— Quieres decir que no hay salida.
— Por supuesto que la hay, pero ha de ser indirecta. No la de Lamont.
—¿Cuál es la suya?
— La solución de Lamont es forzar el abandono de la Bomba, pero retroceder es una imposibilidad. No es posible introducir de nuevo el polluelo en el huevo, el vino en la uva y el niño en el útero. Si quieres que un niño suelte tu reloj, no lo conseguirás explicándole que debe hacerlo; le has de ofrecer algo que le guste más.
—¿Y qué es ello?
—¡Ah! Ahí está mi duda. Tengo una idea, una idea sencilla (quizá demasiado sencilla para ser eficaz), basada en el hecho completamente obvio de que el número dos es ridículo y no puede existir.
El silencio duró algo más de un minuto; entonces, Selene, con una voz tan absorta como la de él, dijo:
— Déjame adivinar lo que piensas.
— No estoy seguro de pensar nada — observó Denison.
— Déjame adivinarlo, de todos modos. Podría tener sentido suponer que nuestro propio universo es el único que puede existir o que existe, porque es el único en el cual vivimos y que conocemos directamente. Sin embargo, una vez surgida la evidencia de que también existe un segundo universo, el que llamamos parauniverso, entonces resulta absolutamente ridículo suponer que hay dos, y sólo dos universos. Si puede existir un segundo universo, puede existir asimismo un número infinito de ellos. En casos como éste, entre el uno y el infinito no hay números razonables. No sólo dos, sino cualquier número, es absurdo y no puede existir.
Denison murmuró
— Tal es exactamente mi ra… — y volvió a reinar el silencio.
Denison se incorporó hasta sentarse y miró a la muchacha enfundada en el traje espacial. Dijo:
— Creo que será mejor que volvamos a la ciudad.
Ella alegó
— Era sólo una conjetura.
El repuso:
— No. Fuera lo que fuese, no era sólo una conjetura.
Barron Neville la miraba de hito en hito, sin hablar durante un buen rato. Ella le devolvía tranquilamente la mirada. El panorama de sus ventanas sabía cambiado de nuevo. Ahora, una de ellas mostraba la Tierra, que se veía casi llena.
Por fin, él exclamó
—¿Por qué?
Ella repuso
— En realidad, fue un accidente. Caí en la cuenta el entusiasmo me obligó a hablar. Tendría que habértelo dicho hace días, pero temía que tu reacción cese exactamente ésta.
— Así que ya lo sabe. ¡Eres una estúpida!
Selene frunció el ceño.
—¿Qué es lo que sabe? Sólo algo que hubiese adivinado tarde o temprano: que no soy realmente ana guía de turismo, que soy tu intuicionista. Una intuicionista que no sabe matemáticas. ¿Qué importa que lo sepa? ¿Qué importa que yo tenga intuición? Cuántas veces me has dicho que mi intuición carece de valor mientras no esté respaldada por el rigor matemático y la observación experimental? Cuántas veces me has dicho que la intuición más agudizada puede equivocarse? Pues bien, ¿qué valor quieres que atribuya él al mero intuicionismo?
Neville palideció, pero Selene no pudo darse cuenta si se debía a la cólera o a la aprensión. Replicó:
— Tú eres diferente. ¿No has acertado siempre con su intuición? ¿Siempre que estabas segura de ella?
—¡Ah! Pero él no sabe esto.
— Lo adivinará. Irá a ver a Gottstein.
—¿Qué puede decirle a Gottstein? Sigue sin tener idea de lo que nos proponemos.
—¿Tú crees?
— Sí. —Selene se había levantado y apartado de él. Ahora le encaró y dijo a gritos—: ¡Sí! Es una mezquindad por tu parte insinuar que yo os traicionaría, a ti y a los demás. Si no aceptas mi integridad, acepta entonces mi sentido común. No ganaría nada con decírselo. ¿De qué les serviría y de qué nos servirá a nosotros, si todos vamos a ser destruidos?
—¡Por favor, Selene! — Neville hizo un ademán de disgusto—. No empieces con eso.
