John Darnton - Neanderthal

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En las remotas montañas del norte de Asia, un guerrero desaparece, una estudiante es asesinada y un eminente paleontólogo norteamericano se esfuma sin dejar rastro. Para la oscura institución responsable de la investigación todo esto son indicios de que algo ha salido mal en la más extraordinaria expedición jamás llevada a cabo.
Matt Mattison y Susan Arnot, antiguos alumnos del profesor desaparecido, ex amantes y en la actualidad rivales académicos, aceptarán la misión de encontrar a su viejo tutor de Harvard y el secreto que él ansiaba descubrir: la existencia de una especie entroncada con los orígenes de la humanidad, cuyos individuos han existido durante más de cuarenta mil años. Dotados de poderes inimaginables en un mundo dominado por humanos, dichos homínidos están a punto de alterar para siempre el curso de la civilización.
John Darnton, haciendo gala de un experto manejo del suspense y de una rigurosa documentación científica, nos presenta la pugna entre arqueólogos y gobiernos rivales por seguir la pista a un grupo de criaturas que son una reliquia de la prehistoria. El resultado es Neandertal, la novela de aventuras más esperada del año que, de la mano de Darnton, llevará al lector hacia un viaje fantástico que le hará creer en lo imposible.

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A Resnick no le gustaba bajar a la celda, tanto por el olor como por una sensación de ansiedad que, inexplicablemente, era cada vez mas aguda. A aquellas alturas, el olor era verdaderamente insoportable. Era difícil saber que lo causaba. Las heces resecas y la flatulencia debida a una dieta extraña fueron sus primeras suposiciones, las glándulas sudoríparas la segunda, un eccema la tercera. Lo probaron todo, incluso bañaron a la criatura con champú a chorro de manguera, cuando aun podía ponerse en pie, pero no había funcionado y finalmente se rindieron. Cuando el olor se filtro al piso de arriba, empezaron a quemar incienso. Los guardianes entraban en las celdas con mascarillas de gasa impregnadas en Vicks Vaporub .

Había otra razón por la que Resnick no quería acercarse a la criatura, aunque no la reconocía ante nadie; aquellas jaquecas no le parecían normales, pero era mejor guardarlo para si mismo. Podría tratarse incluso de su propia mente haciéndole jugarretas por algún problema sicosomático.

En su época de estudiante, décadas atrás, fue un aplicado auxiliar de laboratorio de Van Steed. Aquello fue cuando dominaba una amplia parcela del Departamento de Ciencias de la Conducta de la Universidad de Chicago. Incluso Harry Harlow, de la vecina Wisconsin, se vio obligado a prestar atención y fijarse en el brillante estudiante de postgrado y, en menor medida, en el auxiliar del estudiante. Antes de meterse en aquel extremado asunto de la sicolinguistica, Van era conductista. Era ingenioso y estaba al día en las ultimas investigaciones, siempre leyendo trabajos publicados en revistas de las que nadie había oído hablar. Resnick tuvo un recuerdo súbito como un relámpago: Van sentado en el pasillo del sótano explicando, con algo mas que un poco de condescendencia, la teoría mas reciente sobre los enlaces del ADN.

Van era un poco extraño ya entonces. En cierta ocasión, Resnick abrió la puerta del laboratorio y lo encontró sentado en una mesita blanca, embadurnando de sesos de rata unos portaobjetos. Las ratas, previamente operadas y sometidas a experimentos para comprobar su percepción, habían sido ‹‹sacrificadas››, como se expresaba en términos científicos. Sus cuerpos blancos inertes, con la cola rosa y la caja del cráneo hendida de arriba abajo, yacían en un montón sobre unas hojas de periódico, en el suelo, debajo de una piel de plátano. Van aun estaba masticando el plátano mientras rebanaba los sesos con la displicencia de un dependiente de charcutería cortando jamón serrano.

Van y Resnick dejaron las ratas y pasaron a los monos rhesus. Estas operaciones eran mas complicadas y requerían muchas horas. De pie en los diminutos quirófanos, donde incluso la mascarilla del anestesista era de la talla de una muñeca, Resnick jugaba a que eran médicos que realizaban una intervención de neurocirugía puntera en una victima de un accidente y tendía los instrumentos esterilizados con gran solemnidad. En realidad, las operaciones eran innovadoras -Van estaba adentrándose en nuevas regiones del cerebro, en su mayoría sin cartografiar-, pero no pretendían reparar el tejido cerebral, sino destruirlo. El método era tosco: Van provocaba lesiones con una aguja conectada a un tubo de nitrógeno liquido y suprimía la región septal. Una vez recuperado, el mono respondía automáticamente con un ataque de furia al menor estimulo, de modo que solo pasar caminando junto a una fila de animales enjaulados, cada uno con un borne de metal sobresaliendo de su cabeza, los hacia saltar y brincar como lunáticos. Cuando Van suprimió la amígdala, el mono se volvió placido y untaba las paredes de su jaula con sus heces como si fuera un niño pintando con los dedos. Cuando elimino secciones del hipotálamo, el misterioso suelo del tercer ventrículo que se supone que es el centro del funcionamiento interno, el mono se sentaba flemáticamente, vacío de todo afecto y personalidad. Una vez, Van inserto un electrodo en el centro de placer del mono y le conecto un aparato que le permitía autoestimularse. No dejo tranquilo al animal hasta que murió de agotamiento.

