Ted Dekker - Rojo

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Todo gira en torno a Thomas Hunter, un escritor de poco éxito que sobrevive trabajando en el café Java Hut, en Denver. Pero su aparentemente monótona vida sufrirá un vuelvo radical cuando fuerzas desconocidas liberen un arma bacteriológica en la atmósfera. Al final de la jornada, tres millones de personas serán portadoras del virus más letal que haya conocido la humanidad, y en sólo un par de días habrá noventa millones de infectados.
El punto es que no existe ninguna vacuna… pero extrañamente, la única esperanza es Thomas Hunter. ¿Cómo? ¿Por qué? Él no lo sabe, pero su existencia amenaza importantes planes y por eso debe morir.

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Thomas no sabía por qué no comprendió antes las palabras de Qurong. Quizás porque muchas veces sus sueños le confundían la mente. Tal vez se hallaba tan desconcertado por la verdadera identidad de Martyn, que no lograba mantener con objetividad sus pensamientos. De cualquier modo, estaba seguro que si contaba el consejo que el líder de las hordas expresara en esa tienda, reunirían un ejército para interceptar el plan de «paz» de Justin y Martyn.

Encontró a Mikil profundamente dormida y la despertó con un suave sacudón. Ella saltó de la cama, espada en mano. -¡Soy yo! -susurró él. -¿Thomas?

– Sí. Apúrate, tenemos asuntos.

– ¿Se reportaron los exploradores? -averiguó ella corriendo a la ventana y mirando a través de la cortina.

– No. Ningún mensaje. Apúrate.

– Entonces ¿qué?

– Te lo diré en el camino. Encuéntrate conmigo en los establos. Él corrió hacia los establos de los guardianes al borde del poblado y estaba allí cuando ella lo alcanzó.

– ¿Adónde vamos?

– Shh, guarda silencio. ¿Qué dirías si te digo que Justin podría estar pensando en traicionarnos?

– Diría que son noticias viejas. ¿Te has enterando de algo nuevo?

Thomas abrió el portón del establo.

– Ensilla. Te lo explicaré cuando hayamos salido.

Pasaron sus caballos por la entrada principal del poblado, luego montaron y se internaron en la selva.

– Dime -inquirió ella, mirando hacia atrás-. ¿Qué pasa?

– Soñé.

– Eso otra vez. Bueno. ¿Qué soñaste?

– Soñé lo que alcancé a oír en la tienda de Qurong. La puso al tanto, palabra por palabra, y le explicó su lógica. Ella espoleó el caballo, se lanzó hacia delante y luego retrocedió. -¡Lo sabía! ¡Él representaba el final de la selva! ¿Cuántas veces te lo advertí?

Mikil tenía razón. El silencio de él era suficiente confesión. -¡Debemos detener esto! -exclamó ella.

– ¿Por qué crees que vamos a caballo antes del amanecer? Montemos hasta el desierto oriental, donde Qurong acampó la última vez. Si estoy en lo cierto, aún estará allá, tal vez incluso más cerca.

– ¿Qué, planeas que los dos solos enfrentemos todo el ejército?

– Creo que nuestros exploradores averiguarán que Justin tenía razón: Las hordas se han reunido en cantidades mayores de las que hemos imaginado. Que sepamos, tienen un ejército al occidente, en espera de que nuestra preocupación por el oriente descubra nuestro flanco. Esa podría ser la clase de estrategia de Martyn.

– Entonces ¿estás pensando en negociar? ¡Ese es el mismo plan que tiene Justin! No Thomas, ¡Nada de paz!

– Estoy pensando que Martyn escuchará otra propuesta. Una que dé vuelta por completo a la tortilla.

EL SOL estaba caliente.

Monique abrió los ojos. ¿Sol?

Por los postigos entraba luz, poniendo al descubierto miles de partículas de polvo que flotaban perezosamente. ¿Dónde estoy? Estoy en casa. ¿Quién soy? Eres Monique.

Se apoyó en el codo y parpadeó. No era totalmente ella. O era completamente ella. Rachelle.

Levantó la mano y movió los dedos. Ella era Monique, y sabía que debía estar durmiendo bajo la roca al lado de Thomas, pero también sabía que experimentaba mucho más que un sueño. Asombroso. Esto es lo que Thomas sentía cuando despertaba.

¿Soñaba con el otro mundo de Thomas porque le había agarrado la mano mientras dormía? ¿Y soñaba con Rachelle por creer que estaba conectada con ella? Thomas había dicho que era cuestión de creer. Ella estaba compartiendo la vida de Rachelle.

