Sabía de manera general lo que estaban haciendo en el planeta, pero no acababa de comprenderlo y nadie se molestó en explicárselo. No se le ocurrió que ello se debía a la petición de Easy; que esta había llegado al extremo de asegurarse de que ninguna información útil llegara al Vindemiatrix y, de esta forma, a conocimiento de la persona que le había irritado. Sólo podía mirar, fotografiar, grabar las conversaciones que estaban al alcance del robot y tratar de sacar alguna interpretación.
Botaron la lancha y Nick y Betsey llevaron a Swift por la superficie de la charca hasta el exterior de una de las ventanas de observación del batiscafo. Raeker pudo ver el encuentro entre los tenebritas y los dos ocupantes de la nave, pero no pudo oír la conversación… Easy utilizaba los altavoces exteriores y el robot estaba muy alejado para oírlos directamente. La conversación fue larga y muy animada, a juzgar por los gestos que se produjeron por ambas partes…; la ventana era lo suficientemente grande para permitirle a Raeker ver perfectamente el interior del batiscafo a través de los ojos del robot, trató de interpretar los movimientos pero fracasó en su intento. La conversación no terminó hasta casi la noche; luego la balsa regresó a la orilla y todos se dedicaron a recoger cosas. Una docena de cavernícolas ayudaron a transportar la balsa y otros ayudaron a empujar el carro. Swift prestó atención al robot por primera vez; utilizando a Nick como intérprete, le ordenó que les siguiera. Raeker se mostró de acuerdo en seguida; el motivo del viaje, obviamente, era escapar del mar, que posiblemente llegaría por lo menos hasta la misma línea tierra adentro que alcanzó la noche anterior.
—¿Adónde llegará la gran nave esta noche? —preguntó, más para obtener una demostración de las habilidades de los cavernícolas que porque la diferencia significase algo para él. Esperaba que Swift no se molestaría en responder, pero el jefe estaba de muy buen humor…; aquel día todo había salido justamente como él quería. Una vez que el grupo se hubo puesto en camino, se situó al lado del robot y habló alegremente. Nick retransmitió sus palabras y describió con gran detalle el lugar al que se estaban aproximando y el punto en el que esperaba se sumergiese el batiscafo. También explicó las razones de esta opinión y los geofísicos le escucharon, tomaron notas y miraban con cuidado maternal las cintas en las que se iba acumulando la conversación. Durante una o dos horas tras la caída de la noche hubo más felicidad general en la región de Altair de la que se había experimentado nunca en aquella zona. Aminadabarlee y Racker eran los únicos que no la compartían.
Swift detuvo a su grupo tras unas dos horas de lenta marcha. La noche había caído y la lluvia comenzaba a hacer otro tanto; puso a todos a trabajar para reunir leña y ordenó a Nick que situara los fuegos de guardia para un campamento. Nick y sus amigos obedecieron sin la menor discusión; Racker sospechó que eran bastante humanos y disfrutaban la oportunidad de demostrar sus conocimientos. Los cavernícolas se situaron en el lugar de emplazamiento de cada fuego con los equipos de encender el fuego y una a una las pilas de combustible comenzaron a arder.
Durante dieciséis años el encendido de los fuegos de la tarde había sido para el Vindemiatrix la señal de un período de descanso de cuarenta y ocho horas, pues nada, salvo la lluvia, podía producirse en la noche tenebrina. Ahora eso había cambiado; las discusiones, a menudo tendentes a la pelea, se sucedieron a toda velocidad. Los ingenieros estaban ocupados en ajustar al exterior de la nave auxiliar cohetes exteriores y líneas de control. Los diplomáticos no se habrían hablado entre sí de haber seguido sus inclinaciones personales, pero el orgullo profesional les mantuvo exteriormente corteses. Los que les conocían, empero, escuchaban su conversación con bastante inquietud y pensaron en las palancas de control de un reactor obstruido.
Unos cuantos entusiastas continuaron mirando a través de los ojos del robot, en parte con la esperanza de que ocurriera algo y en parte por acompañar a Racker. El biólogo se había negado a abandonar la sala de observación; estaba seguro de que las cosas estaban llegando a una especie de clímax, pero no sabía de qué tipo. Durante la noche ese sentimiento se fue acrecentando… especialmente en los momentos en que veía u oía a alguno de los diplomáticos. Raeker estaba sufriendo de una repentina falta de autoconfianza; se preguntaba cómo podría enseñar a sus pupilos a hacer las reparaciones necesarias al batiscafo, en caso de que se dedicasen a escucharlo. Si no querían o no podían, no quería oír ni ver de nuevo a ninguno de los cancilleres; se había convencido a si mismo, bastante injustamente, de que sus propios argumentos habían hecho que perdieran la fe en él y que no se diesen más pasos hacia el rescate.
