– ¿Qué puede ser? ¿Lo sabes?
– Pues claro. C-H-A-T-H-A-M, Chatham, en Kent.
– Es posible.
– Y ese Marchbanks vive allí. ¿Qué te apuestas? Por eso lo pone en la nota. Oye -dijo él, viendo cómo Sally miraba hacia arriba-, no tienes que preocuparte por Higgsy, porque, si no hubieras sido tú, seguramente otra persona se lo hubiese dicho algún día. Era culpable de algo. ¡Ya lo creo! Y Selby también. No le has dicho nada, ¿verdad? Ella negó con la cabeza.
– Sólo te lo he dicho a ti. Pero no sé ni cómo te llamas.
– Jim Taylor. Y si quieres encontrarme, estoy en el 13 de Fortune Buildings, Clerkenwell. Te ayudaré.
– ¿De verdad lo harás?
– ¡Ya lo creo!
– Bueno, si… Si te enteras de algo, escríbeme a la atención del señor Temple, de Lincoln's Inn.
Se abrió la puerta y el conserje entró.
– ¿Está bien, señorita? -preguntó-. ¡Qué terrible suceso! ¿Otra vez tú? -le dijo a Jim-. Deja de merodear por aquí. La poli ha pedido un médico para certificar la muerte. Venga, lárgate y encuentra a un médico.
Jim guiñó el ojo a Sally y se fue. El conserje se acercó directamente al buzón y se puso a maldecir al no encontrar nada debajo.
– Será sinvergüenza el chaval -murmuró-. Me lo tenía que haber imaginado. ¿Desea una taza de té, señorita? No creo que el señor Selby haya pensado en eso, ¿verdad?
– No, gracias. Debo marcharme. Mi tía debe de estar ya un poco preocupada… ¿Quería verme el agente de policía?
– Creo que vendrá dentro de poco. Bajará cuando la necesite. ¿Qué…, hum…, cómo pasó lo del señor Higgs?
– Estábamos hablando sobre mi padre -dijo Sally- y de repente…
– Tenía el corazón débil -dijo el conserje-. A mi hermano le pasó lo mismo en las últimas Navidades. Después de una copiosa cena encendió un puro y luego perdió el sentido, y su cara acabó dentro del bol de frutos secos. Oh, vaya, le ruego que me disculpe, señorita. No pretendía molestarla con mis historias.
Sally le disculpó negando con la cabeza. Justo entonces llegó el policía, anotó el nombre y la dirección de la chica y se fue. Sally permaneció un minuto o quizá dos con el viejo conserje, aunque, recordando la advertencia de Jim, no le comentó nada sobre la carta de las Indias Orientales. Y fue una pena, porque él le hubiese podido decir algo.
Sally no tenía ninguna intención de matar a nadie, a pesar de llevar un arma en su bolso. La causa real de la muerte de Higgs, la carta, había llegado aquella misma mañana, enviada por el abogado a la casa de Peveril Square, Islington, donde Sally vivía. La casa pertenecía a un pariente lejano de su padre, una viuda severa, la señora Rees; Sally se alojaba allí desde el mes de agosto y no se sentía precisamente muy feliz. Pero no tenía otra opción. La señora Rees era el único familiar vivo que tenía.
Su padre había muerto hacía tres meses, al hundirse la goleta Lavinia en los mares del sur de China. Su objetivo era investigar algunas extrañas anomalías detectadas en los informes de los agentes de la compañía en el Extremo Oriente…, algo que debía ser investigado sin demora y que no se podía llevar a cabo desde Londres. Antes de partir, su padre ya le había advertido que podía ser peligroso.
– Quiero hablar con nuestro responsable en Singapur -había dicho él-. Es un holandés llamado Van Eeden. Sé que es de confianza. Si por casualidad no regreso, él te explicará el porqué.
– ¿No podrías enviar a otra persona?
– No. Es mi empresa y debo ir yo mismo.
– Pero padre, ¡tienes que volver!
