Y para probarlo el hombre tenía una cortada de una semana de antigüedad en el cuello. La misma cortada que Johan había recibido de Thomas hacía trece meses en el anfiteatro cuando Justin lo había expuesto. Una alteración del estado mental. Pero real. Tan real como Thomas y Mikil prometieron que sería.
En este mismo instante él se hallaba en las historias. No se podía imaginar cómo… alguna clase de contorsión del tiempo o de distorsión espacial, cualquier nombre que tal vez Mikil sugiriera para eso. Más importante, según Thomas, él podría afectar la historia depositando pensamientos en la mente de Carlos y enterándose de las intenciones de este. Dos cosas, había insistido Thomas. Convencerlo de estas dos cosas, enterarse de lo que pudiera y luego salir.
***
CARLOS HABÍA tenido una sensación de paramnesia. Algo conocido residía en su mente, pero no podía sacudírselo para examinarlo de manera adecuada. Se puso de pie y fue al vestidor. Se pasó un pañuelo por la cara. Sintió irregular la respiración y caliente el rostro.
Así es como te sentirás cuando Portier ponga veneno en tu bebida después de haberte usado como un animal… antes de lo que crees.
El pensamiento lo agarró desprevenido. Naturalmente, tenía algún motivo para desconfiar de Fortier. Hunter mismo lo había sugerido. El momento en que Carlos tuviera el antivirus daría los pasos necesarios para protegerse. Él ya le había contado a Fortier que, según le informara Hunter, inmediatamente después del virus vendría un golpe de estado. Tal vez ni siquiera se imaginarían que el golpe sería organizado por el mismo Carlos. Pero este se hallaba impotente hasta disponer del antivirus.
Ahora le vino el pensamiento de que esperar mucho tiempo podría ser un problema.
Por qué dejaría Portier que alguien capaz de dar un golpe viviera el tiempo eficiente para llevarlo a cabo? Tienes un día, quizás dos; luego te eliminará.
Un frío le bajó por la columna a medida que el pensamiento se le abría paso hacia la mente, no porque esta simple sugerencia fuera nueva o incluso sorprendente, sino porque de repente comprendió que era verdad. Fortier incluso podría acabar con Svensson. Su asidero de este nuevo poder solo duraría mientras tuviera la oportunidad de contraatacar a sus muchos enemigos recientes. Fortier se aislaría para protegerse. Quemaría sus puentes detrás de él.
Esto era solo una teoría, desde luego, pero Carlos estuvo de repente seguro de haber tropezado con algo a lo que ya no podía hacer caso omiso.
Una barba de un día le oscurecía la barbilla. Derramó colonia en las manos y se palmeó las mejillas. Una ducha habría sido parte de su rutina normal en la mañana. Este no era un campamento en el desierto de Siria.
Se le ocurrió otro pensamiento: debía reunirse con Fortier. Ahora. Inmediatamente.
Exactamente por qué, no estaba seguro.
Sí, estaba seguro. Tenía que probar al hombre. Tantearlo sin parecer demasiado obvio. Fortier salía esta mañana para la ciudad.
Carlos fue al clóset, sacó del gancho una camisa beige de seda y se la puso. Levantó la radio de la cómoda.
– Revisión de perímetro.
Una leve pausa. Estática.
Luego los guardias apostados alrededor del campamento empezaron a reportar sus posiciones.
– Uno despejado.
– Dos despejado.
– Tres despejado.
– Cuatro despejado. La revisión terminó en once.
Satisfecho, Carlos examinó una vez más su imagen en el espejo y salió del desván. Tres tramos hacia el sótano, y un recorrido por un largo pasillo. Ingresó el código de seguridad, oyó desconectarse los pasadores y entró al enorme y seguro salón.
