Poul Anderson - La nave de un millón de años

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Desde las primitivas tribus escandinavas, desde la antigua China y la Grecia clásica, hasta nuestros días y todavía más allá, hacia un tuturo de miles y miles de años, pasando por el Japón Imperial, la Francia de Richelieu, la América indígena y la Rusia estalinista...
La nave de un millón de años

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—¿No cambiarás de parecer, Hanno? —preguntó Piteas.

—No puedo —masculló Hanno—. Me quedaré para cobrar mi paga y luego me marcharé.

—¿Por qué? No lo entiendo. Y no quieres explicarte.

—Es mejor.

—Un hombre hábil como tú tiene un gran futuro aquí…, posibilidades ilimitadas. Y no como extranjero. Con mis influencias, puedo hacerte ciudadano de Massalia, Hanno.

—Lo sé. Lo has dicho antes. Gracias, pero no.

Piteas tocó la mano del fenicio, que aferró la borda con fuerza. —¿Temes que la gente te recrimine tu origen? No lo hará, te lo prometo. Estamos por encima de eso, somos una cosmópolis.

—Soy un extraño en todas partes.

—Nunca me has abierto tu alma —suspiró Piteas—, tal como yo te la he abierto a ti. Y aun así… nunca me he sentido tan cerca de nadie. Ni siquiera de… —Se interrumpió, y ambos desviaron los ojos.

Hanno adoptó de nuevo su voz tranquila. Sonrió.

—Hemos compartido cosas tremendas, buenas y malas, terribles y aburridas, divertidas y espantosas, deliciosas y mortales. Eso forja vínculos.

—Y sin embargo los cortarás… ¿Sin más? —musitó Piteas—. ¿Simplemente dirás adiós?

Por un instante, antes de que Hanno recobrara su expresión burlona, algo se desgarró en él y el griego entrevió un dolor desconcertante.

—¿Qué es la vida sino siempre decir adiós?

II. Los melocotones de la eternidad

Un inspector de Ch'ang-an visitaría a Yen Ting-kuo, subprefecto del distrito del Arroyo Caudaloso, por encargo del mismo emperador. Un correo llegó de antemano, dando a la familia tiempo para preparar una bienvenida adecuada. La partida llegó al mediodía: primero una polvareda en el camino del este, luego una tropa de hombres montados, servidores y soldados, escoltando un carruaje tirado por cuatro caballos blancos.

La gallardía de los pendones en alto y el metal relampagueante contrastaba con la serenidad del paisaje. Desde la cima de la colina donde vivía Yen Ting-kuo, la vista abarcaba hasta la Aldea de Piedra Molar, paredes de tierra, techos de tejas o bálago apiñados a lo largo de callejones donde trajinaban cerdos y labriegos, un grato espectáculo que formaba parte del amarillento suelo de loes del cual los hombres extraían su alimento. Más allá se extendían las tierras. Empezaba el verano, y el intenso verdor de la cebada y el mijo cubría las terrazas, moteadas con las prendas azules de los labriegos. Las diminutas granjas estaban muy desperdigadas. Aquí y allá los huertos habían terminado de florecer, los frutos estaban maduros y las hojas llenas de sol. A lo largo de las zanjas de irrigación, los sauces tiritaban en una brisa que olía a fecundidad. En las lomas lejanas los pinos y cipreses se erguían con oscura dignidad. A izquierda y derecha los contornos de los altos pastos se perfilaban en la sombra.

Al oeste de la aldea las colinas se volvían abruptas y boscosas. El viaje a la frontera, hasta los dominios de los tibetanos, los mongoles y otros bárbaros, continuaba siendo difícil, pero aquí la civilización ya empezaba a ralear y se valoraba más que en los centros urbanos, donde disfrutaban de ella plenamente.

Yen Ting-kuo murmuró:

Bella es la procesión de estaciones que nos legaron los dioses, y la procesión de costumbres y ritos que nos legaron los antepasados… pero interrumpió el antiguo poema y entró por el portón. Normalmente habría seguido hasta la casa y habría esperado dentro. Para recibir al enviado imperial, se instaló en el porche con sus hijos, ataviados con sus mejores prendas. Los criados flanqueaban el camino que atravesaba el patio interior; en otras partes los arbustos formaban un laberinto que conducía a un estanque con pececillos. Mujeres, niños y peones se apiñaban en otros edificios del complejo.

