Margaret Weis - La Torre de Wayreth

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Con este volumen la trilogía Las Crónicas Perdidas, la serie donde se narran los hechos que no se explicaron en las Crónicas de la Dragonlance.
La Guerra de la Lanza casi ha llegado a su fin. El hechicero Raistlin Majere se ha convertido en un Túnica Negra y utiliza el Orbe de los Dragones para viajar a Neraka, la ciudad de la Reina Oscura. Parece que Raistlin quiere ponerse al servicio de la diosa, pero en realidad persigue sus propias ambiciones.
Mientras tanto, Takhisis planea acabar con los dioses de la magia en la Noche del Ojo. El futuro de Krynn está escrito. Todos creen saber cómo termina la historia. Pero una noche y una fatídica decisión de Raistlin Majere pueden cambiarlo todo.

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—¿Por qué? ¿Qué pasa? —preguntó el Señor de la Noche, frunciendo el entrecejo otra vez por la contrariedad.

—¡La señal era para la Señora del Dragón Kitiara, mi señor! —contestó el asistente, tembloroso—. La Dama Azul y sus tropas están entrando en la sala ahora mismo.

El Señor de la Noche palideció de furia. Los Espirituales abandonaron la fila y se arremolinaron enfadados alrededor de su líder. Todos querían ser escuchados. La aparición de un draconiano que lucía el emblema de la guardia del emperador trajo consigo un silencio cortante y repentino.

—¿Qué quieres? —preguntó el Señor de la Noche, furibundo.

—Su Majestad Imperial Ariakas transmite sus respetos al Señor de la Noche de la reina Takhisis —dijo el draconiano—. El emperador me envía para informar a vuestra señoría de que ha habido un cambio de planes. Vuestra señoría y sus respetados clérigos entrarán en el salón detrás del Señor del Dragón del Ejército de los Dragones Blancos, lord Toede. El emperador...

—Me niego —repuso el Señor de la Noche con una tranquilidad que resultaba inquietante.

—Ruego que me perdonéis, vuestra señoría —dijo el draconiano.

—Ya me has oído. No voy a entrar el último. De hecho, no voy a entrar. Puedes decírselo a Ariakas.

—Se lo diré al emperador —repuso el draconiano, antes de retirarse con una reverencia y un movimiento desdeñoso de la cola.

El Señor de la Noche paseó su mirada lúgubre por los clérigos.

—Ariakas me insulta y, al insultarme, está insultando a nuestra reina. ¡No estoy dispuesto a aceptarlo, y nuestra diosa tampoco! Iremos al Santuario y desde allí le dedicaremos nuestras oraciones.

Los Espirituales salieron presurosos de la habitación, haciendo gala de una justificada indignación. Raistlin iba a unirse a ellos. Dio un paso, se llevó la mano al pecho y lanzó un grito de dolor desgarrador. Se le cayó el bastón de la mano. Tropezó, se tambaleó y cayó de rodillas, entre toses y escupitajos sanguinolentos. Con un gemido, cayó de bruces y se quedó tendido en el suelo, retorciéndose entre terribles dolores.

Los Espirituales se detuvieron y lo miraron preocupados. Varios dirigieron sus miradas dubitativas hacia el Señor de la Noche.

—¿Deberíamos ayudarle? —preguntó uno de ellos.

—Dejadlo. Morgion se ocupará de su clérigo —repuso el Señor de la Noche, hizo un gesto desdeñoso con la mano y salió apresuradamente de la antecámara.

Los Espirituales no necesitaban que se lo dijeran dos veces. Cubriéndose la boca y la nariz con la manga de sus túnicas negras, pasaban al lado de Raistlin lo más rápido posible.

En cuanto estuvo seguro de que se hallaba solo, Raistlin se puso de pie. Recogió el Bastón de Mago, se acercó a la puerta y se asomó al salón.

Ante él se extendía un puente estrecho de piedra negra. Al final se abría la tribuna envuelta en sombras donde se encontraba el trono de la Reina Oscura. La diosa todavía no había hecho su entrada. Quizá estuviera en el Santuario, escuchando las quejas de su Señor de la Noche. En el salón, retumbaban los tambores y vitoreaban los soldados. Otro Señor del Dragón entraba grandiosamente. Raistlin se aventuró un par de pasos por el puente. Pero no fue muy lejos, pues quería ver, pero no ser visto.

