Algo le molestó a Carlos respecto del tono del hombre. En la frente le brillaba sudor; parecía más cauto de lo normal. Quizás hasta nervioso.
– Pero no confío en los estadounidenses -continuó Fortier-. No confío en los israelíes. No confío en los rusos y no confío en los chinos. Es más, no confío en ninguno de ellos. ¿Y tú?
– No estoy seguro que usted esté obligado a confiar en ellos -contestó Carlos.
– Siempre se necesita confianza. Un arma escondida podría acabar con medio París.
– Entonces, no. No confío en ellos.
– Muy bien -enunció Fortier.
Levantó un gran libro negro de la parte alta de un archivador y lo deslizó sobre la mesa frente a Carlos, quien nunca lo había visto.
– ¿Qué es esto?
– Este es el nuevo plan -anunció Fortier frunciendo el ceño. Podría ser bueno y podría ser malo… Carlos aún no estaba seguro si lo uno o lo otro. Alargó la mano hacia el libro.
– Página uno únicamente -informó Fortier.
Carlos dejó el libro sobre la mesa, levantó la portada, y pasó a la primera página. En ella había una lista de nombres. El suyo era el cuarto hacia abajo. Missirian, Carlos. El resto de la página contenía al menos otros cien nombres, registrados igual que el suyo, el apellido primero.
– No estoy seguro de entender -reconoció, levantando la mirada.
– Nuestra lista de sobrevivientes. Cien millones en total, por familia. No tenemos dudas en cuanto a sus lealtades, basándonos en vínculos familiares e historia, y tenemos planes precisos sobre cómo distribuirles el antivirus. Se necesitaron cinco años para recopilar la lista. Habrá algunas manzanas podridas, por supuesto, pero trataremos fácilmente con ellas tan pronto el resto haya desaparecido.
Carlos sintió que la sangre se le iba del rostro. Fortier no tenía intención de entregar el antivirus a ninguna nación. Solo estos sobrevivirían.
– De ti depende que tu nombre siga en esta lista, desde luego -advirtió el francés-. Pero mi decisión es definitiva.
Se quedó sin palabras. ¿Por qué le estaba diciendo esto Fortier? A menos que pretendiera confiar en él después de todo. ¿O se lo decía para ganarse la lealtad de Carlos y luego poder finalmente eliminarlo con facilidad?
– Esto no es…
Carlos se detuvo. Señalar lo obvio no le favorecería. Fortier iba a eliminar a la mayor parte del islamismo… difícilmente esta podría ser la voluntad de Alá.
– Te preocupa el islamismo -comentó Fortier-. Te aseguro que el libro contiene los nombres de tus más respetados imanes.
– ¿Y estarán ellos de acuerdo con el plan?
– Se les dará esa oportunidad. Sí, por supuesto.
– Es prudente. Audaz. Lo soluciona todo. Fortier lo analizó, luego sonrió finalmente.
– Esperaba que lo vieras de ese modo.
– ¿Y el intercambio? -preguntó Carlos.
– Aún crítico. Todavía no estamos fuera de peligro. Siempre existe la posibilidad de que ellos encuentren el antivirus a tiempo. Una vez que tengamos sus armas está asegurada la destrucción.
– ¿Comprende usted cuan peligrosa es esta lista? -inquirió Carlos yendo hasta el extremo de la mesa-. ¿Cuántos la conocen?
– Diez, incluyéndote. Ninguno de ellos tiene aún el antivirus.
Un pensamiento suelto resplandeció de pronto en la mente de Carlos. Svensson era la clave para el antivirus; sin duda había asegurado su sobrevivencia manipulando el antivirus de una forma que solo él conocía. Lo había afirmado dos semanas atrás, y Carlos no dudaba de él. Si mataban a Svensson, el antivirus moriría con él. Aunque ya habían almacenado el remedio, sin duda Svensson había desarrollado también un plan para esta contingencia.
Toma a Svensson.
Ese fue el pensamiento.
