Hal Clement - Cerca del punto critico

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Cerca del punto critico: краткое содержание, описание и аннотация

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Oculto por las eternas tinieblas de su espesa atmósfera. Tenebra era un planeta hostil, un lugar con una gravedad aplastante, con 370 grados de temperatura, con una corteza en perpetuo cambio sobre la que flotaban gigantes gotas de lluvia.
A pesar de ello… allí había vida, vida inteligente.
Durante más de veinte años, científicos terrestres estudiaron a sus habitantes desde un laboratorio en órbita... y habían encontrado un medio de entrenar y educar a un grupo de ellos.
¡Luego ocurrió lo inesperado! Una joven terrestre y el hijo de un poderoso e iracundo diplomático extraterrestre quedaron encerrados en un batiscafo que flotaba hacia la mortal superficie del planeta.
¡Solo los primitivos tenebritas podían rescatarlos!

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Mientras Raeker había estado comiendo su ayudante hizo que uno de los pupilos midiera una distancia que él comparó con la longitud del robot y luego, al medir el tiempo que tardaba en pasar una gota por la distancia medida, calculé en casi dos millas por hora la velocidad del viento, lo que significaba todo un récord; la información se corrió entre los científicos, pero ninguno de ellos pudo explicar el fenómeno o aventurar sus probables efectos. Uno de los tripulantes, que se encontraba fuera de servicio, tras detenerse unos momentos en la puerta de la cámara de observación, hizo una pregunta sobre la materia.

—¿A qué distancia del mar está el campamento?

—A unas dos millas de la línea de la costa durante el día.

—¿Y por la noche?

—El mar alcanza el valle justamente debajo de esa colina.

—¿Y es ése margen suficiente?

—Por supuesto. La cantidad de lluvia no varía de un año a otro. La tierra se mueve, desde luego, pero no de una forma que no puedas saberlo.

—Si concedemos eso, ¿qué hará ese viento a la línea de la costa? Con el mar no mucho más denso que el aire, tal como está esta noche, yo diría que hasta con ese miserable huracán de dos millas por hora se puede conseguir una diferencia.

Raeker le miró con asombro en los ojos; luego observó a los que se encontraban en la sala. Sus caras demostraban que ese pensamiento no se les había ocurrido a ninguno de ellos, pero que la mayoría —sobre todo los más titulados para ello— sentían que así podía ser. Eso le ocurrió a Raeker, y cuanto más pensaba en ello más se preocupaba. Su expresión era clara para Rich, quien no había perdido un ápice de su sagacidad durante aquel mes de preocupaciones.

—¿No cree que será mejor hacerles retroceder mientras haya tiempo, doctor? —preguntó.

—No estoy seguro. No es posible mover todo el campamento con cuatro de ellos, y no me gustaría dejar algún material para que se lo llevase el mar. Después de todo, en esa colina se encuentran cincuenta pies por encima del nivel que alcanzó antes el mar.

—¿Y es eso mucho para ese mar?

—No lo sé, ni puedo decírselo —la expresión del rostro de Rich era difícil de interpretar; había pasado toda su vida dedicado a una profesión en la que había que aceptar las decisiones, fueran cuales fueran, y aceptar así mismo las consecuencias como algo necesario.

—Creo que tendrá que hacer algo —dijo—. Lo perderá todo si el mar les alcanza mientras están ahí.

—Sí, pero…

—¡No hay tiempo para peros! ¡Mire ahí! —era el mismo tripulante que había planteado la cuestión del viento que se desvió a la de los cambios. Sus ojos estaban fijos en la pantalla que mostraba el mar y Rich y Racker vieron lo que él había visto en la décima de segundo anterior a que ellos mirasen. Tenían razón.

Con horas de antelación a su tiempo acostumbrado, unas lenguas del mar se dejaban ver por los alrededores de las colinas del este. Durante un segundo nadie pronunció una palabra; luego Raeker procedió a destruir la imagen que el diplomático se había formado de él… la de un pensador lento, poco práctico, la de un indeciso «típico científico». Con la seguridad del proyecto y de sus pupilos en peligro, hizo los planes y los transmitió con rapidez.

—¡Nick! ¡Atención todos! Mirad un segundo al este y luego poneos a trabajar. Aseguraos de que todo el material escrito, los mapas especialmente, están bien envueltos y atados a la balsa. Atadlos firmemente, pero dejad suficiente cuerda para ataros a vosotros. Vosotros y los mapas tenéis prioridad, no lo olvidéis. Cuando éstos estén a salvo, haced lo que podáis para atar vuestras armas a la balsa o a vosotros mismos. ¡Rápido!

Nick hizo una pregunta; el retraso de la transmisión no permitía saber si había aprovechado o no el tiempo de observación.

—¿Y qué hacemos con el ganado? Sin ellos… —Raeker le interrumpió sin permitirle acabar.