El puente no tenía barandilla, ni pretil. Raistlin se asomó por el borde y vio las cabezas de la multitud que estaba mucho más abajo. Los soldados se elevaban, se retorcían y se agitaban, y a Raistlin le hicieron pensar en un montón de gusanos alimentándose de un cadáver putrefacto. Las plataformas en las que se situaban los tronos de los Señores de los Dragones estaban muy altas sobre el suelo. Unos puentes estrechos de piedra unían las antecámaras de cada Señor con su trono. De esa forma, los Señores de los Dragones no tenían que abrirse paso entre la muchedumbre.

El trono de Ariakas se elevaba sobre los demás. Ocupaba el lugar de honor, justo debajo de la tribuna de la Reina Oscura.

El trono del emperador era de ónice y carente de adornos. Por el contrario, el trono de Takhisis era terriblemente hermoso. El respaldo estaba formado por los cuellos graciosamente curvos de las cinco cabezas de dragón: dos a la derecha, dos a la izquierda y una en el centro. Los brazos del trono eran las patas del dragón; el asiento, el pecho de la bestia. Todo el trono estaba hecho de piedras preciosas: esmeraldas, rubíes, zafiros, perlas y diamantes negros.

Desde su ventajosa posición en el puente, Raistlin podía ver a dos de los Señores de los Dragones. Allí estaba el rostro bello y desdeñoso de Salah-Kahn y los rasgos feos y astutos del semiogro Lucien de Takar. El trono blanco estaba vacío. Ariakas había gritado varias veces llamando a lord Toede, el Señor del Dragón Blanco, pero nadie había respondido.

El mismo Toede que había sido Fewmaster en Solace. El mismo Toede cuya búsqueda del bastón de cristal azul había arrastrado a Raistlin y a sus amigos a terribles peligros y les había hecho emprender el camino brillante e intenso, oscuro y tortuoso que ahora recorrían.

Desde donde estaba, Raistlin no podía ver a Kitiara. Debía de estar sentada en el trono que había a la derecha de Ariakas. Raistlin avanzó un poco más por el puente. Ya no le preocupaba que alguien lo viera desde abajo. La bóveda del salón estaba envuelta en nubes de humo. Esas nubes las emitían los dragones, que lo observaban todo desde sus perchas elevadas, así como las antorchas repartidas por las paredes y las llamas que crepitaban en los braseros de hierro. Con su túnica negra, Raistlin no era más que otra sombra en una sala repleta de sombras.

Takhisis lo estaría observando, como observaría con ávido interés todo lo que estaba sucediendo. El ambiente estaba cargado del olor a humo y a acero, a piel y a intrigas. Seguro que Ariakas también había percibido la pestilencia. Y, sin embargo, permanecía sentado en su trono solo, aislado, apartado, seguro de su invulnerabilidad. No había apostado guardias armados, sólo contaba con la Corona del Poder. Que sus vasallos se preocupasen de las espadas. Ariakas no temía nada ni a nadie. Contaba con el respaldo de su reina.

«Pero ¿sigue siendo eso cierto?», se preguntaba Raistlin.

De los gobernantes se espera una actitud segura. Incluso la arrogancia se permite en un trono. Pero los dioses no perdonaban la soberbia. El último hombre vivo que había llevado la corona se había visto aquejado de esa enfermedad. El Príncipe de los Sacerdotes de Istar se había creído tan poderoso como un dios. Los dioses de Krynn le habían enseñado lo que era realmente el poder, y una montaña abrasadora había caído sobre su cabeza. Ariakas había cometido el error de tener un concepto demasiado alto de sí mismo.

Desde donde estaba, por fin Raistlin podía ver a Kitiara. Y con ella estaba Tanis, el semielfo.

34

La Corona del Amor. La Corona del Poder

Día decimosexto, mes de Mishamont, año 352 DC

Raistlin no esperaba encontrar allí a Tanis, y no se lo tomó como una sorpresa agradable. La presencia del semielfo podía trastocar seriamente su plan. Tanis no estaba junto a su hermana, pues únicamente el Señor del Dragón podía acceder a la plataforma. No obstante, estaba lo más cerca posible de ella, en el último escalón que llevaba al trono.

Raistlin frunció los labios. Tanis había ido a Neraka a salvar a la mujer que amaba. Pero ¿sabía acaso qué mujer era ésa?

El consejo proseguía su marcha. Raistlin estaba mucho más alto que los tronos de los Señores de los Dragones y, aunque hasta él llegaba la voz profunda de Ariakas, la mayor parte de lo que decía se perdía en la vastedad de la cámara. Por lo que entendió, el Señor del Dragón Toede no había acudido porque lo había matado un kender. La noticia provocó un sonido que Raistlin sí distinguió perfectamente: la carcajada burlona de Kitiara.

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