Ted Dekker - Rojo

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Todo gira en torno a Thomas Hunter, un escritor de poco éxito que sobrevive trabajando en el café Java Hut, en Denver. Pero su aparentemente monótona vida sufrirá un vuelvo radical cuando fuerzas desconocidas liberen un arma bacteriológica en la atmósfera. Al final de la jornada, tres millones de personas serán portadoras del virus más letal que haya conocido la humanidad, y en sólo un par de días habrá noventa millones de infectados.
El punto es que no existe ninguna vacuna… pero extrañamente, la única esperanza es Thomas Hunter. ¿Cómo? ¿Por qué? Él no lo sabe, pero su existencia amenaza importantes planes y por eso debe morir.

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Sacó el cuchillo de la nuca y se limpió la sangre en la túnica. Un hilo de sangre bajaba por el cuello del hombre. Una, dos manchas en el suelo.

Arrastró el cuerpo hacia el tonel, lo levantó y lo lanzó al agua. Su poderoso general sería descubierto ahogado en un tonel de agua como un criminal común.

Thomas halló a William donde lo había dejado, de pie en el rincón, apenas visible desde la entrada.

– ¿Bien?

– Debemos esperar. El bravo líder de ellos está con su esposa -anunció Thomas.

– ¿Encontraste la recámara?

– Creo que sí. Pero, como dije, él está ocupado. Le daremos algo de tiempo.

– ¡No tenemos tiempo! El sol está a punto de salir.

– Tenemos tiempo. El poderoso general Martyn, por otra parte, no tiene tiempo. Si no me equivoco, lo acabo de matar.

***

LA ESPERA duró menos de treinta minutos. O la alusión de Qurong a su esposa fue para despedirse de su general o había renunciado al placer por dormir; ningún otro sonido que un débil ronquido rítmico llegó a los oídos de Thomas cuando él y William escucharon lo que suponían que era la recámara de Qurong. Thomas jaló la cortina y miró dentro del cuarto. Una sola antorcha iluminaba lo que parecía un salón de recepción. Un guardia se hallaba en el rincón, con la cabeza colocada entre las piernas.

Se llevó un dedo a los labios y señaló al guardia. William asintió.

Thomas caminó en puntillas hasta una cortina en el extremo opuesto del cuarto, con la mirada fija en el guardia. William corrió hacia este. Un golpe sordo y el encostrado se dobló, inconsciente. Con algo de suerte, el guardia nunca confesaría haber sido dominado por intrusos. Después de todo era un guardia, no un criado, y los guardias que dejaban que llegaran ladrones hasta donde su Grande, seguramente merecían ser ahogados en un tonel.

Thomas jaló la cortina. La recámara. Completa con un valiente líder tendido bocabajo, roncando sobre un grueso lecho de almohadas. Su esposa yacía enroscada a su lado.

Entraron a la alcoba, cerraron la portezuela y dejaron que sus ojos se acostumbraran. Un pálido brillo tanto del pasillo contiguo como del salón de recepción detrás de ellos alcanzaba a pasar las delgadas paredes.

Si la criada no los había engañado, Qurong mantenía los libros de historias en la cámara detrás de su lecho. Thomas vio la cortina; incluso bajo la tenue luz logró ver las tiras metálicas entretejidas en las paredes alrededor de la habitación. Era evidente que Qurong había hecho lo posible por evitar que alguien se escabullera dentro.

Thomas atravesó el cuarto, con la daga extraída. Resistió un terrible impulso de cortarle la garganta al líder allí mismo, al lado de la esposa. Primero los libros. Si no estuvieran allí podría necesitar a Qurong para que lo guiara a ellos. Si encontraban los libros, mataría al líder al salir.

Estiró la mano temblorosa e hizo a un lado la cortina.

Abierta.

Entró, seguido por William.

La cámara era pequeña, oscura. Olía a humedad. Sobre el suelo en semicírculo había altos candeleros de bronce, apagados. Por encima de ellos, en la pared, un enorme y forjado murciélago serpenteante. Y debajo del murciélago, rodeado por los candeleros, dos arcones.

El corazón de Thomas apenas podía palpitar más fuerte, pero de alguna manera hacía precisamente eso. Los arcones eran de los que comúnmente las hordas usaban para transportar algo valioso: juncos bien asegurados y endurecidos con argamasa. Pero estos cofres estaban asegurados con correas de bronce. Y cada una de las tapas se hallaba troquelada con el emblema shataiki.

