Philip Pullman - La maldición del rubí

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La maldición del rubí es el primer número de Sally en donde se nos presenta a una chica de 16 educada para ser una mujer independiente, en un siglo donde la mujer no lo era tanto. Sus conocimientos en economía, finanzas e inversiones igualan y superan a los mejores en su tiempo, como lo fué su padre.
En fin. Sally no será lo mejor del mundo, sin embargo logra conjugar aventuras infantiles y una trama un tanto detectivesca.

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De todos los lúgubres rincones de Wapping, ninguno lo era tanto como el Muelle del Ahorcado. Hacía tiempo que ya no se utilizaba como muelle, pero aún conservaba el nombre. Ahora era una especie de laberinto atestado de casas y tiendas, cuyas trastiendas y habitaciones posteriores iban a parar directamente al río. Había un suministrador de material para barcos, una casa de empeños, una pastelería, un pub llamado El Marqués de Granby y una pensión. Pensión, en el East End, es una palabra que abarca una multitud de horrores. En el peor de los casos significa una habitación insoportablemente húmeda, con pestilencias venenosas, y una especie de catre de tijera situado justo en medio. Sus clientes habituales son los borrachos o los pobres que pueden permitirse el lujo de pagar un penique por el privilegio de desplomarse sobre ese catre y evitar así tener que dormir tirados en el suelo.

En el mejor de los casos, significa un lugar decente, limpio, donde cambian las sábanas cuando se acuerdan.

Entre un tipo de pensión y otro se encuentra la Pensión Holland. Allí, una cama compartida para pasar la noche puede costar tres peniques; si la cama es para una sola persona, cuatro peniques; una habitación individual, seis peniques, y el desayuno, un penique. Es imposible estar solo en la Pensión Holland. Cuando las pulgas no se dignan comerte vivo, los chinches te acogen con los brazos abiertos.

A esa casa llegó el señor Jeremiah Blyth, un fornido y misterioso abogado de Hoxton. El último negocio con el propietario de la pensión se había gestionado fuera de allí y ésa era la primera vez que visitaba el Muelle del Ahorcado.

Llamó a la puerta y le abrió una niña, cuyos ojos, obscuros y enormes, destacaban entre sus otras facciones. La niña sólo entreabrió la puerta y dijo en voz baja:

– ¿Sí, señor?

– Soy el señor Jeremiah Blyth -dijo el visitante-. La señora Holland me está esperando.

La chiquilla abrió la puerta lo justo para dejarle entrar y luego pareció desaparecer en la penumbra del vestíbulo.

El señor Blyth entró y tamborileó sobre su sombrero de copa, observó detenidamente un grabado polvoriento de la Muerte de Nelson e intentó no adivinar el origen de las manchas del techo.

En esos momentos apareció arrastrando los pies, precedida de un olor a col hervida y a gato viejo, la propietaria de la casa. Era una señora mayor de mejillas hundidas, labios fruncidos y ojos brillantes. Alargó una mano, que más parecía una garra, a su visitante y se puso a hablar, pero debía de hablar en turco porque no logró entender ni una sola palabra de lo que decía.

– Disculpe, señora, no he acabado de entender lo que… La señora murmuró algo y le indicó el camino hacia un diminuto salón, donde el olor a gato viejo se hacía más intenso y alcanzaba límites insospechados. Después de cerrar la puerta, abrió una cajita que estaba sobre la repisa de la chimenea y sacó de ella una dentadura postiza; enseguida se la ajustó a presión en su arrugada boca y cerró los labios. La dentadura era demasiado grande para su boca y tenía un aspecto absolutamente espantoso.

– Así está mejor -dijo-. Siempre me olvido la dentadura dentro. Era de mi pobre y querido marido, sí, lo era. Marfil auténtico. Fabricado para él en Oriente ya hace veinticinco años. ¡Fíjese qué maravilla!

Le mostró los mismos colmillos marrones y encías grises que enseñan los animales cuando gruñen. El señor Blyth dio un paso hacia atrás. -Y cuando murió, pobrecito -prosiguió la mujer-, iban a enterrar la dentadura con él, porque murió de repente, ¿sabe? Fue el cólera. Se fue en tan sólo una semana, mi pobre patito. Pero se la saqué de la boca de un golpe justo antes de que cerraran la tapa del ataúd. Porque pensé que se podía utilizar durante muchos más años.

El señor Blyth tragó saliva.