Sobre una felpuda alfombra verde había una mesa de conferencias rodeada por diez sillas blancas. Los monitores a lo largo de la pared sur se hallaban alimentados por una docena de antenas, de las cuales solo una estaba localizada en este edificio. La mayoría se encontraba a muchos kilómetros de distancia. Fortier no había reparado en gastos para encubrir el complejo Ya no importaba… el centro ya estaba comprometido por Monique y ahora por Thomas. Esta era la última visita de Fortier.
No había indicios del francés.
– Carlos, reúnase conmigo por favor en el salón de mapas -se oyó por un intercomunicador que tenía detrás.
Él sabía. Siempre sabía.
Y hasta podría encargarse de ti ahora.
Carlos no se dejó afectar por el pensamiento y caminó hacia la tercera puerta a su izquierda. ¿Por qué este francés lo ponía nervioso con tanta facilidad? Solo era un hombre, y tenía la mitad de habilidades de matar que poseía Carlos.
¿Qué guardia se llevó el libro?
¿Qué diablos era eso? ¿Qué libro? Un guardia habría agarrado el libro de registros… de ser así, él no recordaba que le hablaran al respecto.
Agitó la cabeza y entró al salón, cerrando la puerta detrás de él. Allí había otros tres además de Fortier. Estrategas militares. Como Carlos lo entendía, todos ellos se irían hoy.
Fortier se volvió de una pared de mapas que mostraba la posición exacta de cada arsenal de poder nuclear, viajando hacia Francia. Varios ya se habían descargado; los chinos y los rusos estaban ahora casi intactos en tierra francesa. Los británicos y los israelíes habían seguido el ejemplo de Estados Unidos de ofrecer sus arsenales a cambio del antivirus. Debía haber un enorme enfrentamiento en la costa francesa en el Atlántico. Pero las condiciones del intercambio solo garantizaban que Fortier conseguiría lo que deseaba.
Las armas.
– Déjennos solos, por favor -pidió Fortier a los otros.
Ellos miraron a Carlos y salieron del salón sin hacer comentarios.
– Carlos -declaró Fortier, con una leve sonrisa; se agarró las manos QI detrás y miró los mapas-. Tan cerca, pero tan lejos. __Yo diría que los tiene acorralados, señor -opinó Carlos.
– Quizás. ¿Has sabido de alguna vez en que los israelíes se dejaran arrinconar?
Desde el principio la principal preocupación de Carlos había sido la destrucción de Israel. Fortier miró hacia atrás.
– No creo que estén permitiendo nada, señor. Se están viendo obligados.
Y en una semana ya no importará.
– Porque en una semana los aniquilaremos, pase lo que pase en este intercambio -informó Fortier-. ¿Es eso lo que quieres decir?
– Suponiendo que tomemos sus armas, sí.
– ¿Y si no les quitamos las armas? ¿Y si están faroleando?
– Entonces consideramos su faroleo y de todos modos los destruimos. Tenemos las armas con qué hacerlo.
– Las tenemos. En realidad, en este momento tenemos el mayor arsenal del mundo con base en el planeta. La mayor parte del arsenal de Estados Unidos está en el océano. Pero desde una perspectiva netamente militar, nuestra posición aún es débil.
– Se está olvidando del antivirus.
– Estoy poniendo de lado el antivirus y sigo diciendo que sin él nuestra posición es fuerte, pero no lo suficiente. La sola flota de submarinos de Estados Unidos nos podría aún causar un daño considerable. Todavía estamos montando los misiles tácticos desde China. Rusia tiene ciento sesenta misiles intercontinentales bajo mis órdenes apuntados hacia Estados Unidos Y sus aliados. En general estamos en la posición perfecta para terminar el juego exactamente en la forma en que deseábamos.
– Pero usted tiene reservas -aseguró Carlos.
– Ayer pasé nueve horas en conferencias con delegados del más alto nivel de Rusia, China, India y Pakistán. Todos ellos han aceptado nuestros planes, ansiosos de tener su parte en un mundo cambiante. Ha habido discusiones, naturalmente, pero al final su reacción es mejor de lo que pude haber esperado.
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