¿Significaba que todo esto era verdad? ¿Que era cierto todo lo que afirmaba Thomas?

Supo la respuesta de inmediato, porque como Rachelle ella sabía que esta realidad era tan real como Francia o Bangkok. ¿Qué más sabía Rachelle? El nombre de mi esposo es Thomas. Y tengo hijos. Giró hacia el costado de él en la cama. -¡Thomas!

Pero Thomas se había ido. Por supuesto, siempre despertaba temprano. Ella también sabía eso. Sabía que solo estaba en casa cada dos días porque era el comandante de los guardianes, un poderoso guerrero y héroe cuyo nombre literalmente veneraban en todas las selvas.

Su esposo, un poderoso guerrero.

Ella sabía que él peleó el día anterior con Justin y que perdió. Y sabía que el general de las hordas, Martyn, era su propio hermano, Johan.

Rachelle tragó grueso y puso los pies en el sueño. Así fue como Thomas se había sentido al principio, al despertar en el bosque negro hace quince años. Él había intentado hacerla entender, pero solo ahora ella podía comprender. Solo que él había despertado sin recuerdo alguno debido a su caída.

Thomas había caído en el bosque negro y como resultado comenzó a soñar con las historias. Esta era la realidad; ese era el sueño. Ella estaba segura de ello. Al menos en este momento estaba segura.

Le dolían las muñecas. Las esposas. Le habían sangrado, Thomas dijo que la sangre era especial. Ella se había quedado dormida, mano con mano, su muñeca tocando la de él. Por eso Monique estaba soñando con Rachelle en ese instante. Así fue como ella había soñado antes con Monique. Se había cortado el hombro en la puerta y había sangrado al lado de Thomas. Se había hecho una conexión entre la sangre de ellas.

Sus hijos…

Ella retiró la cobija, se puso una blusa de manga larga para ocultar las muñecas y salió corriendo del cuarto. Encontró a Marie exactamente donde esperaba hallarla, buscando en la canasta de frutas su néctar preferido.

– Hola, mamá -saludó su hija, bostezando-. Papá se ha ido.

– Sí. ¿Aún duerme tu hermano?

– Eso es lo que más hace.

– Es un niño en crecimiento.

Rachelle corrió hacia el cuarto del chico. Sí, es verdad, allí estaba Samuel, con un brazo colgando del borde de la cama, perdido en sus sueños en que combatía a las hordas con una espada tan grande como él. La cariñosa madre se acercó y le besó la parte trasera de la cabeza.

¡Ella se hallaba viviendo una segunda vida! En un instante se había convertido en una persona totalmente nueva. Aspiró la fragancia de flores de tuhan. Alguien cocinaba carne. Desde afuera venían risas. Todo se sentía nuevo. Esta era la época de la Concurrencia anual en que las calles estarían llenas de danzas, historias y libación de cerveza ligera. Y ella era una magnífica bailarina, ¿verdad? Sí, desde luego que sí. Una de las mejores.

Tenía dificultad en mantener tranquilo el corazón. Comprendió por qué Thomas se hallaba tan convencido. ¡Debía encontrarlo y hablarle inmediatamente de esto!

Marie había hallado una enorme nanka amarilla y el jugo le corría por el mentón.

– No te ensucies, Marie. Lávate la barbilla -ordenó ella mirando hacia la sala.

Su sala. La segunda espada de Thomas, la cual normalmente se hallaba en el rincón, había desparecido. Extraño.

– ¿Sabes adonde fue papá? -le preguntó a Marie.

– No. Salió temprano. Antes del amanecer. Lo oí.

Rachelle se quedó helada. Las palabras de él en Francia le resonaron en la mente. Creo que deberé ir tras Justin para hacer eso, había dicho.

¿Tras Justin?

¡Él había ido tras Justin! Justin estaba con Martyn. Ellos estarían con las hordas. Por segunda vez esta semana la había dejado durmiendo para participar subrepticiamente en alguna atolondrada misión que solo un hombre tan obstinado como Thomas podía tomar más allá de la simple fantasía.

Justin y Martyn se habían ido al oriente, según los exploradores. Al oriente hacia el ejército de Qurong.

Ella corrió al dormitorio y se vistió por completo. Si Justin se hallaba con Martyn, entonces también estaba con Johan. ¿Significaba eso que él iba tras su hermano?

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