A pesar de que la tensión de la ansiedad le hacía dormirse breves momentos, aguantó toda la noche. La salida de la nave le distrajo unos minutos…; en un momento casi se convenció a si mismo de que debería ir en ella, pero el sentido común prevaleció. En el campamento ocurrieron varios accidentes, vistos a través de los ojos del robot, que le hicieron reír por diferentes circunstancias. Los cavernícolas todavía no estaban habituados a los fuegos y tenían extrañas ideas acerca de sus propiedades, usos y limitaciones. Varias veces, Nick, o algún otro de los nativos educados por los humanos, tuvieron que rescatar a alguien que se introducía despreocupadamente en la zona de aire muerto de una gota —que acababa de desaparecer para reavivar el fuego. Cuando descubrieron que una gota recién desaparecida— era como un lago evaporado en las primeras horas de la mañana, la mayoría de ellos esperaban mucho tiempo antes de aventurarse cerca de los fuegos extinguidos, de forma que el combustible se enfriaba mucho y la hoguera no se reavivaba con el mero contacto de una antorcha. Varios de ellos se preocuparon por el abastecimiento de combustible, que los del grupo experimentado consideraban suficiente, y trataron de persuadir a Swift para que organizase partidas de recogedores de leña. Por supuesto, Raeker no podía entender esas peticiones, pero oyó a un par de los suyos comentándolo con regocijo en sus voces. Ello le hizo sentirse algo mejor; si sus pupilos sentían eso acerca de los cavernícolas, quizá todavía seguían unidos a su profesor.
La mañana llegó por fin sin que ningún incidente serio se hubiera producido ni en el campamento ni en el batiscafo; en seguida, la colina en la que se encontraban dejó de ser una isla —había sido rodeada por la lluvia, pero no por el océano—, y el grupo se encaminó al lugar en el que esperaban encontrar el batiscafo. Ello significaba una marcha tan larga como la de la noche anterior, pues Swift y los suyos esperaban poco movimiento por parte de la nave encallada. Raeker no sabía si Easy había informado de algún movimiento; no había oído apenas su voz durante las últimas cuarenta y ocho horas.
Racker no estaba seguro de hasta qué punto se podía creer en las predicciones de los nativos ni de hasta qué punto él deseaba creerles. Si ellos demostraban tener razón, ello significaría mucho para los geofísicos pero ello significaba también que Easy tenía algún motivo para el optimismo del día; y Raeker no podía imaginar cómo ella esperaba que la máquina volara, o flotara o fuera transportada hasta un punto en el que la nave pudiera recogerla. Ello sólo era bueno si era un motivo sólido. En las pocas ocasiones en las que se había dormido sus sueños habían sido turbados por pesadillas que implicaban flotadores, volcanes y formas de vida marina cuyos contornos nunca eran muy claros.
No es necesario decir cómo se sintieron los geofísicos cuando se llegó al lugar en que se esperaba encontrar el batiscafo y éste no estaba presente. Zumbaron como un enjambre de abejas, lanzándose hipótesis los unos a los otros sin apenas dar tiempo a sus vecinos para que las escuchasen. Aminadabarlee se desmayó y constituyó una absorbente primera ayuda al problema durante varios minutos, hasta que se reanimó por sí mismo, pues ninguno de los hombres tenía la menor idea de lo que se podía hacer con él. Afortunadamente, la nave apareció al cuarto de hora de búsqueda exactamente en el mismo sitio en el que había estado la noche anterior, lo que facilitó las cosas para los padres, pero dejó a muchos seres humanos y a algunos tenebritas intentando buscar una explicación. El mar había estado allí, Easy lo había afirmado. Pero su capacidad de transporte había sido más reducida de lo esperado. Alguno de los científicos señaló que ello era obvio; al haberse alejado más de su cuenca usual, el mar se habría diluido mucho más con el agua. Esto le satisfizo a él y a alguno de sus amigos, pero Raeker se preguntaba cómo una disolución ligeramente mayor de algo que ya había sido casi H 2O puro, tan puro como puede serlo el agua de Tenebra, podía producir esa diferencia. Se preguntó qué excusa estaría buscando Swift, pero no pudo descubrirla.
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