Hasta que el antivirus se distribuyera ampliamente, Svensson podría ser e' más poderoso del par. Controlarlo significaba controlar más de lo que Carlos podría imaginar.
– Te quedarás aquí hasta después de que se haya completado el Intercambio -continuó Fortier-. Necesitamos poner una presión total sobre el presidente estadounidense a través de estos disturbios. Esa es ahora tu mayor prioridad. Después del intercambio quiero arrasadas estas instalaciones.
– ¿Y los asesinatos de gente importante?
– Como están planeados, dependiendo de lo bien que se comporten.
***
ARMAND FORTIER observó cerrarse la puerta detrás del chipriota y se preguntó si había cometido una equivocación al mostrarle la lista. Pero necesitaba toda la cooperación del sujeto en estos últimos días, y no había mejor manera que engendrar la confianza plena del hombre. Era muy arriesgado matarlo ahora, antes de que tuvieran el control de las armas nucleares. ¿Quién sabía qué medidas de protección propia tenía Carlos en mente ahora mismo?
El celular le vibró en el bolsillo. Lo sacó y miró el número. Una llamada en código.
Fortier fue a un teléfono rojo en la pared y comenzó el tedioso proceso de hacer una llamada al extranjero a través de canales seguros. Solo una vez antes había hablado con el hombre, y la conversación no había durado ni diez segundos. El director de la CÍA demostraba ser de gran valor y se había ganado la vida. Lo menos que se imaginaba…
Finalmente se conectó la llamada.
– Grant.
– Habla rápidamente. Pausa.
– Tengo motivos para creer que han doblegado a mi contacto.
¿Contacto? ¿Carlos?
– El hombre de Chipre.
– Sí -contestó el estadounidense.
– ¿Estás seguro?
– No. Pero están tratando de alcanzarlo.
– ¿Cómo?
– A través de los sueños de Thomas.
Sueños. El único elemento no previsto de todo esto. Fortier aún no ¡taba seguro de creer la tontería esa. Había explicaciones alternativas que, 0r improbables que fueran, tenían más sentido que esta estupidez mística.
– Procedimientos normales -ordenó Fortier.
– Sí, señor.
– No debe saber que sospechas de él..-Entendido.
***
– ¿QUÉ HORA es?
– Casi las seis -contestó el Dr. Bancroft-. De la tarde. Habían dormido aproximadamente tres horas. Kara se sentó y miró los brazos, que aún estaban unidos. Miró a Thomas.
– Lo logramos.
– Por el momento. Estamos vivos y libres.
– Y Johan está soñando.
– Esperemos.
Bancroft extendió la mano hacia Thomas y cuidadosamente retiró la cinta que les unía los brazos.
– Johan está soñando -repitió el doctor-. Díganme que esta es una buena noticia para nosotros. Aquí, quiero decir.
– Tan buena como se puede lograr por el momento. Lo que Carlos haga ahora depende de él -dijo Thomas; hizo oscilar los pies hacia el suelo y agarró una toallita húmeda antiséptica que le ofreció el doctor.
– Increíble -exclamó Kara-. ¡Esto es absolutamente increíble!
– Se hace más real cada vez. Tres o cuatro veces y no sabes cuál es verdaderamente real.
– Sinceramente, si no lo supiera mejor, diría que este es el sueño – opinó ella.
– Podría ser -respondió Thomas.
– Siempre me he preguntado lo que sería vivir en un sueño -comentó el Dr. Bancroft con una leve sonrisa.
– Hasta que usted entienda que hay otras realidades más allá de esta, y que experimente de verdad una de ellas, esta es muy real, doctor. Mi padre solía decir que nuestra lucha no es contra cosas de este mundo sino contra. No puedo citarlo textualmente, pero era algo espiritual. Créame, doctor usted no está viviendo en un sueño -manifestó Thomas al tiempo que Se rascaba una picazón debajo del brazo; Bancroft le siguió los dedos, y luego lo miró a los ojos-. Solo se trata de una erupción. Probablemente algo que agarré en Indonesia.
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