– Por supuesto que volveré. Pero debes estar preparada para… para cualquier cosa. Eres una chica valiente. Ten la pistola a punto, mi niña, y piensa en tu madre…
La madre de Sally había muerto durante el Motín de la India, quince años atrás. Una bala que provenía del rifle de un cipayo atravesó su corazón al mismo tiempo que ella le disparaba con una pistola y le mataba. Sally sólo tenía algunos meses, y era su único hijo. Su madre había sido una mujer joven, romántica, luchadora y salvaje, que cabalgaba como un cosaco, disparaba como un campeón de tiro y fumaba (para escándalo y fascinación del regimiento) pequeños puros negros con una boquilla de marfil. Era zurda, y por esa razón empuñaba la pistola con la mano izquierda, y también por eso estrechaba a Sally con la derecha, y eso explica que la bala penetrara en su corazón sin alcanzar al bebé; aunque le rozó el bracito y le dejó una cicatriz. Sally no podía recordar a su madre, pero la quería; desde entonces había sido educada por su padre, de forma extraña, según los entrometidos. Un tiempo después, el capitán Matthew Lockhart dejó la Armada para iniciar la carrera de agente marítimo, lo que resultó ciertamente extraño. Lockhart se dedicaba a enseñar él mismo a su hija por las noches y le daba total libertad durante el día. Como resultado, sus conocimientos sobre literatura inglesa, francés, historia, arte y música eran nulos, pero en cambio tenía sólidos conocimientos de estrategia militar y de contabilidad, estaba familiarizada con el mundo de la Bolsa y dominaba una de las lenguas que se hablan en la India, el indostaní. Además, sabía montar a caballo perfectamente (aunque a su pony no le gustaría eso de trotar como un cosaco), y al cumplir catorce años su padre le había regalado una pequeña pistola belga, que llevaba a todas partes, y le había enseñado a disparar. Ahora era casi tan buena disparando como su madre. Sally era una chica solitaria, pero completamente feliz; la única mancha de su niñez fue la Pesadilla.
La asaltaba una o dos veces al año. Se asfixiaba por un calor insoportable -en medio de una intensa obscuridad- y en alguna parte, muy cerca, oía gritar a un hombre que sufría una agonía terrible. Después, liberada de la obscuridad, aparecía una luz temblorosa, algo parecido a una vela que alguien llevaba en la mano, alguien que se acercaba a ella apresuradamente, y entonces otra voz gritaba: «¡Mira! ¡Mírale! Dios mío…, mira». Pero ella no quería mirar. Era la última cosa en el mundo que quería hacer, y justo en ese instante era cuando se despertaba, bañada en sudor, sofocada y sollozando de miedo. Su padre acudía rápidamente, la calmaba y luego ella se dormía otra vez; pero necesitaba más o menos un día para superarlo.
Entonces llegó lo del viaje de su padre, y esas semanas en las que estuvieron tan alejados y, finalmente, el telegrama anunciando su muerte. El abogado de su padre, el señor Temple, se había encargado del asunto inmediatamente. La casa en Norwood se cerró, los criados recibieron las pagas que les correspondían y fueron despedidos, el pony se vendió. Al parecer había algunas irregularidades en el testamento de su padre o en el fideicomiso que él había dispuesto y, en consecuencia, Sally iba a obtener mucho menos dinero de lo que nadie hubiera pensado. Fue encomendada a la prima segunda de su padre, la señora Rees, y allí había vivido hasta esa misma mañana, justamente cuando recibió la carta.
Sally pensó, antes de leerla, que la debía de haber enviado el agente holandés, el señor Van Eeden. Pero el papel estaba rasgado, y la redacción era torpe e infantil; ¡un hombre de negocios europeo no podía escribir así! Además, no estaba firmada. Después se había acercado a la oficina de su padre con la esperanza de que alguien supiera lo que significaba.
Y había encontrado a alguien que lo sabía.
Volvió a Peveril Square (ella nunca pensó que fuera su casa) en el autobús de tres peniques y se preparó para enfrentarse con la señora Rees.
No le habían dado la llave de casa. Ésa era una de las formas que tenía la señora Rees de hacer que se sintiera una extraña: tenía que llamar al timbre cada vez que quería entrar, y la sirvienta que le abría la puerta siempre tenía aquel ademán de haber sido interrumpida de alguna tarea más importante.
Читать дальше