaría más remedio que afrontar la cruda realidad: hicieran lo que hiciesen los caballeros, Solamnia acabaría cayendo. Jamás se alzarían con la victoria teniendo en contra un adversario tan abrumadoramente superior.

Los dos hombres cabalgaron en silencio un buen rato y dejaron que las monturas pastaran la hierba de finales de otoño que, con el cálido soplo de la brisa marina, aún seguía verde a pesar de que los árboles empezaban a perder sus colores otoñales con la caída de la hoja.

—Hay algo en esta guerra que me parece muy extraño —comentó Brian, rompiendo finalmente el largo silencio.

—¿A qué te refieres? —preguntó Derek.

—Dicen que los ejércitos de los dragones entran en combate entonando rezos e himnos a su oscura diosa. Me resulta chocante que las fuerzas del mal marchen bajo la bandera de la fe en tanto que nosotros, partidarios del bien, negamos la existencia de los dioses.

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