Si los libros estaban en estos dos arcones, los moradores del desierto los habían adoptado como parte de su propia religión en desarrollo. Los tratados habían venido de Elyon mucho antes de que se hubiera liberado a los shataikis para destruir la tierra. Y, sin embargo, Qurong estaba mezclando estos dos iconos, los cuales se hallaban en inequívoco contraste entre sí. Era como poner a Teeleh al lado de un regalo de Elyon y decir que eran lo mismo.

Era el engaño mismo de Teeleh, pensó Thomas. Teeleh siempre había querido ser Elyon y ahora aseguraría que lo era en las mentes de estos encostrados. Reclamaría la historia. La historia era suya. Él era el Creador.

Blasfemia.

Thomas se colocó sobre una rodilla, puso los dedos debajo del borde de la tapa y la intentó levantar. No se movió.

William ya recorría el dedo a lo largo del borde.

– Aquí -susurró.

Ataduras de cuero amarraban algunas argollas, tanto en la tapa como en la parte de abajo.

Rápidamente, cortó las amarras de cuero. Las soltó con un chasquido suave. Se miraron. Se sostuvieron la mirada por un momento. Aún no se oía nada más que el ronquido en la recámara del líder.

Levantaron juntos la tapa. Esta se apartó del arcón con un suave chirrido.

El problema con ser atrapados en este aposento estaba en que solo había una salida. No escaparían rápidamente por un corte en la pared. En esencia, estaban en su propia y pequeña cárcel.

Echaron la tapa hacia atrás y, tan pronto como se vio el interior, Thomas supo que habían dado con una mina de oro.

Libros.

Levantó rápidamente. Demasiado rápido. La tapa se deslizó de los dedos de Thomas y se fue de lado contra el suelo. Golpeó uno de los candeleros, el cual se tambaleó y empezó a caer.

Thomas se lanzó hacia el asta de bronce. La agarró. Se quedaron paralizados. Los ronquidos continuaban. Pusieron la tapa en el piso, sudando ahora profusamente.

Los libros de historias estaban empastados en cuero. Muy, muy, muy viejos. Eran más pequeños de lo que él se había imaginado, de menos de tres centímetros de grueso y quizás de veintisiete de largo. Calculó que solo en este arcón había cincuenta.

Bajó la mano y retiró el polvo que cubría uno de los libros. Estaba claro que no se habían leído en mucho tiempo. No era extraño; se preguntó si alguien de las hordas sabía siquiera leer. Aun entre los habitantes del bosque, solo unos pocos leían todavía. Las tradiciones orales bastaban para la mayor parte de ellos.

El libro resultó pesado para su tamaño. El título se hallaba realzado en cierta clase de estaño corroído: Narraciones de la historia. Abrió la portada. Una intricada caligrafía atravesaba la página. Y la siguiente. El mismo escrito de los sueños de Thomas. Inglés.

Inglés corriente. Pero la hija de Qurong había dicho que los libros eran indescifrables. Entonces las hordas no podían leerlos. A menos que hubiera algo único respecto de estos libros.

Bajó el libro y levantó otro. Igual título. Todos los demás libros que pudo ver dentro del arcón tenían la misma inscripción, aunque algunos también tenían subtítulos. Puso en el suelo el libro que sostenía.

– Son ellos -expresó William apenas en un susurro.

Thomas asintió. Definitivamente eran ellos, y había muchos. Demasiados para que Thomas y William se los llevaran.

Él señaló el otro arcón. Cortaron las correas de cuero y levantaron la tapa. También estaba demasiado lleno de libros. Volvieron a bajar la tapa.

– Tendremos que volver -susurró Thomas.

– ¡Sabrán que estuvimos aquí! Mataste a Martyn.

No necesariamente. Thomas pensó que esa podría pasar por la obra de un soldado contrariado. Por otra parte, habían cortado las correas en los arcones. Los tendrían que volver a atar.

Se podrían llevar algunos, tal vez uno que hiciera referencia a…

Qurong tosió en la alcoba contigua.

El guardián del bosque se quedó helado. Sencillamente, ahora no había tiempo para hurgar en los baúles. Tendrían que volver con más ayuda y transportarlos todos.

Sonidos de movimiento en la habitación pusieron a Thomas en acción. Hizo una señal con las manos y William entendió rápidamente. Trabajar en silencio les llevó más tiempo del que Thomas esperaba, pero finalmente ambas tapas estuvieron aseguradas. Levantó el libro que había extraído y se paró para examinar los arcones. Bastante bien.

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