– Siéntese allí -dijo-. Como si estuviera en su casa. ¡Adelaide!

La niña apareció. No debía de tener más de nueve años, pensó el señor Blyth, y por lo tanto, según la ley, debería estar en el colegio, ya que el nuevo sistema educativo, que había entrado en vigor hacía sólo dos años, obligaba a que los menores de trece años fueran escolarizados. Sin embargo, la conciencia del señor Blyth era tan fantasmagórica como aquella niña, demasiado insustancial para empezar a preguntar, y olvidó cualquier posible reprensión al respecto. Así pues, tanto su conciencia como la niña permanecieron en silencio mientras la señora Holland le daba instrucciones para servir el té; y luego ambas desaparecieron de nuevo.

Al volver con su visitante, la señora Holland se inclinó hacia delante, le dio un golpecito en la pierna y dijo:

– ¿Y bien? Ha hecho los deberes, ¿verdad? No sea reservado, señor Blyth. Abra su maleta y haga a esta vieja partícipe del secreto.

– Claro, claro -dijo el abogado-. Aunque estrictamente hablando no existe ningún secreto como tal, ya que nuestro acuerdo se efectuará en términos perfectamente legales…

La voz del señor Blyth acostumbraba disminuir de intensidad gradualmente en vez de pararse al final del discurso que emitía; parecía sugerir que estaba abierto a cualquier propuesta alternativa que pudiera surgir en último momento. La señora Holland asentía enérgicamente.

– De acuerdo -dijo la mujer-. Todo en orden y legal. Nada de juego sucio. Justo lo que quería. Adelante pues, señor Blyth.

El señor Blyth abrió su maletín de piel y sacó algunos documentos.

– El miércoles pasado fui a Swaleness -dijo- y cerré el trato con ese caballero según las condiciones de las que ya hablamos en nuestra última reunión…

Hizo una leve pausa para dejar que Adelaide entrara en la habitación con la bandeja del té. La puso sobre la mesita, cubierta de polvo, hizo una reverencia a la señora Holland y se fue sin decir palabra. Mientras la señora Holland servía el té, el señor Blyth reanudó la conversación:

– Las… condiciones… para estar seguros. El objeto en cuestión debe depositarse en el banco de los señores Hammond y Whitgrove, en Winchester Street…

– ¿El objeto en cuestión? No sea reservado, señor Blyth. Hable sin tapujos.

Se sentía extremadamente molesto por tener que mencionar algo claramente. Bajó el tono de voz, inclinó su cuerpo hacia delante y miró a su alrededor antes de empezar a hablar. -El… rubí será depositado en el Banco Hammond & Whitgrove para que permanezca allí hasta la muerte del caballero; después, según las condiciones de su testamento, debidamente firmado como testigo por mí mismo y… por una tal señora Thorpe…

– ¿Quién es esa señora? ¿Una vecina?

– Una sirvienta, señora. En quien no se puede confiar del todo… La bebida…, ya se sabe; pero su firma es por supuesto válida. ¡Ejem! El rubí permanecerá, como le he dicho, en Hammond & Whitgrove, hasta la muerte del caballero; después de lo cual será de su propiedad…

– Y esto es legal, ¿verdad?

– Totalmente, señora Holland…

– ¿Sin pequeños y desagradables contratiempos? ¿No habrá sorpresas de última hora?

– Nada de eso, señora. Aquí tengo una copia del documento, firmado por el mismo caballero. Prevé, como puede observar, cualquier eventualidad…

La mujer le arrebató el papel de las manos y lo examinó con impaciencia.

– Me parece correcto -dijo la señora Holland-. Muy bien, señor Blyth. Soy una mujer justa. Ha hecho un buen trabajo y le pagaré sus honorarios. La dolorosa, por favor.

– ¿La dolorosa? Ah, sí…, por su puesto. Mi contable está preparando la cuenta en este momento, señora Holland. Me ocuparé de que sea debidamente enviada…

Se quedó aún unos quince minutos más antes de irse. Después de que Adelaide le mostrara el camino de salida, silenciosa como una sombra, la señora Holland se sentó por unos instantes en el salón, leyendo una vez más el documento que el abogado le había traído. Entonces guardó los dientes postizos, no sin antes limpiarlos en la tetera, se puso la capa y se marchó con la intención de ver el edificio del Banco Hammond & Whitgrove, en Winchester Street.

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