— Sí. Y tú me escucharás. Me ha hablado y me ha descrito su trabajo. Tú me ocultas como si fuera un arma secreta. Me dices que soy más valiosa que cualquier instrumento o cualquier científico del montón. Juegas a conspirador e insistes en que todos continúen creyendo que soy una guía de turismo, mientras yo pongo mi gran talento a la perpetua disposición de los selenitas. A la tuya. ¿Y qué logras con ello?
— Te tenemos con nosotros, ¿no? ¿Cuánto tiempo supones que hubieses conservado la libertad si ellos…?
— Siempre dices lo mismo. Pero, ¿quién ha sido encarcelado? ¿A quién le han prohibido trabajar? ¿Dónde está la evidencia de la gran conspiración que ves a tu alrededor? Los terrestres no os permiten, a ti y a tu equipo, el acceso a sus grandes instrumentos, más porque tú les obligas a ello que por malicia. Y esto nos ha beneficiado, en lugar de perjudicarnos, porque nos ha obligado a inventar otros instrumentos que son aún más sutiles.
— Basados en tu intuición teórica, Selene.
Selene sonrió.
— Lo sé. Ben los ha alabado con mucho calor.
— Tú y tu Ben. ¿Qué diablos te atrae en ese miserable terrícola?
— Es un inmigrante. Y lo que yo quiero es información. ¿Tú me das alguna? Tienes tanto miedo de que me pillen, que no te atreves ni siquiera a que me vean hablando con algún físico; sólo puedo hablar contigo, y tú eres mi… Sólo por esta razón, probablemente.
— Vamos, Selene — intentó dar a su voz un tono conciliador, pero se advertía en ella demasiada impaciencia.
— No, en realidad no me importa demasiado. Me has dicho que tengo esta tarea y he intentado concentrarme en ella, y a veces creo que ya la he solucionado, pese a las matemáticas. Vislumbro exactamente lo que debe hacerse, y entonces se me escapa. Pero de qué va a servirnos si la Bomba nos destruirá a todos. ¿No te dije que me inquietaba el intercambio de intensidades?
Neville dijo:
— Te lo preguntaré otra vez. ¿Estás dispuesta a asegurarme que la Bomba nos destruirá? No me respondas con el condicional en ninguna forma; sólo si es una afirmación categórica.
Selene meneó la cabeza con fuerza.
— No puedo, es demasiado marginal. No puedo asegurarte que así será. Pero, ¿no es suficiente una simple posibilidad en un caso como éste?
—¡Oh, Selene!
— No pongas los ojos en blanco. ¡No te burles! nunca lo has comprobado. Te he dicho cómo podía comprobarse.
— Nunca te preocupó tanto el asunto hasta que empezaste a hacer caso a ese terrícola.
— Es un inmigrante. ¿No vas a comprobarlo?
—¡No! Ya te dije que tus sugerencias no eran prácticas. No eres un experimentalista, y lo que tu mente considera factible no lo es necesariamente en el mundo real de los instrumentos, las casualidades y la incertidumbre.
— El llamado mundo real de tu laboratorio . — Su rostro estaba ruborizado y expresaba ira, y mantenía los puños a la altura de la barbilla—. Pierdes tanto tiempo tratando de lograr un vacío adecuado… Allí arriba hay un vacío en la superficie que te estoy señalando, con temperaturas que a veces alcanzan la mitad del camino hacia el cero absoluto. ¿por qué no haces experimentos en la superficie?
— Sería inútil.
—¿Cómo lo sabes? Ni siquiera lo has intentado. Ben Denison sí que lo ha hecho. Se tomó la molestia de inventar un sistema que se pueda utilizar en la superficie y lo puso en práctica cuando fue a inspeccionar las baterías solares. Quería que le acompañases y tú te negaste. ¿Lo recuerdas? Era algo muy sencillo, algo que incluso yo te podría describir, ahora que él me lo ha descrito a mí. Lo hizo funcionar a temperaturas del día, y después a temperaturas nocturnas, y esto bastó para guiarle hacia una nueva línea de investigación con el pionizador.
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