Repiqueteos, cascabeles y clamores anunciaron la llegada. Un palafrenero la anunció más formalmente, y al desmontar fue recibido por el chambelán del subprefecto. Intercambiaron gestos y palabras. Luego apareció el inspector. Los criados se prosternaron y Yen Ting-kuo hizo la reverencia debida a un noble de rango menor. Ts'ai Li respondió con cortesía. No era imponente, sino de talla baja y bastante joven para su jerarquía, mientras que el subprefecto era alto y canoso. Incluso los emblemas que el inspector se había puesto al bajar del vehículo mostraban indicios de Un viaje agotador. Sin embargo, su aplomo revelaba muchas generaciones de proximidad con el trono. Anfitrión y huésped simpatizaron de inmediato.

Poco después pudieron hablar a solas. Ts'ai Li había ido a sus aposentos, donde lo habían bañado y le habían cambiado el atuendo. Entretanto se hicieron arreglos para que su séquito, sus asistentes y criados se alojaran en el complejo según el rango, y los soldados entre los aldeanos. Atractivos aromas flotaban en el aire, la preparación de un banquete: especias, hierbas, carnes asadas —aves, lechones, perro, tortuga— y tibios licores. Chasquidos de cítara y campanilleos llegaban desde la casa donde ensayaban los cantores y las bailarinas.

El inspector había insinuado que antes de la reunión con los funcionarios locales deseaba entablar una charla confidencial. Conversaron en una cámara casi desnuda excepto por dos biombos, esteras de paja fresca, apoyabrazos, una mesa baja con vino y tortas de arroz del sur.

Era una habitación brillante y aireada de agradables proporciones; las pinturas —bambúes y una escena de montaña— y la caligrafía de los biombos eran exquisitas. Ts'ai Li manifestó mesuradamente su admiración, dando a entender que le agradaban pero no exigía que se las obsequiaran.

—El esclavo de mi señor lo agradece con humildad —dijo Yen Ting-kuo—. Temo que en estas zonas remotas nos encontrará pobres e incultos.

—En absoluto —replicó Ts'ai Li. Sus largas uñas pintadas relucieron cuando se acercó la taza a los lacios—. En verdad, esto parece un refugio de paz y orden. Cielos, aun cerca de la capital medran la chusma y el bandidaje, mientras que en otras partes cunde la rebelión abierta, y sin duda los hsiung-nu nos vuelven a mirar ávidamente desde allende la Muralla. Por eso llevo mi escolta. —Su tono manifestó desdén por los soldados, la más baja de las clases libres—. Gracias al Cielo, no fue necesario utilizarla. Los astrólogos anunciaron que era un día propicio para mi partida.

—Quizá la presencia de los soldados contribuyó a que lo fuera —dijo Yen Ting-kuo, con sequedad.

Ts'ai Li sonrió.

—Palabras de un benévolo y viejo barón. Supongo que nuestra familia ha brindado líderes a este distrito por mucho tiempo.

—Desde que el emperador Wu-ti escogió a mi honrado antepasado Yen Chi después de sus servicios contra los bárbaros del Norte.

—¡Ah, ésos fueron días de gloria! —suspiró Ts'ai Li—. Nosotros, herederos empobrecidos, sólo podemos luchar contra un creciente caudal de problemas.

Yen Ting-kuo se balanceó sobre los talones, se aclaró la garganta y miró a su huésped.

—Sin duda mi señor guía ese esfuerzo —dijo—, habiendo realizado un viaje tan largo y arduo. ¿En qué podemos contribuir a sus rectos propósitos?

—Ante todo necesito información, y tal vez un guía. A la capital han llegado ciertos rumores sobre un sabio, un verdadero santo, que vive en vuestros dominios.

—¿Qué? —exclamó Yen Ting-kuo, asombrado.

—Historias de viajeros, pero hemos interrogado a varios de ellos, y sus descripciones coinciden. Predica el Tao, y su virtud parece haberle proporcionado gran longevidad. —Ts'ai Li titubeó—. ¿Inmortalidad, acaso? ¿Qué sabéis, subprefecto? —Ya. —Yen Ting-kuo frunció el ceño—. Entiendo. El que se hace llamar Tu Shan.

—¿Sois escéptico, entonces?

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