—No te preocupes del ganado. Hay una gran diferencia entre lo que es agradable hacer y lo que se puede hacer. No pienses en otra cosa que en cuidar de vosotros, de los mapas y de las armas.

Los tres compañeros de Nick habían comenzado a actuar sin argumentar nada; la urgencia de la voz del profesor impulsó a Nick a seguir la orden, y en la sala de observación se produjo un tenso período de espera. Los observadores se sentaron sin atreverse a respirar mientras que la obra y el océano se enfrentaban…; un encuentro más mortal que el que ninguno de ellos había visto en la Tierra.

Raeker notó que las corrientes de ácido sulfúrico eran mucho más altas en el centro que en los bordes, como hilos de agua en un papel encerado, aunque todavía mostraban una superficie diferente; evidentemente, el mar ya se había diluido en gran parte por la lluvia. Eso significaba que no podía esperarse que la balsa flotara. Sus sacos llenos de aire eran casi la mitad de densos que el ácido; con ese material diluido su fuerza ascensional apenas podía tenerse en cuenta.

Casi se equivocó, como pudo descubrir. El agua ascendía por los alrededores de la colina apagando los fuegos casi de un solo golpe, y por un instante, al cubrir el campo de los ojos del robot, borró la imagen transmitida. Luego las pantallas se hicieron más claras y mostraron las fláccidas figuras de los cuatro nativos sobre una estructura que apenas rozaba lo que ahora era el fondo del océano. Se movía, pero sólo unas pulgadas cada vez; Racker, pesimista, mandó al robot que les siguiera.

Capítulo 11 — Organización; revelación; declaración.

Las noches —las noches de Tenebra— eran duras para Aminadabarlee. Pero incluso eran más duras para cualquiera que tuviera tratos con él mientras durasen. El ver a la gente haciendo trabajos no comprometidos directamente con el rescate de su hijo, y el verlos así durante dos días terrestres, le resultaba difícil de soportar, aunque sabía perfectamente que nada podía hacerse mientras los agentes de Racker estuvieran inmovilizados o inconscientes. Pero no cambiaban por eso sus emociones; alguien, o todos, deberían estar haciendo algo se decía en su interior. Rápidamente, y sin poderlo evitar, empezaba a pensar en los seres humanos como en la raza de más sangre fría y menos cooperadora de la galaxia. Y ello a pesar de los hábiles esfuerzos de Rich, que se tenía que mantener plenamente dedicado a su profesión. Aunque el gran no humano no había descendido a la violencia física, más de un hombre se apartaba cuidadosamente de su camino. Al principio habían sido los menos familiarizados con los drommianos, pero Raeker se había dado cuenta de que el número iba en aumento.

Raeker no se preocupaba, no era de esa clase de personas. Además tenía suficientes ocupaciones para mantener su mente alejada de Dromm y de sus nativos. El robot, afortunadamente, no había tenido que luchar, pues ninguna forma de vida animal se había aproximado a la balsa y a sus pasajeros inánimes. Ni siquiera el vigilante robot pudo ver alguna señal de su existencia. En cierta manera era un respiro, aunque Racker estaba profesionalmente desanimado. Le hubiera gustado aprender algo de las criaturas responsables de las pérdidas en el ganado de sus pupilos varias noches antes y de quienes parecían poder vivir en tan pequeña contracción de oxígeno. Los cuatro de la balsa estaban bastante seguros, aunque el robot no se permitía estar lejos de ellos y era necesaria una vigilancia constante.

Cuando había pasado parte de la noche, las corrientes errantes que habían arrastrado la balsa y sus ocupantes disminuyeron y se debilitaron tanto que no fueron capaces de mover al conjunto, aunque su peso efectivo no debía pasar de varias libras. El hombre que controlaba el robot tuvo que dejarlo sin movimiento por períodos más y más largos; en cierto momento Racker casi se quedó dormido en el sillón de control. La voz aguda del drommiano le sacó de su adormilamiento «Y los hombres de la tierra esperan que la gente coopere con ellos», frase en la que se podía reconocer un tono despectivo, y ya no repitió la cabezada. De nada valió, pues los pasajeros de la balsa seguían indemnes cuando llegó el día. Este período era el más duro por lo que concernía a montar la guardia; cuando el agua comenzó a evaporarse, la densidad del mar aumentó y la balsa, comenzó a flotar. Fue una suerte que no existieran corrientes, pues de ese modo la balsa ascendió. Desgraciadamente, se dio la vuelta al hacerlo, por lo que durante un par de horas el operador del robot se sintió molesto al ver a los nativos colgando de la plataforma volante mientras la superficie del océano retrocedía. Se habían alejado de la colina durante la noche y acabaron flotando en una charca relativamente pequeña en uno de los agujeros de la zona. Cuando fue evidente que la charca no disminuiría más, el robot tuvo que entrar en acción.

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