– Sesenta y una horas -anotó después, cuando comprobaba el cronometro-. No es una mala manera de dañarla.

Van le había reservado este trabajo a Resnick, y este le estaba agradecido. Pero no creía que Van tuviera derecho a presentarse a todas horas como hacia al principio, cuando la criatura fue capturada. Van se sentía frustrado ante la falta de resultados de los experimentos y era casi brutal en su manera de tratar a la criatura y conectarla al electroencefalograma y otras maquinas que detestaba. Resnick se alegraba de que Van llevara varios meses sin aparecer.

Cuando alargó el brazo para coger su tazón de café, Resnick captó de reojo un movimiento confuso en el monitor superior de la izquierda. Seguramente Grady o Allen andarían cerca de los barrotes. Era Allen; su bigote en forma de manillar de bicicleta se distinguía claramente por encima de la mascarilla a través del monitor en blanco y negro, a pesar de las interferencias de la estática. Allen usaba gafas oscuras -como las que Van solía llevar-, y aquello era un error, porque parecía trastornar a la criatura. Le habían puesto correas adicionales, tres mas, cada una de cinco centímetros de grosor. Ahora Grady apareció en el monitor y la criatura inicio aquel horripilante gimoteo. Unas llaves tintinearon al abrir la puerta de la celda. Resnick clavo la vista en el fondo de su tazón y decidió que necesitaba otra dosis, para lo cual abandono la habitación. En realidad no se suponía que pudiera hacerlo -las normas exigían observación permanente, las veinticuatro horas del día-, pero allí ya había dos guardianes. El tercero estaba activando el sistema de alimentación forzada y se reuniría con ellos en un minuto.

No era una visión agradable, tuvo que admitirlo, ni siquiera a través de un monitor.

Resnick se entretuvo en la cocina y se tomo su tiempo para preparar café, canturreando en voz alta. Cuando volvió a la sala de control, habían terminado con la alimentación.

¿Era su imaginación o había rastros de comida en la pared de la celda? Los guardianes estaban hablando.

– Ese mamón se me ha meado encima-dijo Grady.

Allen rompió a reír. Resnick vio que la puerta de la celda se cerraba de golpe y el débil gemido enmudeció tras el portazo. En la pantalla, un objeto acurrucado se mecía lentamente.

De pronto, como antes, Resnick noto un inmenso dolor de cabeza, que empezaba muy atrás, en los lóbulos temporales, y que avanzaba y se propagaba como la lava. Era mucho peor que cualquier migraña que hubiera experimentado hasta entonces. Cogió el frasco de tamaño gigante, saco cuatro aspirinas y las engullo con el café.

A veces se preguntaba que pretendía Van exactamente con sus visitas a la celda del sótano. Casi podía afirmar que era a partir de entonces cuando la criatura había empezado a mostrarse tan arisca.

Matt y Ojos Azules se enfrentaban dentro del foso, y cada uno se movía en círculos buscando alguna ventaja. Ojos Azules -llamado así en honor a Frank Sinatra porque le gustaba vocalizar-no luchaba bien, pero demostraba empeño.

De hecho, ninguno de los homínidos era buen luchador, a pesar de su fuerza superior. Era un deporte marcial y conceptos como dominación, victoria y derrota no tenían lugar en su universo mental. Si valoraban una dura caída al suelo, pero si la consideraban divertida o no era algo difícil de saber porque no reían, sino que por el contrario parecían excitarse mucho. Su humor, por así decirlo, era insondable para Matt y Susan. Nada basado en la mana, la astucia o el engaño -Juegos que implicaban la sustitución de un objeto por otro-provocaba respuesta alguna aparte de una inexpresiva incomprensión. Pero determinadas actividades les resultaban claramente divertidas. Los niños se perseguían mucho unos a otros, chillando con una voz aguda y estridente, aunque no acababan agarrándose. Susan intento enseñarles a jugar a pillar, pero resulto un fracaso porque la noción de ser ‹‹el pillado›› sobrepasaba su entendimiento.

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